Juanes, por Jorge Franco

Revista Diners celebra el cumpleaños 46 del artista con esta entrevista de Jorge Franco, en donde cuenta cómo es Juanes en la intimidad de su hogar.

Un niño con el pelo revuelto y mojado abre la puerta y con solo verlo se sabe que es hijo de Juanes. No se parecen mucho pero es como una estrella del rock, en miniatura. Se llama Dante Aristizábal, tiene seis años y es el hijo menor de Juanes y Karen. Y tiene el pelo mojado porque un rato antes cayeron litros de lluvia verde sobre él, sus hermanas y su papá. Era parte del espectáculo en el que habían participado.

Ahora, en la suite del hotel donde se hospedan, todos andan un poco apurados por quitarse el pegote verde de encima. El propio Juanes está en la ducha “peleando” con el slime en su pelo y mientras tanto Dante ejerce de anfitrión, con mucha soltura. Esa tarde Juanes cantó con su banda y recibió un premio a la labor social de su fundación Mi sangre. El reconocimiento se lo entregaron Karen y los niños.

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Pero desde el día anterior ha estado dando entrevistas, se ha tomado fotos con quien se lo pide, hizo las pruebas de sonido hasta bien pasada la medianoche y en las horas que le quedan en Colombia seguirá haciendo un poco más de lo mismo: cantar, posar, dar entrevistas. En la alfombra roja que antecedió al espectáculo habló con decenas de periodistas, sonrió para cientos de cámaras, estiró la mano para tocar a sus seguidores, fue el Juanes público que él mismo ya maneja con destreza.

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Juanes confiesa que le gustaría hacer cine, como productor, como actor, de cualquier manera que pueda desfogar su gusto por el arte.

Finalmente sale limpio de la ducha, con el aspecto de haberse quitado de encima el ruido, el frenesí, el acoso, aunque no todo el cansancio. Ese parece ser el Juanes privado con el que vengo a charlar.

Luna y Paloma andan en pijama al igual que Dante, y Juanes y Karen con la ropa que uno se pone para estar cómodo en la casa. Al verlos cruzar de un cuarto a otro, o peinarse, o rodar sobre el tapete, parecen lo que nadie se imagina de la familia de un famoso: una familia común y corriente.

Entonces uno se pregunta cómo pasaron tan rápidamente del asedio de la alfombra roja, del estrés del show y la ceremonia, a corretear por el hotel como si estuvieran en su propia casa. La respuesta la tienen ellos mismos, en la fuerza y en el amor que los une.

Al verlos así, y al recordar el día duro que ha tenido Juanes, decido que en esta charla no habrá libreta ni grabadora. Será más bien la oportunidad de participar por unas horas en el mundo privado, casi íntimo, de uno de los artistas musicales más exitosos, completos y hasta controvertidos de las últimas décadas.

EL REENCUENTRO

Con Juanes me había sentado frente a frente hacía muchos años, cuando comenzó a volar alto con “A Dios le pido” y tuve la percepción, en ese entonces, que los dos apenas comenzábamos y que aún nos quedaba mucho camino por recorrer.

Desde esa vez hasta ahora pasaron muchas cosas, en el mundo, en nuestras carreras, en nuestras vidas. Para empezar, en este tiempo fuimos padres, y eso nos lleva a hablar de los hijos con orgullo, y hasta con atosigamiento, de sus virtudes, de sus logros, de su temperamento, en fin, nos volvemos monotemáticos hablando de los seres que más queremos.

Hay, sin embargo, un acento de tristeza cuando él habla de los suyos y yo sé de dónde viene. Es la culpa. El sentimiento contradictorio que surge de tener que alejarse de su familia para hacer todo por ellos.

Lo asaltan dos imágenes del pasado: Dante, ahogado en llanto, detrás de una vidriera de la casa mientras Juanes se aleja en una de las tantas despedidas. Y la otra: una de las tantas veces en que regresó de un viaje largo y llegó con una flor para Luna, pero ella lo esquivó y lo dejó con la flor en la mano, herido de muerte.

