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Sergio Cabrera y Felipe Aljure regresan a las salas de cine

La próxima edición del FICCI marca el final del silencio cinematográfico de dos de los nombres más importantes del cine nacional: Felipe Aljure y Sergio Cabrera. Revista Diners conversó con ellos.

<div>Los dos directores hablaron por más de una hora y media sobre sus experiencias cinematográficas.</div>
<div>Sus nuevas películas son más íntimas y rompen con sus trabajos anteriores</div>
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<div>Todos se van.</div>
<div>Tres escapularios.</div>
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La próxima edición del FICCI marca el final del silencio cinematográfico de dos de los nombres más importantes del cine nacional: Felipe Aljure y Sergio Cabrera. Revista Diners conversó con ellos.

Hace diez años los colombianos no han visto una película de Sergio Cabrera ni de Felipe Aljure. En este tiempo de espera, Cabrera, quien ha dirigido clásicos como La estrategia del caracol y Golpe de estadio, tuvo un paso por la política que él mismo califica como “decepcionante”, y luego vivió en Madrid donde trabajó en televisión. Aljure, quien con La gente de La Universal y El Colombian Dream revolucionó la estética del cine nacional, estuvo metido de cabeza en la estructuración de la ley del cine y trabajando desde todos los frentes audiovisuales para pagar la deuda que sus obras le habían dejado encima.

Ambos vuelven con dos películas tremendamente íntimas, que ellos llaman “pequeñas” y que rompen con su trabajo anterior. Tres escapularios, de Aljure, es una mirada visceral a los personajes secundarios de la guerra colombiana empaquetada dentro de una película de carretera y una historia de amor. Todos se van, la cinta que Cabrera estrenó en el Hay Festival, es una adaptación del libro homónimo de la escritora cubana Wendy Guerra. Un filme sobre la niñez en un país en el que la libertad y la autoridad se enfrentan y que, al no recibir el permiso de grabar en La Habana, se tuvo que rodar en la costa colombiana.

Realización: Lina Botero.

 

Debe ser muy diferente hacer cine hoy a como era hace diez años…

Felipe Aljure: Éramos doce personas, incluidos los dos protagonistas, no sesenta. No había camiones, había un Twingo y dos carros más. Las luces eran para mitigar la angustia de quedarnos sin luz, pero las usamos dos o tres veces. La segunda cámara raramente la sacamos. Filmamos de día, de noche, en Tasajera, en Taganga, en Tierra Bomba, y nos fue muy bien. ¡Eso a uno le daña la cabeza y el alma! Si uno ve que puede hacer una película con una cámara de fotos, y que queda como la que hicimos, dan ganas de salir a hacer más películas.

Sergio Cabrera: Ahora todo es mucho más inmediato, eso hace que se pierda una cosa que era bonita: antes había más tiempo para pensar. Mientras cargaban el magazín o durante la edición uno tenía mucho más tiempo. Hoy uno puede hacer una película con una cámara casi como un poeta puede escribir un poema sin necesitar más que un lapicero. Pero claro: en cine lo que es caro es lo que uno pone enfrente de la cámara.

¿Creen que es más fácil hacer cine hoy en día?

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SC: Sí. Mucho. Yo creo que el cine que hacíamos antes era como imprimir libros en la imprenta de Gutenberg.

Felipe, ¿extraña algo de la manera vieja de hacer cine?

FA: Uy, no. ¡Qué pereza! No hay posibilidades de que vuelva a hacer una película en 35 mm. ¡Ninguna! Es que si los grandes fabricantes de cámaras ya no hacen cámaras de cine…

Hay un tema obligado cuando se habla de cine colombiano, y es el de la financiación. Felipe, ustedes para La gente de La Universal se ganaron un premio y con todo y eso quedaron debiendo plata.

FA: Esta es una película muy pequeña, que se produjo en casa. Cuando terminamos de grabar yo pensé: “Bueno, seguro no debemos más de 300 millones”. Cuando tuvimos la reunión me dijeron: “No, no debemos 300 millones. Nos ahorramos 140”. El premio que ganamos prevé 150 millones para la posproducción, entonces juntamos todo, la terminamos e increíblemente no debemos un peso. ¡Hoy me tomo cafés que no le debo a nadie! Eso no me pasaba hace mucho tiempo.

Sergio, usted dice que el cine es una cadena de deterioros. ¿Tiene que ver con todas esas dificultades de producción?

