“Bucaramanga es un lienzo en blanco”, dice el artista Luis Carlos Reyes

Luego de haber estudiado y trabajado en Nueva York, este artista de 33 años regresó a Colombia y creó una interesante propuesta artística en Altos de Pan de Azúcar. Diners conversó con él.

A Luis Carlos Reyes siempre le ha gustado la cerámica. Los jarrones chinos y holandeses que veía en casa de su mamá; el estilo británico de la loza inglesa que de adolescente vio en Inglaterra, y la belleza de lo simple de la tradición japonesa, que aprendió de la mano de un maestro oriental, lo marcaron, lentamente, sin darse cuenta, para luego volcarse de lleno en esta expresión artística.

Y es que este joven bumangués reconoce que aquel material le genera una fascinación interna, presente en su obra, en cada detalle. Por esta razón, luego de varios ires y venires, decidió abrir un taller en Altos de Pan de Azúcar, en Bucaramanga, donde le da rienda suelta a su creatividad. Además, aprovecha que la tierra santandereana tiene una gran diversidad de rocas, texturas y colores que puede utilizar en las cerámicas que él mismo diseña, hornea y decora, con mucha paciencia y maestría.

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Pero toda historia tiene un comienzo. Luis Carlos recuerda que a los 15 años se fue a vivir a Inglaterra durante un semestre escolar y las artes, tan lejanas y distantes en su natal Bucaramanga, estaban presentes en todas las materias que veía. Eso lo hizo pensar seriamente en querer dedicarse de lleno al mundo artístico. Al graduarse, su mamá se mudó a Estados Unidos y Luis Carlos comenzó a buscar qué podía estudiar. Se inclinó por el Diseño Industrial y eligió el prestigioso Pratt Institute de Nueva York. Las puertas del mundo se le abrieron. Gracias a su buen rendimiento académico, estudió un semestre en la Escuela Bauhaus de Alemania, un país que le dejó una profunda huella, porque entendió que el diseño no solo debe ser hermoso, sino también funcional.

La cerámica, siempre latente, apareció en su trabajo de grado. Su tutor, un artista inglés de la Royal Academy of Arts de Londres, lo encaminó por la cerámica japonesa. Después trabajó en el estudio de otro profesor y laboró en una compañía de transporte. “Necesitaban a una persona que supiera tanto de historia del arte como de diseño industrial para transportar obras de arte. Y ahí estaba yo empacando cuadros con sumo cuidado de Warhol o Matisse, uno de mis artistas favoritos. Fue una gran experiencia”, cuenta.

Luego, al pensar en hacer su propio estudio en Nueva York, se dio cuenta de que era muy costoso y decidió regresar a Bucaramanga. “Esta ciudad es como un lienzo en blanco, todo está por hacer”, dice emocionado. Lo primero que hizo en 2011 fue una exposición de pinturas en la Cámara de Comercio, inspirado en la sobrecarga de información y publicidad que tenía la capital santandereana. Fue su primer paso, para ver cómo lo recibía la ciudad. Luego empezó a investigar sobre los materiales presentes en el territorio santandereano e Ingeominas le confirmó que muchos de los minerales podían utilizarse para hacer cerámica esmaltada. Después decidió aprender con sus propias manos el proceso completo. Se fue durante tres meses a Japón y de la mano del maestro Hiroshige Kato aprendió la técnica.

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Hiroshige pertenece a una familia que vive en la ciudad de Seto y que durante doce generaciones ha fabricado en un horno del año 1656 objetos de cerámica para la ceremonia del té utilizados en el castillo de Nagoya. “La experiencia fue muy intensa, al comienzo me hizo sufrir, estaba reacio a abrirse, pero luego, cuando vio mi persistencia, accedió, me permitió conocer su realidad y nos volvimos muy buenos amigos”.

Al regresar al país estableció su taller, donde no solo fabrica piezas de cerámica para el jardín, sino jarros, juegos para servir el té, cazuelas, vasijas para cereal, obras de arte que le llevan mucho tiempo de trabajo. También dicta talleres, trajo al mismo Hiroshige al país para dar un curso, y se inventó el reto de la cerámica en un día, para aquellos que quieren entender de qué se trata todo esto. El nombre de la marca comercial es El gres del pato y la cruz y el año pasado asistieron por primera vez a Expoartesanías, con discreción, sin hacer mucho alboroto. Sin embargo, no pasaron desapercibidos gracias a la belleza y delicadeza de su propuesta.

Por ahora, Luis Carlos vive cada día apasionadamente, espera la llegada de su primer hijo, trabaja disciplinadamente en su taller, porque aún no tiene ayudantes, todo lo hace él, y sigue maravillándose con el paisaje de su tierra. Ya mirará a dónde lo lleva la vida en un par de años.

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