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Cinco productoras colombianas que demuestran que nada es imposible

Esta es la historia de cinco productoras colombianas que han sido parte fundamental de los grandes éxitos del cine nacional. Con dedicación, intuición y mucho trabajo se han ganado el reconocimiento de la industria.

Foto: Salvatore Salamone / Maquillaje: Verónica Vaquero by Mac Cosmetics y Robert Peña

Esta es la historia de cinco productoras colombianas que han sido parte fundamental de los grandes éxitos del cine nacional. Con dedicación, intuición y mucho trabajo se han ganado el reconocimiento de la industria.

Los productores cinematográficos trabajan contra lo imposible. O dicho de otra manera, y dicho por Cristina Gallego, productora de El abrazo de la serpiente: “Los directores sueñan las películas, los guionistas las escriben y los productores las hacemos realidad”. Esa realidad puede significar conseguir una flota de carros de época para recrear la década de 1990 en una escena o conseguir un cocodrilo para otra. La producción tiene una regla sacrosanta: la palabra “no” jamás es una opción. Si el guion dice “explosión», los productores tienen que hacer que algo vuele por los aires.

Hacer malabares con los sueños de un director y los laberintos de la burocracia. Lograr que las cámaras lleguen a la cima de una montaña, hacer lluvia en medio de la sequía, y, en el caso colombiano, sacar adelante películas con un presupuesto que haría que un productor de Hollywood entrara en pánico. Los productores no solo lidian con lo imposible; además, trabajan en contra de las estadísticas.

Hoy se habla de un boom del cine colombiano, y es claro que en parte esto se debe al trabajo de los productores. Nuestro cine está llamando la atención, se está ganando premios y reconocimientos y aplausos. Muchas de esas películas han tenido algo en común: todas tienen detrás el trabajo de cinco mujeres productoras, que en algún momento de sus vidas han trabajado juntas, y que sortean la difícil tarea de construir realidades para la gran pantalla.

Cristina Gallego

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Se enteró de la nominación de El abrazo de la serpiente, la película dirigida por su esposo Ciro Guerra y producida por ella, en un desayuno organizado por Caracol. “No estábamos en la mayoría de las predicciones”, asegura Gallego, “entonces, siendo sensatos, no debíamos esperarlo. Creímos que el 14 de enero nos bajábamos del bus del Óscar”. En ese desayuno, ellos se enteraron de la que es tal vez la mejor noticia que ha recibido el cine nacional en su historia. El 28 de febrero de este mes, una película colombiana podría ganar una estatuilla de la Academia. Asegura que fue una sorpresa: “Desde ese día todo ha sido nuevo y sorprendente”.

Cristina es bogotana, graduada de Cine y Televisión de la Universidad Nacional de Colombia y, por encima de cualquier cosa, productora. En equipo con su esposo han sacado adelante largometrajes como La sombra del caminante (2004), Los viajes del viento (2009) y, por supuesto, El abrazo de la serpiente. En 1998 fundó Ciudad Lunar Producciones, y desde entonces su nombre ha aparecido en los créditos de películas como El viaje del acordeón (2013), de Andrew Tucker y Rey Sagbini; de la película Sumas y restas (2004), de Víctor Gaviria, y Edificio Royal (2013), de Iván Wild.

Para Gallego, El abrazo de la serpiente es el resultado de aprendizajes pasados: “A medida que voy adquiriendo experiencia voy descubriendo mi propia forma de producir, esta película me ayudó a afianzar esto, a poder hacerle caso a mi intuición, a trabajar donde y con quien me siento bien, a escuchar los sueños”. Dice que el trabajo de producción va mucho más allá de los enredos de presupuesto, las tardes dedicadas a los trámites y los líos pragmáticos que significan rodar una película: “Para mí lo más importante es desarrollar proyectos de alta calidad que puedan tener acceso a mercados. Me interesa más el aspecto creativo que el práctico a la hora de producir. El reto más grande siempre está en crear o encontrar esos proyectos”. Cree que existe una nueva generación que ha entendido el rol real de un productor como “cabeza adulta y responsable” de que un rodaje llegue a buen puerto. Para ella, esto acerca la industria nacional a la base de la producción cinematográfica, compuesta de Director-Guionista-Productor. Cristina, casi como una declaración de intereses involuntaria, escribe estos tres cargos con una importante mayúscula inicial.