SC: El cine es una cadena de deterioros en el sentido de que uno tiene una gran idea, pero cuando se pasa al papel esa idea pierde. Y cuando pasas al guion de producción te encuentras con que hay menos dinero del que creías y entonces ahí la idea vuelve y pierde. Después, a la hora de rodar, por la capacidad de uno y de sus actores, la idea vuelve y se deteriora. ¡Y después viene el montaje! Es una pirámide invertida. Por eso hay que arrancar con una idea muy fuerte, porque al final una película es lo que uno logra salvar de esa idea original. Yo no sé si a ti te ha pasado, Felipe. Ese momento en el que uno recuerda que tuvo una idea maravillosa que de golpe parece horrorosa…

FA: La primera escritura de Tres escapularios fue después de un viaje a la Cocha en Nariño. Nos pareció divino, y esa sensación de aislamiento y de estar lejos fue el punto de partida para empezar a escribir el guion. Pero cuando supimos que no íbamos a tener inversionistas y que no íbamos a tener luces, nos preocuparon el clima, el invierno, la bruma, y pensamos en otras opciones. Entonces en cada viaje se me ocurría que todo era posible. Viajé a Sudáfrica, donde vive mi hija, y pensé que la podía hacer allá. Esa fue una idea que duró 15 días. Luego, en algunas vacaciones en las Islas del Rosario, dije, “listo, lo hacemos acá”. Después también estuve grabando otras cosas en Tierra Bomba, y quedé impresionado con el skyline de Cartagena enfrentado al deterioro social y al espíritu de gueto que se sentía en Tierra Bomba. Y entonces, entre ser racionales y creativos y ser consecuentes con el presupuesto y el postulado de hacerlo con esa plata, nos fuimos a la costa. Esta es una película de carretera, el mar le da un tema que claramente sustituía la nostalgia de la Cocha, y la luz del Caribe colombiano era importante.

Sergio, usted había prometido que no volvía a hacer cine, pero dos regalos de cumpleaños le cambiaron los planes.

SC: [Risas] Sí. Yo había decidido aparcar mis deseos cinematográficos, pero entonces me regalaron de cumpleaños el libro Todos se van, de la escritora cubana Wendy Guerra, y me gustó mucho. Yo no pensé en un primer momento en hacerla, pero hablé con mi amigo cubano Jorge Pergurría, protagonista de Fresa y chocolate, y le pregunté por qué nadie la había hecho en cine. Él me respondió que ningún cubano la iba hacer, me dijo que debería hacerla yo. Incluso llamó a Wendy y me la pasó. Mi esposa, al verme emocionado, fue, y sin decirme nada, compró los derechos de la película y me los regaló de cumpleaños.

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FA: ¡Ese cuento está buenísimo! Nada. Le tocó hacerla o divorciarse. No tenía opción.

SC: Pues yo ahí todavía dudaba, pero empecé a escribir el guion porque me pareció que era lo mínimo. Cuando me fui a vivir en España me desconecté de Colombia. Trataba de escribir sobre el país, pero no daba con nada. Y entonces leí esta novela y me trajo muchos recuerdos de infancia. Yo crecí en la China socialista donde esa lucha entre la autoridad y la libertad está muy presente. En el libro de Wendy vi una película sobre cómo se ejerce el poder sobre los niños, que tienen encima el poder del Estado, el poder de sus padres, el poder de los amiguitos, de los hermanos mayores. Tuve en un primer momento un bloqueo porque no quería hablar mal de la revolución cubana, que siempre he admirado. Pero me puse a reflexionar y me acordé de una frase de Goethe que dice que ahí donde más brilla la luz, más negra es la sombra. Creo que la falta de autocrítica del socialismo, haber cerrado los ojos en vez de abrirlos, ha llevado a que ese sueño no fuera posible. Ahí me sentí aliviado y seguí adelante.

Y es que esta película comparte con todas las otras que ha hecho un subtexto político importante…

SC: Hace poco leía a Michel Foucault, el filósofo francés, y él decía que la función del intelectual en la lucha por cambiar la sociedad es la función del cartógrafo que muestra el espacio en el que se tienen que hacer cambios. Yo nunca lo había pensado así, pero eso es lo que hace uno: mostrar el mapa del país a través de una historia de pequeñas historias.

Eso es algo que tiene mucho que ver con Tres escapularios.

FA: No me le quiero tirar la película a nadie, pero es eso: es la pregunta de qué pasa cuando llegan órdenes de una comandancia –lejana, distante, envejecida y, si se quiere, irracional– que confronta a los personajes con su propio mapa ético. Yo creo que el cine hace eso, amplifica rincones que a uno le parece importante amplificar.

SC: Es que el deseo de hacer una película llega por caminos muy diferentes. No es simplemente encontrarse con un buen libro, sino también que te interese el tema. Para mí esta película es un ejercicio para ver si soy capaz de hablar sobre mi experiencia en China y en la guerrilla, pero no resulta fácil. Todos se van es una forma de hablar de mí mismo a través de otra persona.

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Marzo
09 / 2015

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