Una cena para hablar de la belleza

“Mi mamá era muy amiga del pintor Luis Caballero, por eso un día en el colegio pinté un pipí enorme con crayola, que era lo más normal para mí, y casi me expulsan. A ella después le tocó ir a explicar que eso era belleza también”. Alejandro Cúellar.
Para las personas cultas se supone que lo narco es algo de mal gusto. Pero este gusto se ha ido colando en los círculos más aristocráticos. Su estética consiste en la abundancia, las grandes tetas..., las cosas grandes”. Armando Silva.
Juan Felipe Mora, Armando Silva, Adriana Convers "Fat Pandora", Ana María Devis y Luis Fernando Orduz.
Este mes le dedicamos una cena a hablar sobre uno de los temas que más nos conmueve: la belleza.
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De santo tomás al selfie, una pequeña introducción coral

Aun conservábamos en el paladar la sorpresa de las semillas de curuba y la caléndula en medio del atún del tartare que se nos sirvió de pie, mientras nos saludábamos para comenzar. El chef Alejandro Cuéllar entraba y salía de la cocina preparando los demás platos sin dejar de escuchar atentamente cómo se iba entrando al tema que nos reunía. Aprovechó que nos acomodábamos en la mesa para hacer una pregunta que prometía una sabrosa introducción de la mano del filósofo Armando Silva.

–Armando, ¿tú crees que el arte siempre buscó la belleza? Yo, la verdad, no creo.

A ver… El arte, como lo definió Santo Tomás, es el esplendor de la hermosura. Aristóteles buscaba la belleza en un sentido muy teatral, en el impacto de la catarsis. Luego, en el romanticismo, se busca específicamente la belleza en la obra, en el objeto. Pero llegó el siglo XX y el arte deja de buscar la belleza en el objeto para buscarla en el sujeto. La belleza se traslada. Esa es la gran revolución estética del siglo XX. Es decir, por ejemplo, que la luna de por sí no es bella, soy yo quien la ve bella.

–Es interesante lo que propones Armando –agregó el psicólogo Luis Fernando Orduz–, sobre todo para los fotógrafos y el cambio que esto implicó en las formas de mirar. Basta ver el close-up. Si algo han generado los medios de comunicación es la mirada muy de cerca. Hay una fascinación en introducir la cámara muy dentro de la intimidad de los personajes. No sé si la palabra sea “belleza”, pero sí hay esa fascinación por la intimidad. Esos planos tan cercanos pueden mostrar desde la reflexión subjetiva hasta el porno más barato. Recuerdo la caída de las Torres Gemelas y la atracción que produjo ver a las personas que se lanzaban. Esto también tiene mucho que ver con la práctica del psicoanálisis. La fascinación por las historias de la intimidad de los pacientes.

-Ustedes hablan del close-up. Yo apelaría a la fascinación por la honestidad de la gente, agrega el cirujano plástico Luis Felipe Mora, cambiando un poco el punto de vista. En el ejercicio de mi profesión he encontrado un concepto apasionante: la compasión. Ahora es mi palabra predilecta pues es sencillamente ponerse en los zapatos del otro.

Parece que una obsesión de la actualidad muy cercana a la del close-up es la del selfie, pienso mientras los oigo a todos. La obsesión por exponer la vida privada constantemente en las redes sociales.

El ingeniero Andrés Sandoval tercia también mientras recibimos una deliciosa crema de trufa blanca coloreada a lo Jackson Pollock con las especias.

-Que las adolescentes se hagan sus selfies en los que tratan de salir feas haciendo muecas de todo tipo parece una tendencia. Y no puedo evitar preguntarme por qué quieren verse feas en la foto. Ninguna ha sido capaz de explicármelo todavía.

–Creo que la mueca es una reafirmación de la identidad frente al estereotipo –propone Luis Fernando.

–O tal vez es otro estereotipo –replica Sandoval.

