La idea de Europa según Susan Sontag

"Como norteamericana, para mí Europa es “liberación”. Su cultura es una palanca de Arquímedes que me permite mover el mundo. La cultura norteamericana es en cambio una colección de modelos". Diners recuerda a Susan Sontag en su aniversario.

Publicado originalmente en Revista Diners de diciembre de 1988

¿La idea de Europa? ¿Qué significa para mí? He aquí lo que no significa: la Europa de los euro-negocios, de los así llamados eurodólares, la “comunidad” europea que, se supone, ayuda individualmente a los países de Europa Occidental “a ponerse de pie para afrontar los desafíos económicos de la última década del siglo XX”. (Tomo la cita de la edición internacional de hoy del periódico norteamericano Herald-Tribune).

Tampoco es para mí la del euro-kitsch que se aclama en estos países como arte y literatura, ni la de los euro festivales, las euroexposiciones, el europeriodismo y la eurotelevisión. Sin embargo, esa es la Europa que está rehaciendo inexorablemente a la Europa que yo amo, la de aquella cultura polifónica en medio de algunas de cuyas tradiciones he creado, sentido, pensado y crecido incesantemente, y, en cuyos mejores patrones, aun así hayan sido humillados me enmarco a mí misma.

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Por supuesto que Norteamérica no está totalmente separada de Europa, aunque es bastante diferente, más “bárbara” que lo que muchos europeos prefieren creerlo. Y, como la mayoría de mis compatriotas, a pesar de que hoy sea una mayoría menos abrumadora que en tiempos pasados, soy descendiente de europeos, y más específicamente de europeos-judíos. (Mis bisabuelos emigraron al noreste de los Estados Unidos, hace un siglo, desde lo que hoy es el territorio de Polonia y Lituania). Quizá ello contribuya a que mantenga con Europa lazos mucho más fácilmente revivibles que los de un buen número de norteamericanos de ascendencia europea.

Pero la verdad es que mi preocupación principal no es lo que Europa signifique para mí en cuanto norteamericana, sino lo que me representa como escritora, en mi calidad de ciudadana de la literatura, lo cual equivale a una ciudadanía internacional.

Si tuviera que describir lo que Europa quiere decir para mí como norteamericana, comenzaría por decir que es “liberación”. Liberación de lo que en los Estados Unidos se entiende como cultura. La diversidad, la seriedad, la delicadeza y la densidad de la cultura europea, constituyen para mí la palanca de Arquímedes por medio de la cual puedo, así sea sólo mentalmente, mover el mundo. Eso no podría hacerlo a partir de los Estados Unidos, de lo que me ofrece la cultura norteamericana, como una colección de modelos, como legado. Por lo tanto Europa me resulta esencial, más esencial que los Estados Unidos, aunque mis estadías en el Viejo Continente no me han convertido en una expatriada.

De seguro, Europa es mucho más que aquella ideal diversidad, aquel alimento estupendo, aquellos placeres, esos modelos. Siendo a la vez una vieja realidad, al menos desde la Edad Media latina, y una perenne aspiración, a menudo hipócrita, “Europa”, considerada como moderno clamor de unificación política, ha pregonado invariablemente la supresión de las diferencias culturales y el aumento y concentración del poder del Estado. No sobra recordar que no sólo Napoleón, sino también Hitler, proclamaron un ideal paneuropeo. Buena parte de la propaganda nazi en Francia, durante la ocupación, estuvo dedicada a demostrar que el Führer era el salvador de Europa frente al bolchevismo frente a las hordas rusas o “asiáticas”.

La consigna de “Europa ha sido asociada a menudo con la defensa de la “civilización” en contra de los pueblos extranjeros. Y, por lo general, defender la civilización significaba ampliar el poderío militar y los intereses económicos de algún país europeo que rivalizaba con otros del mismo continente en los campos del poder y la riqueza. Además de significar algo que de hecho podría llamarse “civilización” (lo que no puede ser negado), “Europa” representó una idea de rigidez de tipo moral en tomo a la hegemonía de ciertos países europeos sobre vastas regiones no europeas.