Ahora ellos entienden mejor en qué consiste el oficio de su papá, y Juanes también entiende el precio de las ausencias. Siempre tiene que encontrar la forma de equilibrar, de compensar. Como padre, también le preocupa la condición de la niñez en general, sobre todo en Colombia.

Sabe que a los hijos hay que quererlos desde antes de concebirlos, y que el amor y el compromiso con ellos va hasta la muerte. Por eso le duelen tantos hijos no deseados en el mundo y sabe que el mismo mundo no es viable mientras siga siendo habitado por tantos hijos sin amor.

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Dante fue el compañero inseparable de Juanes durante casi todas las fechas de la gira. Aquí un momento entre padre e hijo en el backstage, en Costa Mesa, California.

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Poco a poco van llegando a la suite los músicos de su banda y es como si llegaran los amigos de siempre. Al fin de cuentas son sus compañeros de viaje y de giras. Los quiere y los respeta. A cada uno lo presenta con elogios que le salen del alma.

En el escenario no hacen falta palabras para comunicarse con ellos. Con solo mirarlos ya saben lo que él quiere o necesita. Con ellos también le gusta celebrar esos momentos después de un concierto, o de una noche especial, y los hijos los reciben y los tratan como a alguien de la familia. Dante dice en voz alta que tiene hambre y Juanes pide comida para todos: un domicilio, como cuando surge una fiesta inesperada.

La vida de Juanes se sostiene en tres pilares: la música, la familia y Dios. Tres ejes en constante movimiento, que han evolucionado a lo largo de todo este proceso de crecimiento y maduración.

Mucho ha cambiado de aquel roquero que a los veinticinco años emigró a Los Ángeles en busca de suerte, y aunque el rock sigue siendo la base, ahora la exploración musical es más amplia, en su cultura, en las raíces, en las influencias y en su instinto. Como un hombre cualquiera también pasó a ser parte de una familia a conformar la suya propia. Esos tres niños que siguen por ahí correteando en pijama son el motor de su vida.

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Y también ella, Karen, por supuesto. Está plenamente convencido de algo importante que aprendió de sus padres: en la mesa se hace la familia. Con sus padres y en la mesa de comedor conoció también una de las tantas facetas de Dios.

Después de cenar le tocaba quedarse a rezar el rosario, y como un autómata repetía los rezos, aunque muy pronto aquel sonsonete se convirtió en una especie de mantra que le permitía escaparse de la realidad.

De aquel Dios al que le pedía por su madre, por los hijos de sus hijos y por los días que le quedan, el de la canción “A Dios le pido”, ha encontrado ahora otro más íntimo, tal vez más abstracto, más cercano a una fuerza superior que al Dios de las iglesias. Algo o alguien que lo hace siempre mirar hacia arriba antes de subirse a un escenario.

ÉXITO, FAMA Y MIEDO

En una de las veces que miró hacia el cielo vio unos ovnis. Lo recuerda como uno de esos momentos que le han marcado la vida. Una experiencia. Estaba en Alemania acompañado de algunos de sus músicos y de pronto apareció esta imagen de luces girando, maniobrando en la noche.

Lo cuenta y no le importa correr el riesgo de que le digan que está loco. Loco no está, tal vez loco de amor, pero loco de ver cosas que no son, no. Yo le creo su relato. Ni más faltaba que fuéramos los únicos del universo.

Por esto y por otras cosas le han dicho de todo. Que porque apoya al ejército, que porque apoya el proceso de paz, que por los conciertos en las fronteras, porque vende mucho, porque no vende tanto…

Se habla mucho de él y reconoce que le duelen los agravios y las mentiras. Hace varios años entró en una crisis personal y profesional que lo llevó a tomar decisiones drásticas. Chocó contra el sistema, contra el medio musical, se sintió manipulado, usado y abusado, mientras lo que más quería se le escapaba por entre los dedos. Una crisis que estuvo ligada a la debilidad de todo artista: el éxito.

