Cuatro corresponsales de guerra que eligieron quedarse en Colombia

Cuatro corresponsales de guerra de medios de comunicación extranjeros le contaron a Diners por qué decidieron quedarse en este país luego de cubrir durante años el conflicto armado.

La zona de despeje de San Vicente del Caguán, la expansión paramilitar, la crisis de la economía y el Plan Colombia eran las noticias que acaparaban la primera plana de diarios, revistas y noticieros locales y foráneos a finales de la década de 1990. Una década convulsa, que comenzó con la firma de una Asamblea Constituyente en 1991, la muerte de Pablo Escobar dos años después, los narcocasetes del gobierno de Ernesto Samper, el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, la masacre de Mapiripán, el desplante de alias Tirofijo en los diálogos de paz con las Farc; la aspersión de cultivos de coca con glifosato, el asesinato de Jaime Garzón y una lista casi interminable de hechos que marcaron la historia del país durante esa época.

Todo esto lo recuerdan muy bien Sibylla Brodzinsky, John Otis, Juan Forero y Paul Smith, corresponsales que llegaron por esas fechas a cubrir el conflicto y sus distintas aristas, pero que tomaron la decisión de quedarse y echar raíces por estas tierras. Han transcurrido más de dos décadas y la Colombia que ellos encontraron ya no es la misma. Hoy, después de medio siglo, el Gobierno está a punto de firmar un acuerdo de paz con la guerrilla más vieja del mundo y entre otros muchos avances se destacan la caída de las tasas de pobreza, el acelerado proceso de urbanización y las reformas económicas que ha tenido el país. Sin embargo, los cuatro corresponsales coinciden en que siguen existiendo dos Colombias, la urbana, pujante y desarrollada, y la rural, olvidada y marginal. Y es esta otra la que les arroja luces sobre la esencia y evolución del país. A esa es hacia la que sus libretas y sus pasos apuntan. En esta Colombia de contrastes fue donde decidieron quedarse.

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John Otis es consciente de que persisten problemas de violencia y desigualdad en lugares como Arauca, Cesar y Putumayo.

REPORTAJES CON CONTEXTO
John Otis es un reportero norteamericano nacido en Minnesota en 1962, quien después de haber estudiado Literatura, haber trabajado en un pequeño periódico de Nueva York y estar interesado por todo lo que estaba ocurriendo al sur de su país, decidió renunciar y recorrer por su cuenta Centroamérica, empezando por México, saltando a Nicaragua y luego a El Salvador. De ahí se dirigió a Tegucigalpa donde trabajó para la United Press International; después pasó a Panamá, y tras vivir cinco años en Nicaragua llegó a Colombia a mediados de la década de 1990.

“Había muchos medios interesados en cubrir las noticias que generaban los paramilitares y las Farc. Pero también Venezuela estaba en la mira por la llegada de Chávez al poder y lo que estaba ocurriendo con Fujimori en Perú”, admite. Entonces, como corresponsal regional del Houston Chronicle, y teniendo a Bogotá como su base, viajó a Lima, Caracas y otras ciudades suramericanas a cubrir historias.

En 2002 se casó con la periodista colombiana Alejandra de Vengoechea y tres años después llegó el primero de sus dos hijos. “A pesar del conflicto, Colombia siempre ha sido un país muy interesante para mí”, confiesa. “No como Afganistán –donde también trabajó– y que es igual o más interesante, pero en el que es imposible pensar en echar raíces con una familia”. Otra razón sensata de escoger al país como su base, es que Colombia está situada en la misma zona horaria de sus editores en Estados Unidos.

Otis –quien hoy escribe para la revista Time, The Wall Street Journal, Global Post y National Public Radio– admite con tranquilidad que “la vida pasa, lo bueno es que estuve acá en los peores tiempos y hoy estoy viendo otras cosas”. Dice que con el transcurso de los años y el conocimiento que ha adquirido del país, puede hacer reportajes con más contexto. En febrero de 2010 publicó el libro Ley de la selva, que narra la historia del secuestro de los tres contratistas norteamericanos Keith Stansell, Thomas Howes y Mark Gonsalves en 2003 por parte de las Farc y de un grupo de soldados colombianos que, buscando rescatarlos, se encuentran con la famosa guaca de veinte millones de dólares, historia que ha sido para él una de las más surrealistas en las que ha trabajado.

