El secreto mejor guardado de la Selección Colombia

Aprovechamos la época mundialista para recordar el paso a paso de la Selección Colombia. Desde la zurda mágica de James Rodríguez, las gambetas de Juan Guillermo Cuadrado y la exquisita definición de Radamel Falcao García.

Creíamos que iba a ser fácil. Un partido contra Costa Rica qué dificultad podía tener. Y, de repente, luego de la euforia de ese primer gol de Colombia por Luis Muriel, el tico Johny Ruiz se le coló a la defensa colombiana y logró el empate.

No nos lo esperábamos…, pero fue aún peor cuando a los dos minutos Escoe metió un segundo gol. Todos los que estábamos ahí nos queríamos morir. El Campín temblaba.

Y entonces, cuando el Mundial Sub-20 parecía irse de nuestras manos, en nuestra casa y en octavos de final, apareció él. James. Con su cara de niño, el No. 10 se echó el equipo al hombro y, como si supiera que el mundo se les acabaría a todos, disparó. Segundos agónicos que bastaron para que se nos detuviera la respiración.

El balón voló sobre cientos de metros que parecían perfectamente calculados hasta llegar a la cabeza de Pedro Franco. A los 78 minutos lo clavó en el piso con fuerza y empatamos. Era magia pura, las gradas bailaban con nosotros. Y como ese 9 de agosto de 2011 estaba destinado para quedarnos grabado en la memoria, tumbaron a uno de los nuestros, a Zapata. ¡Penalti! James lo cobraría, claro.

Sacando pecho miró al arquero rival, ya no era ningún niño. Aaron Cruz recibió una bala por la izquierda, con la izquierda. La malla casi estalla. Ese martes nos quedó claro que algo había pasado con ese equipo y que algo grande estaba surgiendo. Sí, habíamos visto a James en el Banfield de Argentina, pero aquí, en un mundial juvenil, en su tierra, demostró que tenía la garra que hizo que a sus 20 años, Leonel Álvarez –técnico de la selección de ese entonces– lo convocara. Ese niño que habíamos visto patear con certeza entraba por la puerta grande a la selección de mayores.

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Y hoy, tres años después y ya en la era Pékerman, no para: no solo seguirá siendo el No. 10, el conductor del onceno que puso a Colombia a soñar en grande al regresar a una Copa del Mundo, sino que es el más joven de los jugadores titulares.

Cumplirá 23 un día antes de que se acabe el mundial el 13 de julio. Han pasado 16 años desde ese último sueño mundialista. Francia 98. Allí no pasamos de la primera ronda. Luego lo intentamos mil veces en los tres que siguieron pero no dimos la talla.

Tuvo que pasar todo este tiempo para poder entrever una generación de relevo que nos permita despedir al que ha sido considerado el “equipo dorado” del fútbol colombiano -Valderrama, Higuita, Rincón, Asprilla y -compañía- para darle la bienvenida a sangre nueva, y distinta; a una generación a la que todos hemos visto crecer. Basta pensar que de ese famoso partido que nos llevó a los cuartos de final del Mundial Sub-20, tres jugadores que brillaron hoy hacen parte de la selección que participa en Brasil: Luis Muriel, Santiago Arias y, claro, James Rodríguez. Considerado por el “Pibe” Valderrama como su sucesor, James ha roto todos los moldes y ha pulverizado, en una época en la que quizás no caben las comparaciones, todas las marcas interpuestas por su antecesor.

El samario debutó con la selección de mayores a los 23 años y consiguió llegar a su primer mundial a los 28; luego jugaría dos Copas del Mundo más, a los 33 y 37 años. James llega a Brasil con 22 años y está llamado a ser una de las revelaciones del certamen.

Además, mientras Valderrama debutó en la Primera División con el Unión Magdalena a los 19 años, James se inició con el Envigado a los 15, y vistiendo la camiseta del Banfield se convirtió en el jugador más joven en debutar y marcar un gol en el fútbol de Primera División de ese país –a los 17 años– y en el campeón extranjero más joven a los 18.

