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Winston Churchill en cinco minutos

A propósito de los cincuenta años de la muerte del estadista británico, el poeta Juan Gustavo Cobo escribió para los lectores de Diners una semblanza con los detalles menos conocidos de su vida.

Foto: The LIFE picture collection - Toni Frissell, Frank Scherschel y Mark Kaufman

A propósito de los cincuenta años de la muerte del estadista británico, el poeta Juan Gustavo Cobo escribió para los lectores de Diners una semblanza con los detalles menos conocidos de su vida.

Era pelirrojo y tartamudo y encontró su destino en los más de mil soldados de juguete que coleccionaba. Así Winston Churchill superó las agoreras predicciones de su padre que lo consideraba un bueno para nada y logró conciliar la pluma con la espada en una larga e insólita carrera que no solo le otorgó el Premio Nobel de Literatura, sino que le permitió salvar su país en por lo menos dos ocasiones: la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

En la primera, cuando fortaleció la marina siendo Lord del Almirantazgo y, en la segunda, cuando contra el espantoso ogro que era Hitler, con sus histéricos discursos y su ambición luciferina de incendiar el mundo, pronunció palabras inmortales como primer ministro: “No tengo otra cosa que ofrecer más que sangre, sudor y lágrimas. (…) Me preguntáis: ¿Cuál es nuestra política? Os lo diré: hacer la guerra por mar, por tierra y por aire, con toda nuestra potencia y toda la fuerza que Dios pueda darnos; hacer la guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en el lamentable y oscuro catálogo de crímenes humanos. Esta es nuestra política”.

Con su sombrero de fieltro, chaleco a rayas, pajarita de lunares y pañuelo en el bolsillo del saco, nunca abandonó su tabaco Romeo y Julieta para entrar en la Historia y jamás salir de ella. Fue corresponsal de guerra en Cuba y en la India incrementó su interés por las rosas. Sobre todo ello mandó crónicas a los periódicos y escribió libros animados y vivaces. Uno sobre su ilustre antepasado el duque de Marlborough, otro sobre su padre, lord Randolph Churchill y en medio millón de palabras La historia de los pueblos de habla inglesa (1951-1956). Había aprendido de Tucídides y Gibbon y poseía un sólido sentido del humor.

Guerras, debates parlamentarios, cambios de gabinete, aún así podía abandonar el Partido Conservador y hacerse liberal, atravesando tan solo un pasillo en la Cámara de los Comunes.

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Durante sus vacaciones en 1948, Churchill pinta una escena de L’Isle sur-la-Sorgue, en la región francesa de Provenza. A finales de 2014, el cuadro de Churchill «The goldfish pool» se subastó en 1.8 millones de libras.

Era un hedonista que disfrutaba de los placeres de la vida y el menú de una cena en el Queen Mary en 1943 lo demuestra: ostras, consomé, rodaballo, pavo asado, melón con helado, queso Stilton y gran variedad de frutas, pasteles, etcétera, todo ello regado con champán (Mumm del 29) y un magnífico Liebfraumilch, seguidos de un coñac de 1870. “Mi médico me ha ordenado que no tome ninguna bebida no alcohólica entre el desayuno y la cena”. Era su comentario y siempre el whisky o el cognac con un poco de agua o soda.

El duque de Marlborough, antecesor de Churchill, fue un notable guerrero en su tiempo, que humilló al rey Sol, Luis XIV, venciéndolo en Blenheim, sobre el Danubio. Por tal razón, la reina Ana le regalaría el privilegio de un hermoso y barroco castillo en Oxfordshire, con lago, parque y árboles espléndidos. Allí nacería Winston Churchill el 30 de noviembre de 1874. Su madre, norteamericana de Brooklyn, había bailado con demasiado entusiasmo en una fiesta en el castillo y lo dio a luz en una oscura habitación de la planta baja. Quizás pronto resonaron en sus oídos los versos de una canción que los niños franceses entonaban sobre su ilustre predecesor: “Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena. Mambrú se fue a la guerra y no sé cuándo vendrá. Vendrá para la Pascua, qué dolor, qué dolor, qué pena. Vendrá para la Pascua o para Trinidad. (…) Mambrú ya se ha muerto, qué dolor, qué dolor, qué pena. Mambrú ya se ha muerto y lo llevan a enterrar, lo llevan a enterrar. En caja de terciopelo, qué dolor, qué dolor, qué duelo. En caja de terciopelo y tapa de cristal”.

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No es de extrañar entonces que este trotamundos que iba de Sudán a Suráfrica durante la guerra de los Boers y peleaba en Francia ya se fuera endureciendo como oficial del 4 Regimiento de Húsares de la Reina, en 1895, y combatiera, signo premonitorio de hoy en día, contra el fundamentalista islámico Mahdi Muhammad Ahmed. Y en 1898 participará en otro gran acontecimiento que bien puede llamarse épico: lancero del 21 regimiento en la batalla de Ondurman, última carga de caballería de la historia militar inglesa, contra el ejército derviche.

Quizás esto permita comprender mejor al hombre que durante la batalla de Inglaterra paseara interesado y afable por las calles de Londres mientras era bombardeada por los cazas alemanes y sus habitantes, ante el aviso de las sirenas, se ocultaban en los sótanos, tal como los dibujó el gran escultor Henry Moore y lo registran tantas oscuras fotos donde se ve a Churchill inspeccionando ruinas e infundiendo coraje a mujeres y niños, él que era considerado un llorón profesional según muchos testimonios. Pero quizás la celebración del armisticio de 1918 era un esperanzador presagio de cómo los aliados vencerían el 8 de mayo de 1945 y Churchill, muy abrigado, se dejaría fotografiar al lado de Roosevelt y Stalin para repartirse tranquilamente el mundo. Pero apenas acabó como triunfador de la Segunda Guerra Mundial fue derrotado en las elecciones en Inglaterra, lo que le obligaría a ponerse a escribir los seis volúmenes de esta larga contienda cuyo último título, en 1953, sería el apropiado: Triunfo y tragedia.

La razón era sencilla. Sir Winston Churchill veía morir en sus manos el Imperio británico, con la independencia de la India, y avisaría, con voz premonitoria, que Rusia había dejado caer en la mitad de Europa una cortina de hierro, esa misma que hoy Putin trata de resucitar.

No solo escribía. También pintaba al óleo y a la acuarela y cazaba mariposas. Cuando muere, en un frío enero de 1965, su entierro no solo era una elegía hacia un hombre formidable, sino a la idea de una isla que se había afirmado a sí misma hasta ser un gran imperio, de Canadá a Australia, a través de todos los mares del mundo y que veía hundirse al más orgulloso y fiel de sus servidores, en las letras y las acciones. Con razón la reina Isabel II concedió a Churchill el primer funeral de Estado de jerarquía real brindado a un plebeyo. Un sepelio de guerrero, con bandas de música, salvas de cañón y aviones de combate rasantes de salutación.

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Febrero
24 / 2015

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