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Humberto Bohórquez, el mejor luthier de Colombia

Humberto Bohórquez es uno de los mejores artesanos y fabricantes de instrumentos de cuerda del país.

Foto: Juan Pablo Gutiérrez

Humberto Bohórquez es uno de los mejores artesanos y fabricantes de instrumentos de cuerda del país.

Mientras ultima los arreglos de su nuevo taller, trabaja desde su apartamento frente al Parque de las Cigarras en Bucaramanga para reconocidos músicos que lo buscan no solo en Colombia, sino también desde otras esquinas del mundo.

Humberto Bohórquez solo trabaja cuando su espíritu está en calma. Lo hace para que todo salga bien y su labor trascienda el hecho rutinario de un simple encargo. Según él, ese es el secreto para hallar la belleza en cada sonido, en cada matiz acústico. Nunca emplea menos de tres meses en la fabricación de una guitarra, cuando otros pueden tenerla lista en uno o dos.

Se trata, probablemente, del mejor luthier del país. Un artesano bumangués de 56 años para quien “un pequeño banco, gubias, formones, serruchos, algunas herramientas cortantes y limas, calibradores, espesores y pegantes bastan para hacer un extraordinario instrumento musical. No se requiere un taller inmenso”.

Humberto Bohórquez se inició como luthier bajo la influencia de su abuelo, quien solía ejecutar, según sus recuerdos de niñez, algunos instrumentos de viento. Cuando tuvo pocos años su papá le regalo una guitarra con cuerdas de acero. Así desarrolló un oído privilegiado en los días en que conseguir una partitura en Bucaramanga era una proeza.

Más tarde, mientras cursaba su segundo y último semestre de música en el conservatorio, conoció a Carlos Ramírez, maestro luthier que venía de estudiar en Madrid junto a Ignacio Fletas, una de las grandes referencias del oficio. Ese fue el punto de no retorno: quedó cautivado para siempre de una labor donde conjugan por igual los misterios del arte y la precisión de un relojero. “La primera guitarra que hice se la robaron a un señor en el aeropuerto de Miami. Ahí empezó todo”, recuerda con algo de humor.

Artesanías de Colombia postuló al luthier para la Medalla a la Maestría Artesanal, un reconocimiento a nivel nacional y está dentro de los tres finalistas. Un logro que llega como un bálsamo para un oficio que, según el maestro Bohórquez, no llega a los 40 artesanos en todo el país.

Agrega que en Colombia hay una sola escuela de luthería en Bogotá y que desde varios frentes hay interés en que el oficio se profesionalice. Explica que en el caso colombiano, a diferencia de países como Brasil, Ecuador o Argentina, se privilegió desde un principio la producción masiva de instrumentos de cuerda a costas de perder de vista la calidad y las técnicas que, en general, llegaban de Europa. “Desde joven descubrí que esto es como una ciencia.

No se trata solamente de pegar unos palos y armar un cajón, ponerle cuerdas y tocar. Por el contrario, creo que es un arte que tiene varias dificultades y parte de mi vocación ahora se vuelca en la tarea de capacitar artesanos para que fabriquen instrumentos profesionales, es decir, de concierto”.

Llegados a este punto, Bohórquez sostiene que ha empleado parte importante de su atención a la práctica del judaísmo, credo religioso heredado por el lado materno. Hace unos diez años estudió durante una temporada en una escuela de estudios bíblicos en Jerusalén, adonde había llegado originalmente para hacer unas grabaciones de música hebrea.

Allí también recibió propuestas para hacer los instrumentos musicales de un templo que nunca llegó a elaborar, primero por la interrupción obligada tras unos atentados perpetrados por Hezbolá en el norte del país, así como también por motivos personales que lo obligaron a regresar a Colombia.

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Al conversar con él se tiene la impresión de estar tratando con un hermeneuta que se ha zambullido en el estudio de otros idiomas. Es un hombre que se dedica a deconstruir no solo el funcionamiento de los instrumentos musicales, sino además el de las palabras.

Él refuerza la idea afirmando que la curiosidad ha sido el motor que lo ha llevado a adelantar investigaciones en torno a la acústica. Esas indagaciones le han servido, además, para dictar talleres a fabricantes de instrumentos: “Mientras más conozco cómo funcionan las ondas, el comportamiento de las frecuencias, cómo se comporta la madera, entonces logro comprender mejor cómo diseñar. No importa si es un violín, o si es un chelo. Son aspectos físicos de los objetos que vibran, a través de los cuales he aprendido factores fundamentales para la construcción de un buen instrumento musical”.

En Bucaramanga, por otra parte, disfruta del Parque de las Cigarras, que se despliega justo frente al conjunto de edificios donde vive, llamado Acrópolis, como se designaba en griego a ese punto más alto de la ciudades en la antigüedad. Allí vive y trabaja temporalmente mientras organiza su nuevo taller. Cuenta que no se ha mudado por la panorámica que tiene sobre la ciudad y su naturaleza.

Es un amante de las plantas y un habitual de las ferias de orquídeas, su flor preferida. Y a medida que va hablando va recordando los proyectos varios que ha emprendido. Como un hombre del Renacimiento también quiso ser poeta. Así, hizo una maestría en el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá, donde estudió a fondo la música en la poesía de Neruda y de Vallejo.

“Yo he tenido siempre la idea en la cabeza de investigar e indagar por las cosas. No quedarme con una información o con lo que escasamente se puede apreciar por encima. Lo importante siempre está por debajo y no en la punta del iceberg, que es lo que generalmente se puede ver. Siempre queda un mundo de cosas interesantísimas para descubrir y contemplar”, apostilla el luthier.

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Julio
02 / 2016

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