Noviembre de 1985: La toma y retoma del Palacio de Justicia

A 33 años del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero que sacudieron al país con solo unos días de diferencia. Aquí recordamos la toma y retoma del Palacio.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 189, diciembre de 1985.

La opinión pública aún no se recupera del impacto causado por las sucesivas tragedias del Palacio de Justicia y el nevado del Ruiz.

Cada una de características diferentes, ambas igualmente perturbadoras del alma colectiva, la del Palacio tiene, sin embargo, particulares implicaciones sobre las cuales la reflexión, el análisis  y la claridad resultan definitivas.

La idea que tiene la gente, común y sencilla, en la calle, es que la matanza hubiera podido ser evitada; el presidente Reagan, uno de los duros en esto de la lucha contra el terrorismo, ha impuesto como regla de oro en sus actuaciones para estos casos la de no escatimar ningún esfuerzo por salvar, antes de precipitar la decisión final, toda  vida norteamericana en peligro.

Que suelten primero a las mujeres, que también suelten a los niños, que ahora liberen a los ancianos, a los enfermos del corazón, que nada tienen que ver con el asunto los clérigos, en fin, una programada serie de regateos humanitarios que a lo mejor habría funcionado en el caso de la toma del Palacio si la decisión no hubiera sido, desde el principio hasta el final, la de convertir el malhadado edificio en zona de fuego como cualquier rincón del Caquetá.

El otro punto se refiere al aspecto de la rendición misma; en circunstancias como las que se vivieron en el bunker de la justicia, la rendición no podía ser, como en las películas de vaqueros, con una banderita blanca, levantada tímidamente en el cuarto piso, en medio del fuego y la penumbra.

Se necesitaba una estrategia de rendición y hasta un aparato que la hiciera posible; por eso fracasó el intenso aislado de mediación del socorrista Martínez y la tarea mediadora del Magistrado Arciniegas; pensar en rendición sin parar siquiera el fuego, tal y como lo solicitaba con vehemencia el presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía, era tanto como aspirar a tocar un concierto de violín en la mitad de un festival de música salsa.

El manejo de la toma del Palacio, como el de la catástrofe de Armero, han probado, además, que la tragedia, en Colombia, sobrevive al tratar de manejar la tragedia misma.

En Estados Unidos, por ejemplo, deben existir expertos en tomas de palacios que han trabajado todas sus vidas diseñando programas de emergencia para casos similares que se ponen en marcha, como relojes suizos, al sucederse la eventualidad prevista; o vulcanólogos, como los que vinieron a Colombia a advertirnos de los peligros del Ruiz, que predicen con matemática fidelidad no solamente lo que puede ocurrir sino también lo que deba hacerse cuando ocurra.

Nosotros no estábamos preparados ni para lo uno ni para lo otro: la seguridad del Palacio fue retirada unos días antes de la tragedia, los distintos cuerpos oficiales que participaron en la operación no se coordinaban entre ellos, lo de Armero se convirtió en una tragedia largamente anunciada y la operación rescate fue todavía más trágica.

Hoy, después de varios meses, lo único que queda claro de la toma del Palacio son unos deudos dolientes, unos cuantos desaparecidos, unas costosas ruinas, un fantasma, el de la justicia, que se queja todos los miércoles de las heridas que todavía no se le han cerrado, y la tumba entreabierta del general Santander, entreabierta de tanto rebullirse al recordar la inolvidable imagen del tanque cascabel entrado, a sangre y fuego, bajo el dintel del Palacio donde alguien quiso honrar su memoria escribiendo aquello de que si las armas nos habían dado la Independencia, las leyes nos darían la libertad. ¿Cuáles armas? ¿Cuáles leyes?

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