“Soy la lágrima más fácil de Colombia”, Gloria Zea

Gloria Zea falleció a los 83 años según revelaron sus familiares a través de Twitter. En Diners la recordamos con esta entrevista en su casona esquinera de la Merced. Conozca a la mujer que estuvo detrás Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Publicado originalmente en Revista Diners marzo de 2013

Llena de orgullo por su vida, coge el toro por los cuernos y responde a las preguntas que muchos le han querido hacer siempre. Divorciada del mayor pintor que tiene Colombia, protegida por un expresidente, atacada por otro, le atribuye su éxito a su tenacidad, aunque también a sus pestañas.

No se soporta un no como respuesta. Quizá por eso todavía está allí, al pie del cañón, esperando poder colgar las joyas que tiene su colección de arte en un museo ampliado. Nos recibe en su casona esquinera de la Merced, en el salón con la biblioteca de su padre, el exministro liberal Germán Zea.

El café, por supuesto, en fina porcelana azul rey. Pasa por todos los estados y, claro, llora. “Soy la lágrima más fácil de Colombia”, dice riendo. Al terminar, es indudable por qué nunca ha salido de la mira. Sabe que, para bien o para mal, ayudó a construir la historia del arte en Colombia.

 

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La gran gestora del arte y directora histórica del #MuseoDeArteModernoDeBogota la señor #GloriaZea falleció en la tarde de este 11 de marzo de 2019 por complicaciones respiratorias. 46 años frente a la direccion del museo, donde en el 2016 decide renunciar para dedicarse a la opera. En la noticia de @eltiempo rescatamos uno de los tantos logros que tuvo estando frente a la dirección del #MAMBO “Al frente del MamBo trajo exposiciones de artistas de la talla de Marc Chagall, Alexander Calder, Pablo Picasso, Andy Warhol, y la colección del Thyssen Bornemisza”. Gloria Zea: “Siempre he creído que el ser humano nace con las alas del águila, pegaditas al cuerpo, y que el proceso de la vida es ir desplegándolas, para averiguar qué tan lejos y qué tan alto puede uno volar”. #MuseoDeArteModernoDeBogota #Arte #QEPD #RIP #AmigosDelMAMBO #CUNarteModerno #Art #ArteyCultura

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¿Qué recuerdos tiene de su niñez?
Muchos y muy felices. Por eso adoro esta casa que mi papá construyó en 1945. El plan de los domingos era salir a caminar con él por el Parque Nacional, donde había vacas y uno tomaba leche recién ordeñada. También recuerdo que nunca me dejaron aprender a montar en bicicleta ni en patines porque “va y se cae la niña y se raspa la carita”, así que vine a aprender a montar en bicicleta ya anciana, pero nunca aprendí a frenar. Cuando veía venir un carro me botaba al piso.

¿Cómo era la relación con sus papás?
De mis padres aprendí que uno tiene que devolverle lo que le han dado y que uno no puede pasar por la vida impunemente. Con papá tuve una relación muy fuerte, pero de quien aprendí a trabajar fue de mamá, Beatriz Gutiérrez. La educación de una señora de ese entonces era limitada, pero ella tenía una inteligencia intuitiva enorme y trabajó toda la vida. Cuando papá fue ministro de Justicia, mamá se encargaba de las cárceles; cuando fue ministro de Educación, se encargaba de las residencias para los estudiantes. Y fue alcaldesa de Funza. Era una mujer maravillosa.

Pero hubo momentos duros en esa época…
Era la época de la violencia en Colombia y papá era uno de los más importantes dirigentes liberales. Le tocó exiliarse en Nueva York y vivimos allá hasta que se acabó el gobierno de Laureano Gómez. A papá le quitaron el pasaporte y no podía trabajar. Pasamos una época muy dura.

Pese al exilio, estar en Nueva York le debió abrir las puertas al mundo del arte…
Totalmente. Mi vida se formó en Nueva York. Primero en la universidad, donde estudié Arte y Literatura y luego cuando me separé de Fernando (Botero) me regresé a vivir allá y me volví a casar con Andrés Uribe Campuzano.


Gloria Zea. Foto: César Jiménez/ Wikimedia Commons/ (CC BY 2.0).