Un ejemplo de las transformaciones que ha visto en el país es su experiencia en La Macarena, uno de los municipios que conformaban la llamada zona de distensión. Estuvo allí cuando el entonces presidente Andrés Pastrana canceló la zona de despeje y las Farc en represalia tomaron venganza contra la población civil. Años después fue con su esposa y sus hijos a visitar caño Cristales y la recuerda como una experiencia muy buena. “Por fin el país tiene acceso a sitios que antes eran zonas rojas”. Pero también es consciente de que persisten problemas de violencia y desigualdad en lugares como Arauca, Cesar y Putumayo, donde la realidad resulta muy distinta. “Esta es la otra Colombia, donde no se ve a los políticos locales como progresistas, sino como caciques y donde las desigualdades continuarán existiendo mientras el sistema educativo siga siendo inequitativo y los colombianos urbanos no estén interesados en ponerle fin a la guerra que sienten lejana”.

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Sibylla Brodzinsky cree que el posconflicto será igual o más interesante que la etapa del conflicto.



VEINTE MIL TONOS DE GRIS

Sibylla Brodzinsky titubea un poco cuando se le pregunta por su lugar de nacimiento. “Siempre es una pregunta complicada, porque nací en Fráncfort, pero mi padre es norteamericano, y mi madre, dominicana”. La noticia más reciente que escribió sobre Colombia al momento de hacer esta entrevista fue para el diario británico The Guardian, del cual es corresponsal, sobre el papel que tiene Ricardo Palmera, alias Simón Trinidad, extraditado y detenido en Estados Unidos, en la firma de la paz entre las Farc y el Gobierno.

Sibylla llegó a Colombia a finales de 1999, en plena recesión económica, una de las más duras que ha atravesado el país. Era editora de la Agencia France Press y trabajaba para el servicio en inglés. “Me llamó mucho la atención lo que estaba ocurriendo en la región, especialmente en Colombia. Ya había estado un par de veces acá y pedí un sabático en la agencia para hacer unos reportajes. Me lo negaron; entonces renuncié y me vine como free lance”, dice la reportera y escritora, con maestría en Relaciones Internacionales de la École des Hautes Études Internationales, en Francia.

A su arribo comenzó a cubrir el proceso de paz con las Farc en el Caguán, la expansión de los grupos paramilitares y los inicios del Plan Colombia. Esos fueron los tres ejes grandes de sus reportajes. ¿En qué momento decidió quedarse? Ella admite entre risas que no fue una decisión tomada así, de repente. “Me fui quedando, me fui quedando, hasta que me quedé y ya hice de Colombia mi hogar”.

Dice que su trabajo y la percepción inicial que tenía del país han cambiado mucho a lo largo de estas dos décadas. “Creo que eso pasa con cualquier lugar que uno llega a cubrir; al principio todo resulta más sencillo de entender porque es como en blanco y negro. Y a medida que uno va conociendo más su gente, las dinámicas de los conflictos sociales, y en el caso de Colombia, del conflicto armado, las cosas se vuelven en veinte mil tonos de gris”. Su percepción es que con el paso del tiempo se torna más interesante, pero se hace más difícil explicar lo que ocurre en este país, sobre todo para los lectores en el extranjero.

Sibylla percibe dos grandes transformaciones durante el tiempo que ha estado acá. “Al principio muchas personas me contaban de sus viajes por todo el país, que tuvieron que dejar de hacer a causa de los secuestros, los enfrentamientos entre guerrillas y paras, y la violencia”. Por ejemplo alguien le contó con nostalgia de los paseos a la reserva natural Cañón del Río Claro, en Antioquia, que luego quedaron vedados porque la guerrilla se había tomado la carretera entre Bogotá y Medellín. “Mi sensación inicial era de encierro. A Bogotá la sentía un poquito ‘sitiada’, pero hoy es distinto”.

