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Juan Carlos Ortiz, el publicista dueño de dos leones

El publicista Juan Carlos Ortiz es uno de los protagonistas del libro «Historias de Gigantes» de Johnny Walker y Planeta. Participa por dos libros que obsequia esta marca de whisky y Revistadiners.com.co

El publicista Juan Carlos Ortiz es uno de los protagonistas del libro «Historias de Gigantes» de Johnny Walker y Planeta. Participa por dos libros que obsequia esta marca de whisky y Revistadiners.com.co

Era un niño inquieto y desobediente, lleno de una energía que no lograba agotar jugando fútbol al aire libre. Un día se puso a patear una pelota en la sala de su casa y quebró una porcelana. Su mamá se puso muy brava, su papá aún más y, parado al lado de la mesa del comedor, lo llamó dispuesto a castigarlo. Le ordenó que se acercara a él y Juan Carlos, del otro lado de la mesa, no le hizo caso. Entonces el hombre caminó hacia delante y el niño corrió alrededor de la mesa, para evitar que lo atraparan. Dieron vueltas, como el gato y el ratón, hasta que el padre se detuvo en seco y se quedó inmóvil, mirando al niño con profunda seriedad, amenazante. Juan Carlos no le quitaba los ojos de encima, muy serio también. Entonces el hombre bajó las manos lentamente, se soltó el cinturón y cuando empezó a jalarlo, el niño, paralizado del miedo, le gritó:

-Papi, no lo hagas, no te quites la correa que se te pueden caer los pantalones.

El hombre abrió la boca y soltó una carcajada, que contagió a su mamá. Castigo olvidado. A sus siete años, Juan Carlos supo que tenía un yo no sé qué especial. Un “algo”.

Hubo muchas oportunidades de castigarlo porque no era muy obediente. Si se portaba mal, el papá le pegaba con el cinturón que tuviera puesto y, en ocasiones, con la correa de lija que usaba para afilar las cuchillas de afeitar. Otras veces, de manos de su mamá, se ganó cachetadas y hasta taconazos en la cabeza, para que años después ella dijera que esos golpes lo habían vuelto más inteligente.

Su abuelo y su papá le contaban muchas historias, y sólo cuando tuvo trece años supo que la historia de la pulga Chucumeca, que vivía en su casa y trabajaba en un circo, era mentira.

A los dieciséis años, Juan Carlos todavía era un niño y nunca había tenido novia. Cursaba sexto de bachillerato en el Colegio Helvetia, al norte de Bogotá, y le llamaban la atención las niñas del curso anterior al suyo. Eran bonitas y más accesibles que las de su propio curso, con quienes no se había atrevido a coquetear. Sus amigos, en cambio, ya tenían barba y voz gruesa, y el que andaba sin novia había tenido experiencias. Pero Juan Carlos todavía no se sentía listo para terminar el colegio, quería más tiempo. Era el más chiquito del curso. “Era la hueva del curso”, dice.

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Y como no tenía afán, entonces decidió que no quería graduarse con sus amigos. Debió convencer a sus viejos y derribar el gran obstáculo de su alta exigencia. Les explicó que no se sentía con la madurez necesaria para terminar el bachillerato y entrar a la universidad. No se trataba de un problema académico, porque Juan Carlos sacaba las mejores notas. Se conocía a sí mismo, entendía sus capacidades y sus limitaciones y nadie lo iba a apurar si no estaba listo para correr.

Así es que, con la bendición de sus papás, Juan Carlos Ortiz no prestó más atención en clase, jamás volvió a hacer una tarea y perdió el sexto de bachillerato con el único objetivo de repetirlo al año siguiente. “Fue alucinante”, afirma. Aprendió más rápido que todo el mundo y obtuvo más notas altas. Y, al final, en un paseo del colegio a San Andrés, se ennovió por primera vez en la vida. Fue su despertar sexual. “Pocas palabras y mucha pasión”, confiesa.

En la universidad tuvo una novia a la que, para desgracia de él, nombraron Señorita Santander. Juan Carlos no era el tipo de hombre que se emociona porque a su novia la eligen reina de belleza, todo lo contrario. Fueron juntos al reinado en Cartagena y debieron asistir a una fiesta de disfraces que tenía un tema: Marco Polo. Juan Carlos consiguió cartulina, la recortó, le pegó un papelito en el pecho que decía Polo. Esa noche ganó el premio al mejor disfraz y, a la mañana siguiente, salió en la portada del periódico El Universal vestido de Marco Polo.

***
Cuando era niño, lo único que Juan Carlos pedía que le regalaran eran soldaditos de plomo. Empezó a coleccionarlos en forma obsesiva, todos del mismo tamaño. Se volvió una adicción. Llegaron a ser tantos que les hicieron unos muebles que pusieron en su cuarto para exhibirlos, como una vitrina. Los tenía organizados por grupos, cada grupo era una escena diferente, muchas batallas a lo largo de la historia.

Una tarde llegó a su casa y descubrió que se habían metido los ladrones. Corrió a su cuarto y encontró a sus soldaditos de plomo caídos y en desorden, desparramados en el piso de su cuarto. Los ladrones habían violado a sus soldaditos de plomo, le habían violado el alma a él, le habían violado la infancia. Los recogió del piso y los guardó en un clóset. Cerró las puertas de las vitrinas y dejó a los soldados, durante mucho años, desordenados, muertos y violados, tal como los había encontrado.

Solo en 2004, cuando comenzó el éxito de su carrera laboral, volvió a comprar soldados, esta vez más caros y retomó su colección. Su pequeña pasión. Hoy en día tiene acceso a las únicas fábricas del mundo que producen los soldaditos de plomo originales. Hay una en Inglaterra, otra en Alemania y otra más en Hong Kong. Tiene miles de soldaditos, el más caro cuesta mil dólares. Los escenarios en los que los exhibe son cada vez más sofisticados: batallas de la primera y segunda guerra mundial, los combates de Alejandro Magno, los nazis en Nüremberg, los aliados…

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(…) Para Juan Carlos, la clave de su éxito es el pensamiento paralelo, un método en el que se busca una solución irracional, inesperada. Se trata de llegar de A a B sin pasar por una línea recta. El pensamiento paralelo encuentra la relación entre dos cosas que, en apariencia, no tienen nada en común. Así creó “Caspa”, una campaña del gobierno en contra del uso de drogas, en la que un adicto a la cocaína inhalaba la caspa del hombro de un señor en un bus. Algún tiempo atrás, había trabajado para una campaña de un champú anticaspa en Buenos Aires y había tenido que probar varios maquillajes que simulaban caspa, porque el fondo era oscuro. Así, la caspa quedó en su memoria y terminó por entrar en la nariz de alguien. Con el comercial para la campaña antidrogas, Juan Carlos fue el primer colombiano de la historia en ganarse un León de Oro en el Festival Internacional de Publicidad de Cannes.

El presidente de la agencia le informó a Ortiz que se había ganado un premio. En aquel entonces vivía en Colombia y, por lo tanto, tenía lo que él mismo llama una “mentalidad tercermundista”. Así que le preguntó: “¿Bronce?”. “No – le contestó el presidente-, deme un beso en la frente”. Ortiz lo besó y volvió a preguntar: “¿Plata?”. El presidente le respondió: “No, deme otro beso en la frente”…

 

Lea el perfil completo escrito por Virginia Mayer en el libro Historias de gigantes colombianos Cortesía Planeta y Johnny Walker. Fotografía tomada de www.conexioncentral.com

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Julio
06 / 2012

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