¿Cómo conoció a Fernando Botero?
Por la Universidad de los Andes. En unas vacaciones vine a Bogotá y llegó a mi casa Alberto Lleras Camargo, que era el rector y me dijo que la universidad la habían hecho para que personas como yo no se tuvieran que ir. Al día siguiente fui y resolví quedarme. Mis profesores fueron Marta Traba y Fernando Botero, que fue mi profesor de pintura. Nos enamoramos locamente. Fernando y yo nos hacíamos en un rincón y él me daba la clase a mí, a los demás ni los volteaba a mirar. Lo acusaron ante el rector y lo echaron de la universidad, entonces resolvimos casarnos.

¿Cuántos años estuvieron casados?
Siete años.

¿Y qué acabó ese amor?
Éramos dos bebés y ambos teníamos la necesidad de encontrar nuestro propio camino. Siempre he dicho que los seres humanos somos como águilas que nacemos con las alas entumidas y el proceso de la vida es irlas desplegando.

¿Y hoy mantienen algún tipo de relación?
Tenemos tres hijos y siete nietos que son otra bendición del cielo y eso nos unirá toda la vida.

Usted vivió en medio de una generación de artistas que fueron los precursores del arte moderno en Colombia, ¿cómo se conocieron? 
Cada uno es una historia. Alejandro Obregón, por ejemplo, llegaba todos los días a una casita que teníamos en Teusaquillo a las seis de la tarde. Se sentaba frente a la chimenea, se tomaba veinte whiskies y hablaba durante horas con gestos… Era una persona de pocas palabras. Eduardo Ramírez Villamizar tenía un apartamentico en La Perseverancia, aséptico como él, pero con dos o tres toques de cualquier cosa. Nadie tenía un peso, todos éramos unos muertos de hambre.

¿Édgar Negret?
Mi amistad con Negret fue inmensamente grande cuando yo vivía en Nueva York, ya separada de Fernando. Papá era embajador en Naciones Unidas, pero resolví que quería tener mi propio espacio para vivir con mis tres hijos. Me pasé a un apartamento donde solo teníamos camas y Édgar Negret se iba a las seis de la mañana a recorrer la ciudad buscando los muebles que tiraba la gente. Así arreglamos el apartamento.

¿Carlos Rojas?
El más divino del mundo entero…, me arreglaba mis casas, colgaba los cuadros de las exposiciones del Museo… pero antes llegaba y me pegaba un regaño.

Marta Traba…
Fue mi profesora y por razones que nunca lograré entender, un día me puso a hacer un programa de televisión de los que ella hacía. Después, cuando regresé a Colombia, me invitó un día a almorzar al Hotel Continental a contarme que se iba a vivir fuera de Colombia y que yo era la nueva directora del Museo de Arte Moderno. En una cajita de cartón me entregó los estatutos, los catálogos y los papeles.

Su primera exposición fue memorable…
Montamos una exposición de Alexander Calder que había conseguido por mis vínculos con el MoMA y que traje financiada por mi marido Andrés Uribe. La acompañé de un Picasso y un Chagall, para que la gente fuera. ¡A Calder no lo conocía nadie!

Es curioso que dos de sus curadores, Eduardo Serrano y Álvaro Medina, fueron, antes del cargo, absolutamente críticos con el Museo, ¿cómo los convenció de acompañarla?
Tanto Eduardo como Álvaro Medina eran demoledores en sus críticas en la prensa.Cuando yo estaba en Colcultura, Juan Gustavo Cobo me dijo que había un libro muy bueno de Álvaro Medina y yo le dije, ¿él es el que me insulta todos los días? Me dijo que “sí” y le dije “publiquémoslo”. Le hicimos el libro a Álvaro y luego fue mi curador.

Es la misma teoría de gobernar con los rivales y con los críticos…
Mi situación era muy difícil porque yo era una niñita bonita, de buena sociedad, casada con un hombre muy rico, entonces decían que yo era una vieja lambona y metida. A mí me costó sangre demostrar que era seria y que a mí nadie me manejaba por detrás. Que todo lo hacía yo.

La han tildado de elitista, vanidosa, narcisista, comunista, ¿cuál ha sido el calificativo que más le ha dolido?
Mentiría si les dijera que no me han dolido. Me han dolido todos, aunque uno con la vida va desarrollando piel de elefante. Me han dicho de todo, hasta P.U.T.A., que es injusto porque lo único que no he hecho por el Museo es prostituirme en la carrera Séptima. ¿Vanidosa? Tienen toda la razón, porque todavía soy la más vanidosa del mundo. Para una mujer serlo es un acto de respeto. Un día, cuando estaba en el colegio, llegué a la casa y le dije a papá que en el colegio me habían dicho que yo era una tal por cual y no sé qué cosas más. Entonces él, con toda la seriedad, me preguntó, ¿y eso es cierto, mijita? Le respondí que claro que no y me dijo “a ti qué te importa; si no es cierto se aclarará que no es verdad”. Esa fue una lección.