Theodor Herzl, tratando de convencer a quienes no eran judíos, de la conveniencia de que fuese creado un Estado judío en Palestina, decía: “Habremos de formar parte de la muralla de contención europea contra Asia y cumpliremos un papel de vanguardia cultural frente a los bárbaros”.

No cito esta frase del Estado Judío de Herzl, con el fin de lanzar invectivas (como todo el mundo lo hace hoy en día) contra Israel, sino para subrayar el hecho de que virtualmente todas y cada una de las acciones de tipo colonialista emprendidas en los siglos XIX y XX por parte de los países europeos era justificada como una extensión de las fronteras morales de la “civilización” –concebida como equivalente de civilización europea- y como un dique de las mareas de la barbarie.

Por un largo tiempo, la idea de los valores “universales”, de las instituciones mundiales fue en sí misma eurocéntrica. Existe el sentimiento de que, alguna vez, el mundo fue eurocéntrico. Que Europa es el mundo del ayer”, título que Stefan Zweig dio a su lamento por Europa que escribió a manera de memorias, su último libro, hace casi medio siglo, después de que este prominente y buen europeo se vio forzado.

A huir de Europa, a huir de la barban e triunfante que había sido generada (¿será necesario decirlo?) en el propio corazón de Europa. Podría pensarse que la noción de Europa habría de ser absolutamente desacreditada, primero por el imperialismo y el racismo, y ahora por los imperativos del capitalismo multinacional. Pero, de hecho, no es así. (Tampoco la idea de civilización puede ser desechada, no importa cuántas atrocidades colonialistas se cometan en su
nombre).

Los lugares en los cuales la idea de Europa tiene mayor vivacidad cultural son el Centro y el Oriente del continente, donde los ciudadanos de los países pertenecientes al otro imperio luchan por obtener una cierta autonomía. Me refiero, por supuesto, al debate sobre Europa Central que inició el influyente ensayo de Milan Kundera hace algunos anos y que continuaron los ensayos y manifiestos de Adam Zagajewski, Vaclav Havel, George Konrád y Danilo Kis. Para un polaco, un checo un húngaro, un yugoslavo (e incluso. por causas diferentes, para un austríaco o un alemán), la idea de Europa posee una fuerza subversiva, obvia.

El valor último de la cultural, y eventualmente política, contrahipótesis de la existencia de una Europa Central (y por extensión de toda Europa), es el de urgir un acuerdo de paz europeo, un acuerdo que mine la rivalidad entre las superpotencias, la cual retiene nuestras vidas como si fuéramos rehenes.

Limar las aristas de los dos imperios en su encuentro en territorio europeo, estaría en los intereses de todos… y me refiero a todos aquellos, que definiré arbitrariamente como todos aquellos que piensan que a sus nietos les debería ser posible también tener nietos. Como observase Konrád: “Mientras no nos sea posible viajar sin un permiso especial de Viena a Budapest para disfrutar de una velada de ópera, no podremos afirmar que vivimos
en paz”.

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Entre nosotros no existe nada comparable al proyecto romántico de los centroeuropeos de vivir en pequeños países, capaces de comunicarse libremente y de intercambiar sus experiencias, su inmensa madurez cívica y su profundidad cultural, adquiridas al costo de tantos sufrimientos y privaciones. Para nosotros, que podemos saltar de continente a continente sin asegurar el permiso de nadie para asistir a una noche de ópera, ¿podría Europa significar algo en ese sentido? ¿O es la Europa ideal algo que se nos hace obsoleto por nuestra prosperidad, nuestra libertad y nuestro egoísmo? ¿Y para nosotros esa idea habrá estropeada irremediablemente?

En un aspecto. nuestras dos experiencias podrían compararse, quizá debido a la evidente pérdida del poder europeo. en ambos lados del imperio. La nueva idea de Europa no es de expansión sino de atrincheramiento: la europeización, no del del mundo, sino de … Europa. Entre los polacos. los húngaros y los checos, “Europa”‘ es una no velada consigna en pro de la limitación del poder y la hegemonía cultural de los sofocantes y burdos ocupantes rusos.