Mientras el “Pibe” debutó en el Viejo Continente en 1988 a los 27 años, cuando vistió los colores del Montpellier, James dio su salto a Europa pocos días antes de cumplir los 20, cuando fue presentado como nuevo jugador del Porto FC, equipo con el que ganó el siguiente año la Liga y Supercopa de Portugal y fue campeón de la UEFA Europa League. Como si fuera poco, debutó y anotó en la Champions League.

En 2013, este jugador nacido en Cúcuta el 12 de julio de 1991 registró un récord más al ser transferido al Mónaco, de la Ligue 1, por 45 millones de euros –lo que lo convirtió en el segundo jugador colombiano más costoso de la historia después de Falcao García– y al ser elegido en su primer año dentro del onceno principal de la liga francesa. Sin embargo, es ahora, en esta Copa del Mundo, donde James Rodríguez debe demostrar que nació para la gloria y que su techo está aún muy lejos.

Un camino labrado

Sin tener como meta convertirse en la generación de relevo, la selección que llega a Brasil empezó, desde hace una década, a transitar el camino que sus antecesores –criticados por algunos y adorados por muchos– les abrieron.

Todos estos jugadores crecieron oyendo hablar de una apabullante derrota a Argentina por 5-0 en su casa y de un golazo de Rincón, de túnel, a la mejor selección del mundo, Alemania, gracias a un pase del “Pibe” en Italia 90. Así que, sin proponérselo, este grupo parecía encajar a la perfección en esa pequeña obsesión nacional de buscar a los “sucesores” de los mejores.

“Es igualito al ‘Pibe’, corrió como el ‘Tino’ o este va a reemplazar a Higuita”, se convirtieron en las frases de cajón de los opinadores deportivos. Ser comparados con semejantes ídolos ha sido su privilegio, aunque también su carga.

Es el peso de la memoria. James Rodríguez no vio en su plenitud al grande de Pescaíto y apenas tenía dos años cuando se marcó historia en el estadio Monumental de River con ese 5-0 y, sin embargo, es ahora el encargado de dirigir los hilos del centro del campo de juego de la selección Colombia, y de hacer certeros pases con sabor a gol.

Y algo parecido la pasa al portero de la tricolor, David Ospina, quien estaba a punto de cumplir 10 años cuando Faryd Mondragón, suplente del arco que él hoy defiende, registró una de las mejores actuaciones de su historia ante Inglaterra en el Mundial de Francia 98, y se despidió de la Copa del Mundo en una emotiva escena en la que los ingleses David Seaman y David Beckham lo consolaban mientras él abandonaba el campo de juego con lágrimas en los ojos.

En esta juventud hemos depositado toda la fe. Pero, ojo, todo está fríamente calculado. Y quién mejor que el influyente periodista argentino Jorge Barraza para reiterárnoslo: “Hay un puñado de nombres que pueden coronarse en Brasil 2014, aunque ninguno responde tan perfectamente al perfil como el colombiano James Rodríguez.

El muchacho surgido del Envigado y consagrado en Banfield tiene todo para triunfar en el gran escenario: juventud, notables virtudes técnicas, carácter, gol, una zurda de oro. Y titularidad… Porque en los mundiales los técnicos se apoyan en los grandes; los jóvenes, si van, van de suplentes. James se ganó su lugar ampliamente en la eliminatoria”.

Los tiempos han cambiado

Somos un país que guarda la peluca amarilla del Pibe como su mayor tesoro, pero que hoy valora como pocos la brillante, poderosa y afinada precocidad de James. La suma de sus virtudes –mejor expuestas que Barraza, ¿cómo?–, además de hacerlo un jugador excepcional lo han convertido en modelo para seguir, por lo que no es raro verlo a diario estampado en el empaque del pan del desayuno o sonriéndonos en los paraderos.