Aunque admite que la eventual firma de la paz con las Farc no modificará mucho el trabajo de los corresponsales que llegan al país, ni el suyo, “porque la etapa del posconflicto va a ser igual o más interesante y más compleja que la misma etapa del conflicto”. Cree que tal vez algún reportero tendrá acceso a diferentes áreas del país que de pronto, por problemas de orden público, a otros se les complicará cubrir, pero piensa que la tarea no va a cambiar en su esencia, ni para los que están ni para los que llegan. Lo claro para esta periodista de 49 años es que después de 16 años resulta difícil arrancar e irse para otro lado. “Ya me quedo en Colombia”, concluye.

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Paul Smith guardaba el tiquete de regreso a Londres, pero ya no. Dice que se queda porque nunca faltan temas.

SIN TIQUETE DE REGRESO
Muy lejos de su natal Leicester, ciudad ubicada al este del centro de Inglaterra, Paul Smith ha caminado por toda Colombia y conoce como pocos la región del Magdalena medio. Este fotógrafo y documentalista de 50 años llegó a Medellín en diciembre de 1994, justo cuando se conmemoraba el primer año de la muerte de Pablo Escobar. Había aterrizado primero en Bogotá contratado por una ONG para realizar un trabajo documental, y terminó recorriendo el río Magdalena y siendo testigo de primera mano de la avanzada paramilitar. Cuando llegó a la capital de Antioquia comenzó a trabajar en los barrios marginales, documentando la reinserción de los milicianos. “Me interesaba mucho conocer cómo los jóvenes hacían sus vidas en ese ambiente de violencia. Esas vivencias forjaron una relación muy fuerte con Colombia”.

Admite que siempre se le ha hecho fácil hacer amigos acá, por la forma abierta y espontánea de la gente. Esos lazos fueron los que lo impulsaron a regresar una y otra vez, hasta que en 1999 y haciendo un trabajo para The Guardian sobre los indígenas u’wa y su lucha por la soberanía de su territorio frente a los intereses petroleros, conoció y se enamoró de la mamá del que hoy es su hijo de 15 años. Así fue como se quedó. Y empezó a retratar las distintas caras de la violencia, no solo la guerrillera y paramilitar, sino la que producen la pobreza y la indiferencia del Estado: el rebusque, la hambruna, el desplazamiento, la resistencia de las comunidades frente a los distintos embates de la vida diaria.

Uno de los trabajos que más lo emociona y refleja la pericia de su oficio y su habilidad para captar momentos íntimos es Little big top, sobre los circos pobres que se multiplican por el valle de Aburrá. Allí está retratada la vida de los que integran esta familia ambulante y los momentos previos a la gran función: el niño trapecista que va por la cuerda floja con los ojos vendados, el mago que hace aparecer palomas de su sombrero, la gimnasta contorsionista y sus increíbles posturas. Familias enteras que dedican su vida a entretener con sus malabares a niños y adultos de los barrios pobres con las carpas listas para la próxima función.

“Me fascinan los proyectos de largo alcance, así como los temas de ciudad. Mis trabajos son periodísticos y antropológicos a la vez; trabajo con ONG y con comunidades haciendo talleres y videos”. En este momento realiza un trabajo sobre memoria en el Chocó.

Sobre sus 17 años en Colombia, Smith admite que ha visto un cambio en la actitud y respuesta de las comunidades, que hoy son más conscientes e intentan reclamar sus derechos con mayor vehemencia que antes. “Pero hay otras cosas que no han cambiado. En esencia lo que mueve el conflicto no es una filosofía política o social, sino intereses económicos; la corrupción continúa, los combos no han desaparecido”. ¿Y ha pensado en irse del país? Smith no titubea: “Trabajar acá es un gusto. Antes guardaba siempre el tiquete de regreso, ya no”. Confiesa que se siente a sus anchas saliendo a las comunas y a los pueblos, hablando con la gente de los barrios marginales y con los campesinos. “Yo me quedo. Acá nunca faltan temas”.

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Juan Forero en el Amazonas peruano cubriendo temas de la región.