Volver a Europa europea…. En la Europa opulenta, donde no podemos quejamos de estar incomunicado el uno del otro, hay otra angustia, que no llene que ver con europeizar a Europa con europea, sino con mantenerla europea. Es evidente que se trata de una batalla perdida.

En tanto que las altamente educadas poblaciones de Europa Central padecen un extravagante aislamiento y el racionamiento de sus contactos culturales, las de Europa occidental son afligidas con las incesantes y aislacionistas mezclas de una práctica cultural. Hay choferes sikh en Francfort y mezquitas en Marsella. En los hospitales de Nápoles, Roma y Turín, los médicos italianos practican clitorictomías a las hijas adolescentes de los inmigrantes africanos a pedido de sus padres.

Los únicos países relativamente homogéneos de Europa van a ser los pobres, como Portugal y Grecia, además de los países centroeuropeos que han sido empobrecidos a lo largo de cuarenta años de planeación económica dirigida por Moscú. Las continuas influencias de los extranjeros en los países ricos, podían volver una vez más a desagradable la consigna de “Europa”.

Europa: ¿un ejercicio nostálgico? ¿Ser leal a ella será como seguir escribiendo a mano cuando todo el mundo usa máquina de escribir? (Más adecuado aún: ¿cómo continuar escribiendo a máquina cuando todos utilizan un procesador de palabra?). Parece útil resaltar que donde seriamente florece una idea de Europa es en los países cuyo sistema de gobierno inflexible, despótico y militarizado y cuyas economías en crisis los hacen menos modernos, menos prósperos, y más étnicamente homogéneos que los de la parte occidental del continente.

Una Europa moderna -a menudo erróneamente designada como una Europa “americanizada”, resulta ciertamente mucho menos europea. La experiencia del Japón en la última década me ha mostrado que “moderno” no es equivalente a norteamericano. (El igualar la modernización con la americanización, y viceversa, bien podría ser el último prejuicio eurocéntrico). Lo moderno tiene su propia lógica: liberadora, e inmensamente destructiva, pero que está transformando a los Estados Unidos, no menos que al Japón y a los países ricos de Europa. Entretanto, el centro ha cambiado. (Pero el centro siempre está siendo destruido o modificado por la periferia)

Los Ángeles se ha vuelto la capital oriental de Asia, y un industrial japonés que describía sus planes de instalar una fábrica en Estados Unidos, al hablar del “Noreste” no aludía a Massachusetts sino a Oregon. Hay una nueva geografía cultural y política, que tiende al sincretismo, y que destruye cada vez más el pasado.

El futuro de la mayor parte de Europa es Eurolandia con parques del tamaño de una nación, Europa como una fotografía instantánea que será consumida tan ávidamente por sus propios habitantes como por los turistas(en Europa esta distinción hace rato es obsoleta: todo el mundo es un turista), en medio de los cual sobrevivirán las pequeñas Europas bajo la forma de la migración interna y el aislamiento.

¿Qué resta de la Europa del arte elevado y la seriedad ética, de los valores de privacidad y enclaustramiento y de su discurso moderado, no maquinizado: de esa Europa que hace posibles las películas de Krysztouf Zanussi, la prosa de Thomas Bernard, la poesía de Seamus Haney o la música de Arvo Paart? Esa Europa existe aún y seguirá existiendo por algún tiempo. Pero cada vez será más y más secreta. Un número creciente de sus habitantes y partidiarios se verán a sí mismos como emigrados, exiliados y extranjeros.

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¿Qué sucederá entonces con nuestras raíces europeas, las verdaderas y espirituales? No puedo imaginar respuesta más consoladora a esta pregunta que la que daba una escritora expatriada de los Estados Unidos a quien una vez le preguntaron si, después de haber vivido cuarenta años en Francia, no le preocupaba perder sus raíces norteamericanas. En su respuesta, quizá más judía que estadounidense, Gertrude Stein dijo: “¿Pero para qué sirven las raíces, si no se puede llevarlas con uno?”

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