Diana Pérez

Esta joven tiene más de una década de experiencia en el medio. Antes de estudiar cine, la productora y cofundadora de La Banda del Carro Rojo Producciones, estudió actuación. Hoy hace películas en las que trabaja con actores naturales a los que en ocasiones les ha tenido que explicar asuntos tan sencillos como “qué es una película”. Colombia tiene una tradición importante en formación de actores para teatro y televisión. Para cine, sin embargo, el asunto resulta completamente nuevo. Pérez ha hecho su parte, y desde hace algún tiempo con su productora ha empezado a realizar talleres de formación actoral y talleres para niños: “Esta experiencia de preparación de actores ‘naturales’ en la región del sur de Santander nos ha enseñado algo que podría ser muy obvio, pero que en ocasiones se le ha restado importancia en el cine colombiano, prevaleciendo los aspectos técnicos o formales, y es que son los actores los que finalmente cuentan las historias y que en una buena actuación reside la identificación del público con la película”.

Ese encuentro con las comunidades es lo que más disfruta de su profesión. Habla por ejemplo de su trabajo en el municipio santandereano de Güepsa: “Nos hemos encontrado con gente muy trabajadora, honesta y sencilla, que ha estado siempre dispuesta a ayudarnos a realizar nuestras películas con mucho amor, y creo que esto se refleja en los resultados”. El catálogo de resultados incluye trabajos como El pájaro negro (2010), El tiple (2013) y Los retratos (2014), y muchos otros están en camino. Los retratos la llena de una felicidad particular: “Es muy emocionante saber que la historia de dos abuelos tomándose fotos en su pueblo puede tocar el corazón de alguien en el campo colombiano, en el Japón, en Suiza o en cualquier lugar del mundo. Y esperamos poder seguir conmoviendo con nuestras historias: ese es el reto al que nos enfrentamos con cada película”.

Diana Camargo

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Productora general y ejecutiva de varias películas colombianas, tuvo que asumir un particular reto en la producción de La sociedad del semáforo: “Trabajamos con actores no profesionales y algunos de ellos no contaban con un hogar o domicilio fijo. Nos tocó diseñar todo un dispositivo de producción para ubicarlos en hoteles en el centro y tratar de que se quedaran en un solo lugar durante toda la producción para no correr riesgos”. Varios días de rodaje se hicieron cerca del Palacio de Nariño, en Bogotá, y uno de esos días la seguridad de Palacio decidió hacer una visita al set: “Apresaron a una de las actrices por un proceso ya vencido y tuve que ubicarla, llevarle comida, estar pendiente y conseguir un abogado para sacarla de la cárcel, pues la necesitábamos en escena. Me demoré en sacarla tres días. Así que el director y el resto del equipo tuvieron que hacer cambios de última hora para seguir filmando”.

Camargo es una convencida de que los buenos tiempos que vive el cine nacional son el resultado de una política contundente, fruto de la Ley del Cine, que ha permitido una producción constante y una mejor infraestructura: “Todo esto gracias al trabajo de Proimágenes Colombia y de la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Cultura. En la medida en que los profesionales del sector estamos rodando continuamente, aprendemos de los errores y vemos una evolución permanente en el oficio”. Como productora, afirma, está permanentemente en ejercicio desde todos los flancos, en busca de nuevos proyectos, diseñando presupuestos. “Hoy estoy siempre en la búsqueda de soluciones creativas todo el tiempo y no cada diez años, como antes de la Ley de Cine”.

En varias ocasiones ha sido jurado de la convocatoria del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, tal vez una de las inyecciones de capital más valiosas que reciben las producciones nacionales. Y como jurado cree no solo que son las historias las que están cambiando en el cine, sino la forma de contarlas: “Hay, sobre todo, diversidad de géneros, como el thriller, terror, comedias o dramas, y se están escribiendo historias diferentes y para distintos públicos”.