Alrededor de la historia del Museo y de la suya, que obviamente están unidas, se han creado un millón de mitos que no sabemos si son reales, pero hay unos hasta divertidos. Por ejemplo, siempre se ha dicho que usted llevaba los tapetes persas a secar en las salas del Museo, ¿eso es cierto?
Mentiras, mentiras… No se necesita porque los tapetes persas se lavan y se quedan ahí mismo, eso no es verdad.

Decían también que usted se traía los cuadros del Museo para decorar sus cenas…
¿Ustedes creen? Miren mi casa y me dirán si es necesario que yo me traiga algún cuadro. No me cabe un alfiler. Eso es falso totalmente. Nunca en la vida salió un cuadro del Museo, ni de la colección.

¿Es verdad que en la exposición de Rodin, que vino del museo Soumaya, por un descuido se le rompió un dedo a un Cupido?
Pero no fue a nosotros, fue al curador del Soumaya.

Se decía también que había pignorado la colección…
Muchas veces, claro, pues ¿cómo respaldaba los préstamos? ¡Con cuadros! Siempre han dicho que yo he vendido los cuadros y ahí están todos. Tuvimos épocas de una dureza como no se pueden imaginar, por ejemplo cuando Ernesto Samper y su combo me quitaron el presupuesto. En la junta directiva decían “vendamos” y yo nunca lo permití. Un día en que el pasivo del Museo estaba altísimo y la situación era dantesca, determinaron que había que vender el Botero (La Virgen de Fátima), que naturalmente era el más costoso. Entonces el presidente Belisario Betancur le pidió cita a José Darío Uribe para mí. Yo llegué, les juro que esto es verdad, me senté, me puse a llorar, no le dije nada, me paré y me fui. Nunca vendimos La Virgen de Fátima, ahí está colgada.

¿Quién cree usted que ha creado toda esta mitología alrededor suyo?
¡Pues Gloria Zea, mi amor! Nadie se explica, ni yo misma, el coraje, el valor, la tenacidad y la constancia que yo he tenido a lo largo de 44 años. Muchos habrían tirado la toalla mucho antes.

¿Qué representa para usted Belisario Betancur?
Él ha sido el Cid Campeador porque me ha defendido como nadie. Es como el Llanero Solitario o Batman defendiéndome a mí y al Museo. Lo idolatro y es uno de los grandes benefactores de esta institución.

Sin desconocer el valor de la historia del MamBo, hay quienes piensan que perdió ese lugar preponderante que tenía en el arte en Colombia, al ser reemplazado por otras instituciones y galerías, ¿qué opina? 
Yo no creo que eso haya sido así. Si miran la cronología, en todo momento el Museo ha estado haciendo exposiciones líderes y de vanguardia. Lo que pasa es que cuando yo empecé no había nadie más. Entonces comenzó la competencia. Y tiene mucho que ver con la situación económica. Hoy en día, por fin yo ya cuento con un aporte anual fijo del Ministerio de Cultura y de la Alcaldía, pero eso no fue así durante años.

Precisamente por esos recursos aportados por el distrito y la nación ha habido funcionarios que han sido muy críticos de su gestión, entre ellos Martha Senn o Consuelo Araújo-Noguera, ¿qué dice al respecto? 
Ambas, literalmente, me quitaron los presupuestos. Yo me había matado consiguiendo cien millones de pesos en el Concejo para la Ópera y apenas llegó Marthica Senn, tan adorable, me los quitó. Esa no se la perdono. Y “La Cacica” me quitó todo el presupuesto, todo. Porque quería hacer más festival vallenato. Hoy entre la nación y el distrito me dan 300 millones cada uno y el Museo cuesta 2.000. ¿Es importante en el siglo XXI tener una entidad que recoja, estudie, catalogue, proyecte y muestre el arte en Colombia? Lo que pasa es que uno se crea unos enemigos por destacarse.

Pero es sintomático que muchos profesores de arte digan que para sus estudiantes el Museo de Arte Moderno ya no es un referente. Sobre todo teniendo en cuenta que allí se formaron en la Escuela de Guías, cuya jefe era Beatriz González, artistas como Doris Salcedo, Juan Fernando Herrán, Daniel Castro o José Roca, que hoy son figuras. 
Yo no puedo estar de acuerdo con eso. El público del Museo son los estudiantes. Me parece espléndido que hoy haya más instituciones, pero eso no significa que la tarea que hace el Museo no sea significativa. Claro, Beatriz González fue extraordinaria cuando creó el Departamento de Educación, pero es que no había nadie más en la ciudad ni en el país que lo hiciera.