Nada tiene que ver el éxito con la fama, pero buena parte de la masa que sigue a un artista tiende a confundirse y esa confusión nace de la forma como lo miden. Y hoy en día la medición es atroz: ventas, dinero, apariciones públicas, followers, premios, estadísticas que muchas veces tienen que ver más con la popularidad que con la calidad de un trabajo. Fue una época dura en la que tuvo que superar el miedo y las dudas para reinventarse.

Y aprender que sin dudas y sin miedo no hay arte. Tuvo que aguantar todo tipo de comentarios y especulaciones sobre su carrera y su vida personal, pero gracias a la obstinación por mantenerse en lo que cree, a que siguió su instinto y los dictados del corazón, pudo pasar la página, reorganizar su vida y retomar el camino con más ganas de crear.

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Uno de los rituales de Juanes después de cada concierto es hacer este salto. Aquí después del concierto en el Teatro Real de Madrid donde el público por primera vez se puso de pie por un cantante.

De todas maneras, Juanes y su equipo saben que no pueden darle la espalda a la nueva cultura del espectáculo, y que tienen que adaptarse a la velocidad y a las leyes de una nueva dictadura llamada “redes sociales”.

Leyes que exigen sacrificar la privacidad y piden a gritos la omnipresencia del artista con fotos, comentarios, videos, con cualquier manifestación que dé fe de que todavía existe. También saben que todo evoluciona sobre la tierra, empezando por la música, y ahí es donde él dedica buena parte de su tiempo a escuchar otros ritmos, urbanos, nativos, clásicos, tecno, todo lo que pueda alimentarlo y fusionarse con el rock que lleva en el alma y con lo guasca que le corre por la sangre.

Sabe además que no solo de música se alimentan las canciones, y para también darle alimento al alma, lee. Intenta cumplir con una rutina diaria de leer muy temprano en las mañanas. Y lee de todo un poco: ficción, ensayos, crónicas. Uno de los temas que más le apasiona es el universo. Se siente atraído por la inmensidad, el misterio, la insignificancia, por la fuerza que pueda existir detrás de todo ese andamiaje.

Dante nos trae de vuelta a la realidad y a la Tierra cuando dice, muy en voz alta, que tiene sueño. Es tarde, Dante se va a dormir, pero Juanes tiene ganas de hablar, y de preguntar.

Hay que tener cuidado porque es muy curioso y a cada momento de la charla se invierten los roles y este entrevistador termina de entrevistado. Confiesa que le gustaría hacer cine, como productor, como actor, de cualquier manera que pueda desfogar su gusto por este arte.

Me habla de la oportunidad de cantarle al papa Francisco y del mensaje que quiere dar para que a este mundo no vengan hijos indeseados (la entrevista fue antes de que le cantara al papa). Me cuenta de su próximo disco, que saldrá el próximo año. No entra en detalles y yo entiendo la necesidad de ese sigilo, pero cuando habla de él lo traiciona la felicidad por un disco nuevo.

La noche ya ha pasado a ser otro día y a estas alturas Juanes ha perdido la paciencia de servir el hielo con la pinza y mete la mano en la hielera, saca un puñado de hielos y antes de vaciarlos a mi vaso me pregunta si me importa.

A esas alturas no importa nada, ya ni siquiera me preocupa que no hubiera grabado nuestra charla. Menos importa que Juanes se comporte como una persona cualquiera, que se ría a carcajadas, que celebre con sus amigos, que esté pendiente de sus invitados, que como cualquier papá hablemos de los hijos, que nos duela el país que tanto queremos.

Ahí, doblado de la risa, queriendo que la noche no se acabe está el hombre y está el artista, indivisible, siempre comprometido, siempre músico, papá, hijo, hermano, amigo, el Juanes que habla sobre el mundo que sueña, mientras en la cama, el pequeño Dante tal vez soñará que se ha convertido en un monstruo verde.

Publicado originalmente en Revista Diners de Octubre de 2015

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