27 años después de la caída del Muro de Berlín

La calle Bernauer Strabe, lugar por donde el Muro pasó dicvidiendo y dejando sus ruinas, 1978
Un famoso ritual es pegar chicles en los restos del antiguo Muro, al fondo una nueva y moderna Berlín.
La puerta de Brandeburgo en Berlín vista a través de la barrera, en 1968.
Una familia en Alemania del este corre a inmigrar antes de ser separados, 1961.
El choque que significó para una generación descubrir que del otro lado el pasto era más verde, lo sienten hoy sus habitantes que ven el vertiginoso cambio que vive la ciudad. Cruce de épocas.

El primer encuentro con el nuevo mundo que los esperaba del otro lado del Muro que acababan de derribar fue un choque sensorial. “Nunca antes en mi vida había visto tantos colores juntos”, recuerda Annika D., que entonces tenía once años. Con su familia, proveniente de Berlin oriental, visitó la parte occidental poco después de la caída del Muro. “Los olores en el aire eran deliciosos: café y chocolate. Y en la calle se podía comprar todo tipo de cosas de comer: salchichas, papas a la francesa, galletas. La oferta de alimentos era increíble, ¡y todo olía tan bien!”. Otra berlinesa del este cuenta: “Podría jurar que el pasto era más verde del otro lado”.

El asombro de los sentidos no solo corrió por cuenta de los habitantes del este de Berlín. Los que venían del lado occidental –del mercado libre, de las mil marcas de salsa de tomate y los carros estadounidenses– describen su primer encuentro con Berlín oriental como un viaje al pasado. “Yo solo había visto algo así en las películas que muestran la ciudad destruida, después de la guerra”, dice Karsten W. quien en esa época era un adolescente. “Todas las fachadas de las casas parecían cubiertas de hollín, y en todas partes había un olor intenso a humo”: el olor proveniente de los hornos de carbón que servían como calefacción durante el invierno. Según Frank B., un exdiplomático de la República Federal que visitó el este varias veces antes de que cayera el Muro, ya que los carros socialistas –los célebres “Trabis”– no solían tener catalizador, “el olor a gasolina era insoportable”.

Lo que para muchos no era más que un retrato gris y maloliente, para otros, millones de alemanes del este, era su hogar y la capital de su mundo, la República Democrática Alemana. La caída del Muro de Berlín, ocurrida hace 26 años, marcó también el derrumbe de aquel mundo

El Muro de Berlín fue construido en la noche del 12 agosto de 1961: el Gobierno de la República Democrática, harto de que miles de sus ciudadanos se fugaran cada año hacia el país de los vecinos capitalistas, resolvió poner fin al contacto entre los dos lados de la ciudad.

Nadie tiene la intención de erigir un muro!”, había dicho el presidente de Alemania Oriental, Walter Ulbricht, a mediados de 1961. Dos meses después, Berlín estaba dividida por una pared de aproximadamente 160 kilómetros de longitud, que durante casi treinta años separó a familias enteras, les costó la vida a cientos de personas e hizo palpable la brecha infinita entre las ideologías que imperaban de un lado y del otro.

El Muro cayó el 9 de noviembre de 1989. Lo derrumbaron los berlineses orientales, sedientos de mundo. En 1986, el gobierno de Moscú había iniciado la perestroika: la fracasada renovación del socialismo. Poco después, los sindicalistas polacos empezaron a protestar contra el régimen en su país y Hungría decidió abrir su frontera hacia Austria: hacia Occidente. En el verano de 1989, la hora había llegado para los alemanes del este. Miles huían a través de la frontera húngara, otros ocupaban la embajada de Alemania Occidental en Praga. En casa, en ciudades como Dresde, Leipzig o Berlín, las manifestaciones contra el gobierno socialista congregaban a cientos y cientos de personas nuevas cada semana.

Los manifestantes exigían reformas en el sistema económico, el fin del totalitarismo, poder viajar. Nadie, o casi nadie, aspiraba a la desaparición de su país. Pero cuando en la noche del 9 de noviembre de 1989, un funcionario alarmado anunció que la República Democrática anulaba las restricciones fronterizas entre las dos Alemanias, lo que siguió fue justamente eso. Mientras los berlineses desmontaban jubilosos el Muro y cruzaban de un lado a otro de la ciudad, encontrando a su paso imágenes y olores completamente distintos de los que conocían, muy pocos sospechaban que eran testigos, además, del deceso vertiginoso de todo un mundo. Menos de un año después, cuando los dos países se reunificaron el 3 de octubre de 1990, la Alemania socialista desaparecería para siempre de los mapas. Poco después la seguiría toda la Unión Soviética.

*

Sin importar lo que uno opine sobre la rectitud o la depravación implícitas al sueño socialista, el carácter deprimente de la antigua Berlín oriental es esencial al recuerdo de los que conocieron la ciudad antes de la caída del Muro y en los años inmediatamente posteriores a esta.

A finales de los cincuenta, Gabriel García Márquez viajó con un par de amigos a los países ocultos tras la llamada “Cortina de hierro”. La historia de ese viaje la relata en un librito maravilloso titulado De viaje por los países socialistas. Sobre su entrada a Berlín oriental, García Márquez escribe: “El cambio se nota. Y es brutal. Entramos directamente a la Unter den Linden, la gran avenida bajo los tilos, considerada en otra época como una de las más hermosas del mundo. Ahora solo quedan troncos de columnas ahumadas, portales en el vacío, cimientos cuarteados por el musgo y la hierba. Ni un solo metro cuadrado ha sido reconstruido”.