FASCINACIÓN POR EL CONFLICTO
El periodista Juan Forero vive en Bogotá, pero el día de esta entrevista se encontraba en Caracas, donde piensa estar por un tiempo, pues es la prioridad de su diario, The Wall Street Journal, del cual se desempeña como jefe de corresponsales para Suramérica. El 18 de mayo de 2015 el WSJ publicó un reportaje realizado por Forero y el corresponsal José de Córdoba, que le dio la vuelta al mundo, sobre la investigación que vienen haciendo fiscales de Estados Unidos a varios altos funcionarios venezolanos, entre ellos al presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, bajo la sospecha de que han convertido el país en un centro global de tráfico de cocaína y lavado de dinero.

“Para mi equipo Venezuela es el focus”, dice desde el otro lado de la pantalla. “Estamos tratando de investigar el tema de la decadencia social y económica; lo que está pasando con la importación de medicinas y alimentos. En este momento hay una tormenta perfecta en este país, pues está a punto de un default y existe mucha polarización entre Gobierno y oposición”.

Si hay alguien que conoce bien los intríngulis de la región es este periodista de 52 años nacido en Bogotá, pero cuya familia emigró a Estados Unidos cuando él era muy pequeño. Lleva casi dos décadas cubriendo Suramérica. Después de estudiar Historia y realizar una maestría en Periodismo en Columbia, empezó su carrera como reportero del área metropolitana en el Buffalo News; pasó luego a Tijuana a reportear temas de frontera, y unos años después cubrió las noticias del Bronx y de la Policía Metropolitana de Nueva York para The New York Times.

“Antes del atentado contra el World Trade Center, los medios de afuera estaban muy concentrados en Colombia. En el 2000, The New York Times decidió abrir una oficina y me enviaron a cubrir solo Colombia por un año, lo cual fue todo un lujo, pues eso no ocurre en estos periódicos”. Admite que pronto los medios se cansaron del conflicto y que el ataque a las torres gemelas lo cambió todo. La prioridad noticiosa estaba en Afganistán, Irak y Oriente Medio. En 2000 Forero pasó a ser jefe de la oficina andina para dicho periódico, teniendo a Bogotá como su base y viajando en forma constante y durante seis años a Venezuela, Perú, Bolivia y Ecuador.

“Cuando llegó el momento de irme de Colombia, decidí que me quería quedar”, reconoce. Fue así como trabajó como corresponsal durante siete años para The Washington Post, hasta que en 2014 fue nombrado jefe de corresponsales para The Wall Street Journal. “Dirijo coberturas, edito y también saco tiempo para hacer reportajes”, dice y añade que el Journal es un periódico que tiene recursos, lo cual le da a él y a su equipo de seis corresponsales de planta y de varios free lance la posibilidad de hacer investigaciones de largo alcance.

La última gran investigación sobre Colombia que publicó el WSJ fue la de los migrantes ilegales que atraviesan el tapón del Darién para llegar a Estados Unidos. El artículo, escrito por la corresponsal Sara Schaefer, se tituló “Migrantes globales se enfrentan a serpientes, murciélagos y bandidos en Panamá para llegar a Estados Unidos”. “Duramos muchas semanas en hacer la investigación sobre los migrantes ilegales de África, China, Cuba y Asia, que pasan por Colombia y Panamá. Nuestra reportera pasó muchos días por esos caminos al lado de la frontera”.

Forero niega que haya poco interés en este momento en los medios extranjeros por cubrir noticias de este país. “Lo que sucede es que en Colombia piensan que en el exterior hay una fascinación con el conflicto armado, pero eso no es verdad; a los editores en general no les importa”. Enfatiza que este es un país complejo y no resulta fácil entender el tema de la guerrilla, los paramilitares y la polarización política. “Lo interesante para nosotros como periodistas consiste en que Colombia no es uno, sino dos países: uno muy pobre, con graves problemas sociales y de desigualdad y otro muy moderno, que ha avanzado mucho en los últimos años”. El periodista toma el caso del Putumayo, adonde ha viajado más de veinte veces, como el ejemplo de zonas grandes muy olvidadas. “La realidad de Colombia es compleja, es gris”.

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