Entrevista al escritor Tomás González, un relojero de la escritura

Revista Diners entrevistó al escritor colombiano Tomás González, nominado al premio Independent Foreign Fiction Prize por su primera novela, Primero estaba el mar, publicada en 1983.

Como J.D Salinger, que se refugió en una cabaña en los bosques de Cornish (New Hampshire) para dedicar su vida a escribir, Tomás González desde las montañas de Cachipay ha dedicado sus días a crear una obra —que hasta ahora va en 10 novelas, dos libros de cuento y uno de poesía— que lo ha hecho consolidarse como uno de los escritores colombianos vivos más importantes.

Incluso la prensa ha llegado a llamarlo “el próximo Gabriel García Márquez”, a lo que respondió, con la timidez que lo caracteriza, que no hay que hacerles caso, que escribe lo mejor que puede.

Su timidez —propia de un hombre que vive en las montañas y que prefiere mantenerse alejado de la ciudad— explica el que procure atender las entrevistas por correo electrónico, pero aun así es posible notarla, por el tiempo que se toma para responder las preguntas de manera concreta y sencilla.

– Está nominado en el short list al Independent foreign fiction prize por su primera novela ¿qué cree que tiene “Primero estaba el mar” que no tienen las más recientes?

R: La historia de Primero estaba el mar es lineal y aparentemente más sencilla que la de la mayoría de mis otras novelas, lo cual hace que llegue a un público más amplio. También está el hecho de que los acontecimientos reales que dieron origen a la novela fueron muy fuertes, sobrecogedores, por ser quienes eran las personas que los vivieron, por el lugar donde ocurrieron y por la manera como ocurrieron.

– A lo largo de sus textos narrativos es común ver que lleva a los personajes a situaciones extremas ¿es algo que le resulta natural o un efecto a propósito? ¿Por qué?

R: Creo que la vida se manifiesta con mayor intensidad en aquellas situaciones extremas y es por eso que me interesan como tema de mis narraciones. Pero yo no “llevo” a los personajes, ellos van solos.

– El mar es un escenario recurrente, o incluso, un personaje más, un tema. ¿Qué representa para usted, para sus personajes?

R: El mar es un antiquísimo símbolo de infinitud, eternidad y permanencia. Eso es para mí y es eso lo que ven en él algunos de mis personajes.

– Es imposible dejar de relacionar su estilo de vida/escritura con el de J.D. Salinger, por el enclaustramiento y la soledad para escribir ¿cree que la literatura es un oficio solitario? ¿Por qué?

R: A unos escritores les gusta estar más bien solos para trabajar; otros prefieren escribir rodeados de gente. Pienso que en los dos casos el trabajo, como el de los relojeros, es siempre solitario e íntimo en el sentido de que no cabe allí más que un par de manos. En el momento de crear la historia nadie te puede ayudar ni acompañar. En mi caso, una vez logrado el primer borrador empiezo a mostrárselo a personas en cuyo criterio confío y allí sí el trabajo se hace más colectivo.

– ¿Cuál cree que es la relación de lo que ha vivido y lo que ha escrito? Es decir, hay pequeños detalles que lo llevan a uno a pensar en que varios aspectos de sus textos son autobiográficos.

R: Algunas historias son más directamente autobiográficas que otras, pero todas lo son siempre, de alguna manera. Para crear sus historias el escritor solamente tiene su vida, esto es, lo que le ha sucedido y lo que ha visto, oído o pensado. No hay ningún otro lugar de donde pueda sacarlas. Algunas de mis narraciones, por ejemplo Primero estaba el mar, están muy ceñidas a la realidad; en otras el hecho real forma apenas el núcleo de la historia y todo lo demás es tomado de otras fuentes, de otras vivencias. La pieza literaria que resulta de todo esto tiene realidad autónoma. Es tan real como los hechos que la originaron y es independiente de ellos.

– ¿Cómo hace para entender tan bien la condición humana, para evitar adornar más de la cuenta lo que es cada personaje?

R: Me parece que, más que la observación de los demás, la observación de uno mismo es útil para tratar de entender al prójimo. Los seres humanos nos parecemos mucho unos a otros, al fin y al cabo nuestros organismos son idénticos –o casi, en el caso de mujeres y hombres–, y con la introspección y un poco de imaginación uno es capaz de crear personajes, basándose en lo que uno es y siente. Frases como “el asesino que todos llevamos adentro” o “el iluso romántico que todos llevamos adentro” ilustran lo que estoy diciendo. Tengo la idea de que los actores hacen eso mismo, es decir, encuentran en ellos mismos al personaje que van a representar y… lo representan.

– En los cuentos de ‘El rey del Honka Monka’, luego (durante o antes) de un acontecimiento doloroso, los personajes escapan ¿Por qué?

R: Cada uno tuvo sus razones para escapar. Uno de ellos, el del cuento Verdor, trata de escapar del dolor de una tragedia familiar. Victor viene escapando de un acto infame cometido por él mismo y que lo persigue. En ninguno de los cuentos hay simbolismo, creo, o no fue mi intención crear símbolos. Lo que es común en todos esos personajes es su incapacidad para estar en un sitio y en paz con ellos mismos, su condición de seres errantes. Todos, sin embargo, al final logran una especie de paz, así no sea la que buscaban.

– Muchos escritores terminan siendo columnistas de opinión, involucrados o “comprometidos” con una posición política ¿por qué ha preferido alejarse de esa tendencia?

R: No expreso mis convicciones políticas personales en mis narraciones, pues considero que ese no es el lugar para hacerlo. Mis personajes expresan a veces las suyas, que de vez en cuando coinciden con las mías, no siempre.

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