¿Se arrepiente de haber hecho la exposición de las Barbies?
Ay, ¡claro que no! Eso es la cosa más ridícula del mundo entero. Fue un escándalo porque la señora Ana María Lozano (curadora en ese entonces) se dedicó a convertirlo en eso. El Guggenheim hizo las exposiciones más extraordinarias con las Harley Davidson o con Giorgio Armani porque todas las entidades tienen que buscar recursos comerciales y es lícito hacerlo.

¿Pero al punto de poner sobre las paredes del Museo “la obra de Ofelia Rodríguez está en venta”, como hace unos años durante una exposición? ¿Ella había alquilado el Museo?
Jamás nadie ha alquilado el Museo. En muchas de las exposiciones que ha hecho el Museo la obra está para la venta, pero el MamBO no las vende. Jamás hemos vendido obras.

¿Cuál cree usted que es el legado del Museo de Arte Moderno de Bogotá para la historia del arte del país?
Yo creo que el museo abrió las puertas al arte moderno en Colombia y si hoy en día hay un número de instituciones que trabajan por el arte en el país y esa cantidad infinita de estudiantes y de alumnos es precisamente por la tarea que ha desarrollado el Museo.

¿Se siente responsable del reconocimiento que el arte colombiano tiene hoy en el exterior?
Sí me siento responsable. Y profundamente orgullosa.

Pese a sus muchos logros, su vida no ha sido color de rosa, ¿cuál ha sido el momento más difícil que ha tenido que enfrentar?
El día en que supe que mi hijo Juan Carlos Botero tenía cáncer.

¿Cómo fue esa época del proceso 8.000 con su hijo Fernando involucrado? 
Fueron tres años durísimos y temí por la vida de mi hijo. Pero estuvimos unidos totalmente como familia. Considero que lo que él hizo fue valientísimo: atreverse a decir la verdad con un gobierno en contra. El país sabe muy bien hoy en día qué fue lo que pasó.

¿De esos días qué lección le quedó? ¿Resentimientos?
Mi hijo Fernando, que es un ser excepcional, me enseñó hace rato una frase que se convirtió en mi lema y es que “el rencor es un veneno que se toma uno esperando a que se muera el otro”. Yo no le tengo rencor a nadie ni a nada. Un poquito a Ernesto Samper, pero ni siquiera.

¿Qué quisiera decirle a Giancarlo Mazzanti, creador del Parque del Bicentenario?
Que logró lo que nadie jamás imaginó que un ser humano lograra hacer: sepultar el Parque de la Independencia para lograr que no se viera detrás de una mole de concreto. Se necesita tener un ego desmesurado para haber querido sepultar la obra de Rogelio Salmona y del Parque de la Independencia, dos de los más grandes orgullos de nuestro país.

¿Qué le falta por hacer?
¡Un edificio de 30.000 metros cuadrados! Esa es mi obsesión, esa es mi pesadilla, eso es lo que me falta por hacer. Yo no puedo seguir con 4.500 obras guardadas. Me falta construir el edificio que Rogelio Salmona y yo soñamos. Tenemos sus planos y tengo el 60 por ciento de la plata.

¿Qué lamenta no haber hecho?
Lo único que yo lamento en mi vida es no haber tenido más hijos. De resto nada.

¿A qué le tiene miedo?
No les digo que a la vejez porque me importa un pepino. Además me invento teorías, como que todo el mundo envejece al tiempo con uno.

A la muerte, ¿le tiene miedo?
No especialmente. Yo estoy en paz conmigo misma. Pienso que me he mirado al espejo todos los días y que no me da vergüenza lo que veo.

Para terminar les digo una cosa: nadie es moneda de oro para caerle bien a todo el mundo. Uno sin querer, o de repente con culpa también, produce envidias, enemistades, celos. Nadie está de acuerdo con todo, pero yo me siento muy orgullosa de lo que he hecho y de lo que es el Museo de Arte Moderno. No lo he hecho sola. He tenido el privilegio de liderar el esfuerzo, el trabajo y la voluntad de un grupo de seres excepcionales que han dado lo mejor de sí para hacer el Museo. Entonces si no somos referentes pues ¿qué hacemos? Too bad.

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