Décadas después, las cosas no habían cambiado mucho. El exdiplomático Frank B. cuenta que aun en los meses anteriores a la caída del Muro, “en el centro de Berlín del este los edificios socialistas, gigantescos bloques de apartamentos, se alternaban con edificios antiguos mal renovados. En medio de ambos no había muchas veces más que terrenos en ruinas”. ¿Y cuál era su sensación cada vez que abandonaba Berlín oriental? “Alivio”, dice sin pensarlo dos veces. Hoy, para la gran mayoría de los entusiasmados visitantes de Berlín, esa respuesta resultaría incomprensible.

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Quien haya conocido a Berlín oriental tras el Muro o en los primeros años después de la reunificación, y visite la ciudad ahora, no reconocerá lo que ve. De las dos Berlines (que sobreviven en el idioma de sus habitantes: aún hoy todos decimos “este domingo vamos a desayunar a Westberlin” o “ese cine queda en Ostberlin”), el lado oriental es el más vital, el más dinámico, probablemente el más colorido. Y también es el más entregado a los placeres y los malestares del consumismo global.

En los barrios más centrales y populares del este –Mitte, Prenzlauer Berg o Friedrichshain– han quedado atrás las fachadas sucias, la apacibilidad casi irreal de las calles y las jóvenes madres socialistas con sus coches de bebé elementales y sus vestidos anticuados en los desganados tonos tierra del socialismo europeo.

Un caso muy representativo es la “Kastanienallee”, una calle famosa que conecta a Mitte con Prenzlauer Berg. Matthias M. vivió allí con su familia durante los ochenta. Recibieron del Estado un apartamento de dos cuartos y sin renovar, “solo porque mi esposa estaba embarazada y era imposible seguir viviendo separados en residencias estudiantiles. El baño, apenas un lavamanos y el inodoro, quedaba afuera, en un cuarto diminuto a un lado de las escaleras del edificio, que todavía en esa época se encontraba prácticamente en ruinas”. Cada vez que visita Berlín, visita también su antigua calle. “Casi no puedo creer que se trate del mismo lugar”, dice.

La “Kastanienallee”, que ha sido rebautizada por muchos berlineses adoptivos como “Casting-Allee”, es hoy una larga hilera de tiendas de ropa alternativa con nombres en inglés en tipografía minimalista, tiendas de discos de vinilo y cafés con muebles vintage, donde todos los días se puede ver, tras sus esbeltos MacBooks, a los berlineses y los turistas más cool y más atractivos del planeta. Una escuela de idiomas anuncia sus cursos con avisos gigantescos en el lenguaje de la publicidad, y el único edificio sin renovar es una “casa ocupa” a poca distancia de una reluciente tienda de comida bío, sobre cuya fachada brilla, en letras inmensas de colores, la frase “Kapitalismus tötet”: “el capitalismo mata”. No es muy claro si esas palabras, en esta calle, son un reproche o una ironía.

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Gracias a la resurrección de los barrios orientales tras la caída del Muro (y también de barrios occidentales como Kreuzberg y Neukölln), Berlín es hoy una de las ciudades más populares del mundo. Nada tiene que envidiarles a Londres, Nueva York o Barcelona. Los precios de la vivienda y la comida son bajos en comparación con los de aquellas ciudades, lo cual atrae a cientos de personas que cada mes se establecen en Berlín. La ciudad posee una vitalidad poderosa, reunida durante más de cuarenta años de aislamiento.

Pero el renacimiento berlinés sucede a toda velocidad y también trae consigo turbación. Muchos berlineses ven en las oleadas de turistas y nuevos habitantes una amenaza; los arriendos se encarecen, en cada esquina de Mitte surgen nuevos edificios de apartamentos a precios descarados, las cafeterías antiguas y las tiendas de barrio dan paso a almacenes de muebles de diseño, hostales y restaurantes que, en opinión de muchos, están haciendo a Berlín irreconocible. En una ciudad con una alta tasa de desempleo (actualmente: algo más de 11 %), que se concentra en los barrios de los antiguos bloques socialistas en la periferia oriental, algunos berlineses sienten que, a 26 años de la caída del Muro, aún no pueden acceder a los deleites que la reunificación alemana les prometió.

Berlín tiene dos retos: consolidar su carácter como nueva gran capital europea, y preservar al mismo tiempo su energía y calidad de vida, así como su temperamento igualitario y antiautoritario. Solo así podrá seguir siendo lo que todos los berlineses –de un lado y del otro, los antiguos y los recién llegados– piensan que es: la ciudad más fascinante del mundo.

El cambio se nota. Y es brutal. Entramos a la gran avenida bajo los tilos, considerada como una de las más hermosas del mundo. Ahora solo quedan troncos de columnas ahumadas, portales en el vacío, cimientos cuarteados por el musgo y la hierba. Ni un solo metro cuadrado ha sido reconstruido. Gabriel García Márquez al ingresar a Berlín del este.

Publicado originalmente en noviembre de 2014

Sobre el Autor

Escribe desde Berlín para medios alemanes y colombianos.

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