–Yo le he preguntado a mi hija –agrega la artista plástica Ana María Devis– y ella me ha dado a entender que la mueca es para protegerse de la burla por ser convencional.

El plato fuerte: otros tipos de belleza, de lo funerario sublime a lo incómodo

La brevedad de la deliciosa ensalada (de pensamientos, aguacate y langostinos con pesto de queso paipa) al parecer le recordó al filósofo Silva la brevedad de la vida. Armando le contó a los invitados la visita que le hizo a una amiga suya, enferma terminal, en dónde tuvo contacto con un tipo de belleza que puede ser vista con cierto recelo.

–Charlamos largo rato hasta que la vi más animada. Al final le dije, “¿sabes una cosa? Estás bella”, tenía esa belleza que solo se encuentra en presencia de la muerte, cuando se la observa desde la vida.

Luego de esto llegaron a un tiempo (por cortesía del acuciante cocinero) plato fuerte y controversia.

–Bueno, ¿pero no se supone que belleza es cualquier cosa que al ser observada genera en el observador un sentimiento positivo físico, intelectual o espiritual? -objetó Alejandro. La muerte no es bella, aunque puede que llegue al alma. Un muerto nunca va a ser “lindo” porque, a menos de que esté bien maquillado, a las pocas horas se ve mal, huele mal.

-Puede que el asunto no sea tan sencillo, Alejandro –agregó Dominique. Cuando Armando empezó a hablar sobre su experiencia con la señora desahuciada, a mí se me vino una imagen de inmediato: el instante mismo en que murió mi mamá. Recobró la belleza que había perdido. Había estado en cuidados intensivos y su final fue muy duro, pero en el instante de la muerte volvió la paz y la belleza. No la había visto así de bella desde hacía muchísimos años.

–Yo creo que todo lo que ustedes acaban de contar pone de manifiesto el concepto de “lo sublime” –concluyó el filósofo–. Esto tiene que ver con experiencias no verbalizables, trascendentes, siendo la muerte la más real e incomprensible y por eso la más importante para el ser humano.

Terminaba de hablar Armando y el plato fuerte quedó servido: Pez a fresca en consomé de clorofila y sauco y la posibilidad de una belleza diferente en la conversación.

–Cuando niña, un día que me llevaron a cine, descubrí que para mí la belleza era Cruella de Vil –contó la periodista Adriana Convers, más conocida como Fat Pandora–. Tal vez fueron los vestidos. Me gusta la belleza que causa algo de incomodidad. Tiene todo que ver con una frase de Baudelaire que me encanta: “Lo feo puede ser bello, pero lo bonito jamás”.

–¡Yo les tengo una anécdota también! –Alejandro Cuéllar aportaba también su cuento–. Mi mamá era muy aficionada al arte y uno de sus mejores amigos era Luis Caballero. El pintor le quitó un novio a mi mamá y por remordimiento después le regaló cuatrocientas cincuenta fotos, fotos que andaban por toda la casa. De modo que desde que yo tenía tres años, para mí lo lindo era el pipí de un tipo gritando o haciendo muecas. Para mí eso era normal. Resulta que en el colegio para un día de la madre nos pidieron que pintáramos algo que les gustara a nuestras mamás. Yo pinté un pipí enorme con crayola y casi me expulsan del colegio. A mi mamá después le tocó ir a explicar que eso era belleza también.

A mí en cambio me parece muy difícil explicar la belleza –se quejó finalmente Gloria Saldarriaga, experta en moda y arte contemporáneo–. Yo, por ejemplo, le decía a mi mamá cuando se iba a “pasiar a mayami”: “Mami, todo lo que te parezca horroroso y estrafalario, eso me lo comprás que eso a mí me parece divino”. ¡Es tan difícil definir qué es la belleza o la fealdad!

La definición que Gloria dio de belleza, contrario a lo que ella piensa, fue muy elocuente y sin duda un perfecto preámbulo para el postre que llegó en seguida.

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