Y allí se empiezan a marcar las sutiles diferencias que revelan lo que hemos cambiado como país. Hoy, para nosotros es natural ver a casi la totalidad de la selección jugar en equipos internacionales, cada fin de semana. Pero fue de la mano del “Tino” Asprilla que aprendimos a ver fútbol europeo, cuando en los noventa los canales nacionales empezaron a televisar sus partidos en el Parma y el Newcastle.

Además, hoy vivimos un mundo donde se pagan por los jugadores astronómicas sumas de dinero –Falcao fue traspasado por 64 millones de euros y la renovación del contrato de Messi se tranzó por 250–.

Y cómo negar que los clubes de fútbol son los nuevos juguetes de los magnates europeos, asiáticos y de los jeques árabes –tal es el caso del Chelsea, Manchester City, PSG, Mónaco, Málaga o Fulham–, o que la televisión y la publicidad definitivamente marcan la pauta, y que las redes sociales han transformado la forma de comunicarse, relacionarse e interactuar con el mundo… @jamesrodriguez, como botón de muestra, es seguido por más de dos millones de personas y @FALCAO por casi 5.

Pero en medio de este desenfreno de cifras y apuestas millonarias, lo cierto es que la historia de esta selección Colombia empezó a escribirse tiempo atrás. Sus jugadores comenzaron a tocar el balón y a conocerse en las selecciones Colombia juveniles, en los Mundiales sub-20 de Emiratos Árabes y en el Sub-17 de Finlandia de 2003.

Algunos de ellos aprendieron a vestir la tricolor incluso antes de enamorarse y se vieron crecer en un país que empezaba a abrirse al mundo y a moverse a una velocidad trepidante.

Esta es una selección cuyos cimientos comenzaron a gestarse hace más de veinte años cuando el “equipo dorado”, con su melena, gambetas y “toque toque”, le mostró al mundo dónde quedaba Colombia, y sorprendió con un fútbol talentoso y encantador.

Fue un grupo que le abrió las puertas al fútbol nacional, pero que a su vez padeció la ausencia de no ser aún lo suficientemente universal. “El equipo del 90-94 tenía un inmenso talento y una gran fortaleza colectiva, era un equipo trabajado en el que la mayoría de los jugadores vivían en Colombia y jugaban de memoria.

Era una alineación casi fija con una gran capacidad, pero enormemente débil en la parte mental, y esto se debía a que no tenían experiencia internacional, siempre jugaron nacionalmente, y un mundial no se juega con la experiencia nacional, un mundial necesita de recorrido, de bagaje, de experiencia internacional”.

Así lo explica César Augusto Londoño que, con este de Brasil, completa ocho mundiales a sus espaldas como comentarista y analista deportivo.Por supuesto que esa diferencia parecen tenerla clara los nuevos jugadores de este equipo.

“Son dos generaciones, una que ya marcó su propia historia y la otra que quiere marcar una nueva –asegura Teófilo Gutiérrez, líder indiscutible de la delantera de la selección Colombia, y llamado a ser el protagonista ante la ausencia de Falcao García–. Ellos fueron jugadores muy importantes y dieron lo mejor para dejar a Colombia en lo más alto. Nosotros, los jugadores actuales, sabemos que ellos estuvieron en varios mundiales y que se encontraron con sorpresas. Tenemos que mirar ese espejo para el mundial que viene y así tomarlo con mucha madurez y mucha responsabilidad”.

También reconoce que pese a las distancias y la velocidad del fútbol actual, son un grupo respaldado por la solidez de años de trabajo juntos.

“Los procesos a largo plazo dan frutos, y ahora este grupo está haciendo las cosas bien, nos conocemos desde hace mucho y por eso se nos hace más fácil. Eso nos da una ventaja importante para disfrutar cada partido y marcar la diferencia”, recalca.