María Fernanda Barrientos

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Esta caleña, casada con el productor Daniel García, define su oficio de manera sencilla: “Somos los que conseguimos el billete. Después somos los wedding planners, los que estamos a cargo de que todo funcione y que no se nos salga del presupuesto”. En 2014, Barrientos fue la wedding planner de tres películas: Cuasi Morido: Memorias del Calavero y Tierra en la lengua, ambas dirigidas por Rubén Mendoza, y Mateo, dirigida por María Gamboa. Estas dos últimas suman, a la fecha, casi una veintena de premios nacionales e internacionales.

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Asegura que haber conseguido la odisea de tres películas en un año es el resultado de un trabajo en equipo con la productora Día Fragma: “Lo bueno es que los proyectos los hacemos ‘en fila’ y en medio de todo la fórmula nos ha funcionado. Siempre estamos concentrados en lo mismo, pensando en la ‘pre’ de una y de la otra, de la promoción de la una, de la otra y de la otra”. Este año, la empresa se ganó la convocatoria del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico (FDC) para sacar adelante dos nuevos proyectos, “así que estaremos nuevamente en el mismo cuento”.

El 2014 también le dejó varias anécdotas, de esas que los productores guardan como trofeos. En el rodaje de Tierra en la lengua, el equipo fue víctima de un ataque inclemente de garrapatas –asegura que al final todos eran expertos en quitárselas de encima–. El sueño tampoco fue fácil: “Rodábamos entre dos pueblos del Casanare, y los hospedajes eran mínimos. El único hostal se llama El Carajo. Llegábamos de rodar a las doce de la noche, y detrás del cuarto, a las tres de la mañana, se levantaban a ordeñar vacas con música en un radiecito”.

Sin embargo, estos son apenas gajes del oficio. Para ella, el verdadero reto en su trabajo consiste en conseguir un público cautivo: “Financiar una película siempre ha sido un reto, pero es una labor dificilísima cuando uno no le puede garantizar a un inversionista una cantidad mínima de espectadores para que él recupere su inversión”. Barrientos es una convencida de que el reconocimiento que están recibiendo los largometrajes colombianos termina impulsando el crecimiento de la industria nacional y, con ella, también lo hará el número de personas en las salas.

Diana Bustamante

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Productora, cofundadora de Ciudad Lunar y creadora de Burning Blue, tiene un ritual antes de empezar cualquier proyecto: “Aunque no soy creyente, se lo encomiendo a Santa Marta, poderosa de los imposibles, y ella siempre está en nuestros agradecimientos. En mis películas nos hemos salvado de robos, hemos ido a las tierras más inhóspitas, hemos rodado con temperaturas bajo cero grados y arriba de cuarenta, con agua y sin agua, con policía, con incendios controlados y fuera de control, con actores divas y con no actores”.

La profesión de Bustamante pudo haber sido otra. En Medellín, donde nació, empezó a estudiar Ingeniería Química: “Realmente pensaba más en Artes Plásticas, pero siempre estaba ahí la fascinación por las imágenes y una relación muy intensa con la música y la escritura. Estando en la universidad era muy infeliz, pero aprendí una cosa del pensamiento lógico del cálculo que realmente me ha sido útil en la vida”.

Entre sus producciones se destacan Los viajes del viento, El vuelco del Cangrejo y La tierra y la sombra, un rodaje que tuvo que sobrevivir a las inclemencias de una lluvia que casi no los deja hacer su trabajo. “Hacer películas”, asegura, “es una cosa muy loca. Yo diría que estadísticamente hay más posibilidades de que salgan mal a que salgan bien”.

Como si lidiar con los imposibles de producir películas no fuera ya suficiente, Bustamante es además directora artística del Festival Internacional de Cine en Cartagena de Indias (FICCI), un festival que, para ella, ha sido un ingrediente fundamental en el proceso que ha atravesado el cine colombiano en los últimos años. “Es un referente y un punto de encuentro, donde muchas cosas han arrancado y muchos de nosotros hemos crecido. En ese sentido, el FICCI ve al cine colombiano como una de sus prioridades, no solo para seguir siendo una plataforma, sino para seguir contribuyendo desde muchos aspectos. Vemos una cinematografía saludable que va superando ciertos dejos ya obsoletos y que, además, es capaz de interrogarse, de pensarse desde nuestra individualidad”.

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Febrero
29 / 2016

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