¿Qué fue la “Tregua de Navidad”?

En las navidades de 1914, en plena Primera Guerra Mundial, soldados de Francia y Alemania dejaron de lado los fusiles y celebraron en paz.

Una imagen a blanco y negro congela a un grupo de cuatro o cinco soldados en pleno salto en el aire en el momento de disputar con la cabeza la posesión de un deshilachado balón. En la parte de atrás se ve a sus compañeros en un paisaje desértico, esperando con los brazos abiertos y las rodillas un poco flexionadas el desenlace de la acción. Pues bien, la fotografía forma parte de una de las jornadas más cargadas de simbolismo que se hayan vivido en conflicto armado alguno. En este caso uno de los más descarnados que haya vivido la humanidad: la Primera Guerra Mundial.

Los sucesos del 24 y 25 de diciembre de 1914 deberían ser siempre recordados como las fechas en que tropas enemigas dejaron la crudeza de las trincheras y los alambres de púas por unas pocas horas de fraternidad y cordura. Un balón sirvió como símbolo de unión.

La historia del partido ha sido reconstruida por pedazos. Se sabe, a través de los testimonios de supervivientes, cartas, algunas pocas fotografías y archivos de periódico (el Daily Mirror publicó al día siguiente una foto de soldados ingleses posando con los alemanes), que en realidad no hubo un solo partido, sino varios, a lo largo de un buen trecho del frente occidental. Así pues, hay testimonio de que oficiales escoceses cayeron a manos de los germanos por 3 goles contra 2. Y en una carta publicada en enero de 1915 en el Times de Londres un médico adjunto de la Brigada de Rifleros británicos informaba que “Ellos y nosotros jugamos un partido frente a la trinchera”.

Al mismo hilo, los franceses han querido formar parte de esta historia que, a través del cine y la literatura, ha entrado a formar parte del imaginario colectivo europeo. El cineasta francés Christian Carion, director de la película sobre la tregua Joyeux Noël, se fue hasta el archivo de Vincennes, no muy lejos de París, donde encontró documentos de los servicios secretos franceses, que se habían encargado de censurar cualquier información que hiciera eco de los hechos, a diferencia de los diarios ingleses y alemanes donde se encuentran crónicas de aquellos días. En todo caso han ido saliendo testimonios. Como el de que los soldados galos ovacionaron a un barítono bávaro que los complació con un improvisado recital.

La UEFA, en cabeza de su presidente Michel Platini, ha anunciado que se levantará un monumento y se conmemorará la fecha en el mismo sitio de la batalla el próximo diciembre. Se podría seguir con el manido tópico de que el fútbol, al igual que la política, es la continuación de la guerra por otros medios.

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La historia

Fueron dos días anormales. Anormales en una guerra que se libró desde unas trincheras donde las condiciones eran tan inhumanas que el promedio de vida de los soldados era de seis meses. Esa gélida nochebuena de 1914, los soldados aliados empezaron a divisar pequeñas luces a lo largo del frente de guerra alemán. Lo que presagiaba el reinicio del ataque alemán no era más que una señal de concordia: por orden del Káiser Guillermo II las tropas alemanas habían sido obsequiadas con raciones extra de tabaco, salchichas y miles de abetos y lucecitas de navidad para subir la moral de sus hombres y celebrar las festividades. El murmullo de los villancicos, el sonido de las harmónicas y gaitas reemplazó inmediatamente el estruendo de los obuses y el silbido mortal de los proyectiles. El Sub Cabo Henderson, de la Brigada de ingenieros Reales le escribió a sus familiares: “El día de navidad el encargado de guardia nos despertó de nuestro pacífico sueño a las 4.30am, se nos dio la orden de levantarnos y vestirnos. Marchamos entre cinco y diez minutos, y llegamos a la línea de fuego, donde nos percatamos de que no había disparos de ninguno de los dos lados. Cuando llegamos a un cuarto de milla de las trincheras pudimos oír cánticos provenientes de ambos lados. Nuestros hombres estaban cantando villancicos, y cuando acababan los alemanes los ovacionaban. Nosotros terminamos cantando Dios salve al rey”.

La desolación de esos campos de Flandes, agujereados por los bombardeos, y comparados muchas veces con el paisaje lunar por el vacío bucólico de la tierra, fue bautizado por los anglosajones como el “no man’s land”, la tierra de nadie donde durante la tregua se sepultaron a cientos de compañeros caídos en combate. La mañana del 25 transcurrió bajo la misma calma. El rumor ya se había expandido y en los Estados Mayores había algo de desconcierto, así como también en el corazón de algunos oficiales henchidos de nacionalismo.

Esa mañana, soldados alemanes comenzaron a cruzar hasta las trincheras que hace pocas horas eran enemigas. Apertrechados nada más que con abrigos y banderas blancas llegaban mascullando palabras en inglés: “We no shoot and no work today”. Entonces ocurrió que algún iluminado del bando alemán dio una patada a un balón como toda invitación para zanjar las diferencias con goles. Vinieron las fotografías. El intercambio de recuerdos. También se celebró una misa en latín. La dureza del terreno no impidió que las gambetas se impusieran ni que las inhumanas trincheras sirvieran por unas horas como un centro de confraternización. Un milagro.

El 26 de diciembre, fecha conocida en Inglaterra como el Boxing day, una festividad británica, se reanudaron las hostilidades sobre las 11.30pm. “Estuvimos de pie hasta que el día cayó”, relata el cabo Henderson, “en ese momento encontramos que los compañeros de los dos días previos habían tratado de ganarnos la posición (fueron abatidos como de costumbre). La mañana siguiente, el terreno donde habíamos sido tan amigos estaba cubierto por sus muertos”. El milagro de navidad había acabado.

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