A firmar, a posar

Pero no solo Colombia se siente y se ve distinta a hace 16 años. Los jugadores de hoy, a diferencia de los de ayer, se preocupan más por su contrato, por su próximo fichaje, por su número de seguidores en Twitter y Facebook, por su imagen personal, por el costo de su pase, por sus patrocinios, y sobre todo le temen a padecer una lesión que los deje fuera de la imparable y electrizante carrera que es el fútbol mundial.

Estar fuera de las canchas hoy representa millones de dólares o euros botados a la basura. Así que quienes por estos días nos representan en Brasil saben que hoy los futbolistas son celebridades, personajes públicos e ídolos, y son conscientes de lo que su imagen representa.

Y vale. “El fútbol ha cambiado mucho y la imagen del futbolista también. El jugador hoy es visto de otra manera, se ha ganado un respeto, una admiración y una imagen que antes no tenía. Esto representa un gran viraje y somos conscientes de que tenemos una gran responsabilidad”, cuenta una de las figuras de la clasificación al mundial, el portero David Ospina, quien también fue fichado por el OGC Niza, de la liga francesa, sin haber cumplido sus 20.

Así, replicada con uno que otro matiz distinto, ha sido la historia de este grupo de jugadores, tan colombianos como sus orígenes, y a la vez tan extranjeros como su presente y futuro. Jugar en Francia, Alemania, Italia, España, Inglaterra, Holanda, Portugal, México, Argentina, Brasil y hasta Arabia Saudita, les ha permitido competir de tú a tú al lado de los mejores del mundo.

@juanferquinterop y la pelota: un balance perfecto. ⚓ #FCFMayores

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También, estar lejos de sus familias, jugar en climas extremos, alimentarse y entrenar de una forma distinta, más exigente, aprender nuevos idiomas y estar fuera de su zona de confort les ha dado, siendo muy jóvenes, una gran capacidad de adaptación.

Y sobre todo les ha permitido, por un lado, ser capaces de enfrentar las dificultades, ser más fuertes mentalmente, más consistentes y más maduros; y por otro, no estar influidos por el entorno externo, por la prensa, los vicios y las particularidades nacionales.

Esas que tanto daño hicieron en el pasado y que tantas divisiones y resquebrajamientos en la unidad de equipo produjeron. Esas que llevaron al abismo a una de las generaciones más brillantes de nuestro país. Este es un equipo que juega sin complejos, que conoce y ha experimentado el mundo, y por lo mismo tiene los pies sobre la tierra. El método Pékerman, tan criticado en un comienzo cuando llegó a trabajar en el país, fue la respuesta perfecta a las necesidades de Colombia.

Aterrizó con un equipo de trabajo sigiloso y misterioso que generó resistencia en una fracción del periodismo y despertó suspicacias y desconfianza. Comenzó a instaurar un sistema hermético y rigurosamente estudiado, más parecido a un equipo de inteligencia de la CIA que al cuerpo técnico de una selección nacional de un país tropical y caribe. En medio de este rigor, los novedosos esquemas del técnico revolucionaron la formación del jugador colombiano.

El argentino resultó casi invisible, menos en sus resultados. “Desde que llegó José la confianza creció mucho. Pékerman nos cambió la mentalidad y el grupo se fue consolidando, con la ayuda de los buenos resultados que se fueron dando”, contaba James en una entrevista al diario argentino Olé.

Por todo esto, sin la ingenuidad de décadas pasadas, pero con la gratitud y las enseñanzas que la historia les ha brindado, y con un par de balonazos bien marcados sobre la piel y la memoria, esta selección Colombia, de la mano, la cabeza y los pies de James Rodríguez, tiene la misión de demostrarle al mundo, y a sí misma, que es distinta, y que hoy es la cara de un país también distinto.

Sobre el Autor

Autora de Fútbol en Colombia (Villegas Editores, 2007). Es directora de mercadeo deportivo de IPG Mediabrands. Fue editora de no ficción de Santillana y coordinadora editorial de Villegas Editores.

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