Pelé de sal y dulce

El Rey del fútbol es la metáfora perfecta de lo que le representa para Brasil este mundial: el deseo más fervoroso de felicidad, en medio de un caos insospechadamente grande.
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Varios jóvenes charlan en una plaza de Río de Janeiro, “¡no va a haber Copa!”, dice uno. Por su edad –no pasan de los 35–, nunca han visto jugar a Pelé en directo, pero han crecido escuchando las proezas del jugador que tantas alegrías dio a Brasil y que llegó al Olimpo del deporte sin olvidarse de sus orígenes humildes. Ya no lo reconocen como aquel héroe. Para todos los que rechazan el Mundial de Brasil 2014, que le ha costado a un país con tremendas carencias más que los últimos dos juntos, la corona del Rei do Futebol ha perdido brillo.

Sin embargo, su historia es la de una ascensión –con varias paradas y caídas por el camino– hacia la inmortalidad deportiva. En lo personal se ha labrado una fama mucho menos agradecida que la de ser el mejor jugador de la historia: la de mujeriego, ambicioso y poco exitoso empresario, padre ausente y pésimo vaticinador.

La vida de Edson Arantes do Nascimento, Pelé, dribla entre las luces del campo y varias sombras fuera de él.

Las edades

Cuando nació en 1940, sus padres, Dondinho y Celeste, decidieron llamarle Edson, “como al científico de la bombilla”, según sus propias palabras. Cinco años después su familia se mudó de Tres Corazones, en Minas Gerais, a una pequeña ciudad en el estado de São Paulo, Baurú. Por aquel entonces lo llamaban Dico.

Y Dico era un ídolo en potencia. Sacaba brillo a botas de extraños para contribuir a la economía familiar, pero soñaba con el deporte rey. Había nacido para ser el mejor: “estaba predestinado al fútbol”, decía orgullosa su madre en una entrevista concedida a la revista Veja.

Criollo y con orejas de soplillo, regresaba a casa con el bizcocho que su madre le había encargado lleno de hormigas después de haberlo dejado abandonado un rato al lado de un campo de fútbol. Le daba patadas a todo lo que pudiera semejarse a una pelota y se saltaba las clases para chutar a bola, aunque todo ello le costase sendas reprimendas.

Fue en esos partidos clandestinos donde nació Pelé. “Yo hablaba siempre de un portero que se llamaba Bilé (en referencia al portero titular del Vasco de San Lorenzo). Con mi acento mineiro cada vez que decía su nombre sonaba algo parecido a Pelé. Así entre mis amigos comenzaron a llamarme Pelé, aunque no tengo seguridad de que sea por eso”, explicaba a la misma revista. “No me gustaba el apodo de Pelé, sonaba infantil en portugués. Yo era Edson”, declaró a Bild en 2006. Pero vaya nombre.

A los 13 años comenzó su carrera deportiva en el Baurú Atletico Clube. Su ambición no tenía límites: “Se volvía loco cuando el equipo iba perdiendo. Daba igual que fuese un entrenamiento, para él había que ganar cada partido”, relataba a un medio local Sergio Gonzálvez Carvalho, con el que compartía vestuario.

Dos años después, en 1956, era un joven no muy alto que fichó por el Santos. El club lo alojó en una pequeña pensión regentada por Georgina Rodrigues, “Dona Jo”, y que compartía con otros juveniles del equipo. Entre esas paredes era un muchacho sencillo y tímido al que le daba miedo salir solo y que se despertaba en la mitad de la noche sobresaltado por sueños de estadios llenos de aficionados gritando su nombre.

Y como sus sueños lo dictaban, sus éxitos profesionales no tardaron en llegar. En el Santos creció como jugador y La Canarinha lo hizo grande. En 1957 vistió por primera vez la camiseta de la selección brasileña y se estrenó como goleador ante el eterno rival, Argentina. Al año siguiente, sus manos tocaban por primera vez la Copa del Mundo después de marcar dos de los cinco goles que le dieron el triunfo en la final ante la anfitriona, Suecia.

La casualidad y su magia en el campo se aliaron para otorgar al número 10 esa gloria que todavía hoy conserva: la Confederación Brasileña de Deportes (CBD) envió las equipaciones de los jugadores sin numerar y un responsable de la FIFA, que repartió los números sin demasiado criterio deportivo, hizo que Pelé luciera el 10 en su espalda durante el campeonato. Su incuestionable calidad hizo el resto.

De malas

En el Mundial de Chile 62, el combinado brasileño volvió a proclamarse campeón sin contar con su joven estrella, que se quedó fuera de los partidos finales por una lesión. Cuatro años después, en Inglaterra, Brasil cayó eliminado. Un revés con el que Pelé tuvo que cargar mientras afrontaba problemas más mundanos fuera del campo.

A pesar del beneficio económico que le reportaba el fútbol profesional y la venta de su imagen, su situación económica estaba constantemente en la cuerda floja. Una ambición mal gestionada, poco olfato en los negocios y frustrantes amistades llevaron a la ruina casi todas las aventuras empresariales en las que se sumergió en la década de 1960.

Por consejo de Pepe Gordo, un español con el que tenía una relación casi paternofilial y que se encargó de la gestión de su patrimonio, se embarcó en diversos negocios que antes o después fracasaron: el hundimiento de la Sanitária Santista abrió un gran agujero en las cuentas de “la Perla Negra” del Santos, agujero que se hizo más grande tras las pérdidas generadas por Fiolax, una empresa dedicada a la manufactura de hilos y tejidos. La Constructora Neptuno y el centro de fisioterapia que llevaba su nombre corrieron la misma suerte.

Las consecuencias de sus negocios fallidos lo siguieron hasta EE. UU. donde comenzó a recuperarse. Los rumores que circulaban por la época hablaban de la necesidad del astro de seguir jugando para subsanar los daños en su economía, aunque él lo negó siempre.

En 2001, alejado de los exóticos y poco rentables negocios que lo perseguían, decidió acabar con una sociedad que había creado 11 años antes con su –hasta entonces– amigo y abogado de profesión, Hélio Viana. La razón fue una denuncia que pesó sobre la empresa de ambos, Pelé Sports & Marketing, tras adueñarse, supuestamente, de 700.000 dólares que deberían haber sido empleados en un evento a favor de Unicef, como publicó el diario La Folha de São Paulo. Para llenar el hueco dejado por ese cierre, creó Pelé Pro, que también fue desactivada años después.

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Sobre el Autor

Periodista española experta en fútbol, ha trabajado con varios medios incluyendo la agencia EFE y colabora con la revista DONJUAN.

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