El duro oficio de ser mamá

Las mujeres de hoy no la tienen fácil: trabajan más que un hombre y se desempeñan en múltiples oficios y no siempre remunerados. Por eso hace más meritoria su apuesta por la maternidad.

A las seis de la mañana me levanto, despierto a mi hijo y le hago el desayuno. Cuando se va para el colegio hago un rato de ejercicio y después de una ducha rápida me siento a trabajar frente al computador hasta el medio día, cuando interrumpo el oficio para un almuerzo rápido, casi siempre de trabajo. Mi hijo llega del colegio a las tres de la tarde. Hacemos tareas, leemos un libro, lo llevo a clase de natación, a cita odontológica, a hacer un trabajo en grupo con un niño que vive en el otro extremo de la ciudad, a visitar a la prima que cumple años o, si estoy de buenas, nos quedamos jugando la Guerra de las Galaxias en el Wii. En las noches, después de que come y se acuesta, hago la comida para mi esposo, que ha llegado de la oficina y quiere algo caliente y con sabor de casa.

A las diez de la noche me siento a leer, y más o menos a las doce estoy apagando la luz, agotada, solo para oír a mi marido decirme: “Que pases rico mañana”.
No es fácil tener hijos y seguir trabajando. No es fácil tener hijos y seguir haciendo deporte, almorzando con los amigos, saliendo a cine, o cualquiera de las cosas que hace la gente que aún tiene una vida y, sobre todo, energía para seguir adelante con ella.

“Agradezca que pueden trabajar y realizarse profesionalmente”, me dijo en chiste un amigo, y no sin algo de razón. Podemos trabajar. Es más, trabajamos demasiado a veces. Según estadísticas del Dane, una mujer trabaja en promedio casi dos horas diarias más que un hombre, básicamente porque además de desempeñarse como ejecutiva, abogada, secretaria, periodista y demás profesiones, debe llegar a su casa y hacer la comida, atender a los niños y estar pendiente de las cosas de la casa.

Sin embargo, somos afortunadas. En tiempos de las abuelas se esperaba que una mujer se casara y tuviera hijos y estaba muy mal visto que hiciera una carrera o que trabajara y era el hombre quien debía proveer para el hogar. Ahora esa camisa de fuerza ya no existe más, y uno puede encontrar desde amas de casa hasta mujeres muy exitosas en el espectro.

Claudia, una de mis mejores amigas de infancia, dejó de trabajar para cuidar a su hijo, pero cuando el niño entró al colegio, volvió al mercado laboral, así al comienzo le hubiera costado trabajo. “Ya no estoy acostumbrada a llegar de noche a la casa –me dijo hace poco–, y a veces llego cuando mi hijo ya está dormido y me da una punzada de arrepentimiento, pero me siento feliz de salir, de ganar dinero, de tener la mente activa”.

Nora también intentó volver al mercado laboral, pero no pudo. Según ella, estaba tan desconectada que ya no conocía a nadie de sus tiempos en una oficina. Ese es un problema. El mundo laboral es cerrado y se mueve a ritmos acelerados, y quienes se graduaron hace veinte años de la universidad y dejaron sus empleos hace diez años, ya no consiguen competir contra chicos recién egresados, llenos de energía y, sobre todo, solteros.

En el otro extremo está mi amiga Catalina. Decidió no tener hijos y a su esposo le parece perfecto, porque ya tiene un chico adolescente de su primer matrimonio. Catalina dice que sería una pésima mamá porque no tiene paciencia y tampoco tiene tiempo. Su carrera periodística la ha llevado a todas partes del mundo a buscar noticias interesantes y no está dispuesta a dejar esa vida, que la apasiona. “Aún puede arrepentirse”, dicen algunos amigos, convencidos aún de que el destino de toda mujer incluye los hijos, pero creo que se equivocan. La tasa de natalidad está disminuyendo, sobre todo en países desarrollados, porque muchas mujeres prefieren realizarse laboralmente a tener que cambiar pañales y lavar mamelucos.

Rosario, aunque es igual de adicta al trabajo que Catalina, decidió que sí quería tener hijos y continuar devengando un sueldo, pero fue muy difícil. Sus horarios en una productora de televisión eran tan miserables que resolvió dejar los niños al cuidado de la abuela y verlos los fines de semana. Rosario encontró que la mejor niñera para sus hijos es la abuela, no solo porque ya tuvo los hijos propios y los crió sino porque confía en ella más que en nadie.
Sin embargo, hay mamás que prefieren dejar las tareas del cuidado de los hijos en un ejército de niñeras mientras ellas trabajan. Conozco una de ellas. Es abogada y le va muy bien en su oficio, pero ve a sus hijos eventualmente, cuando tiene algo de tiempo. Mientras, los niños se crían con la empleada y el conductor, que los llevan al cine y al club.

Mi prima Manuela vive en Nueva York, donde trabaja en periodismo. “Es paradójico –me dice-. Trabajo para pagar la niñera, porque aquí son tan costosas que mi sueldo escasamente alcanza para ella y para algo de mercado. Sin embargo, si no trabajara y me quedara en casa con los niños me volvería loca. Necesito salir”.
Esa necesidad de mi prima la comparten muchas mujeres. Sentirse útiles, aportar algo al hogar, ganarse el respeto de su esposo, de sus hijos y, por qué no, de sus congéneres. “No concibo una mujer que no trabaje”, me dijo el otro día una mujer que, si mal no recuerdo, dejó de trabajar durante seis años para cuidar a sus dos hijos. Estábamos en un almuerzo campestre, y las mujeres formábamos un corrillo donde discutíamos nuestros diferentes empleos. Parecía como si hubiera una pequeña competencia por quién trabajaba más. Una mujer, que permaneció callada, me dijo al final del almuerzo: “Acabo de llegar de Londres. Allá las mujeres trabajan hasta cierta edad y luego se retiran un tiempo para formar una familia. Nadie las tilda de tontas por hacer eso. Es común verlas leyendo en el parque, mientras sus hijos juegan en la arenera. En Colombia la gente es muy rápida para juzgar a quienes optan por no trabajar”.

La entiendo. Tal vez nosotras mismas estemos exigiéndonos demasiado. Horarios laborales violentos, cuerpos perfectos, hogares armoniosos. A lo mejor hay algunas que son capaces, pero la mayoría terminamos haciendo mal una cosa u otra.

Mi situación es un punto intermedio. Mi oficio como escritora me permite trabajar desde mi casa, lo que significa que mi hijo piensa que tiene a su disposición una mamá que además es chofer, cocinera, profesora y compañera de juegos. Mi esposo, por otro lado, piensa que, como me quedo en la casa, estoy “pasando rico”. Sin embargo, este es el modelo que funciona para mí, así como mis amigas tienen cada una un modelo que les sirve. A diferencia de nuestras abuelas, nosotras podemos escoger el que mejor nos convenga, y creo que esa es la ventaja de ser mamá en este siglo: que la maternidad se volvió una cuestión de escogencia y no de obligación.

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