Jacques Polge: El perfumero de Chanel

El hombre que desde 1978 crea los perfumes de la refinada casa de modas francesa nos abrió las puertas de su taller de fragancias en París. Un recorrido privilegiado.

En su escritorio se pueden contar por docenas los frascos transparentes con líquidos tímidamente amarillos. Todos son tan largos como un dedo índice, rotulados, marcados a mano y agrupados en círculos de seis o siete. Sobre la misma mesa hay estrellas y abanicos formados por cartulinas rectangulares blancas, alargadas y afinadas en sus puntas, que es justamente donde se untan las esencias para olerlas separadamente. Una libreta, un estilógrafo, un teléfono celular de esos que solo sirven para hacer llamadas, una botella de agua y, claro, varios frascos de perfumes.

Es la oficina de Jacques Polge, la “nariz” de Chanel, quien desde 1978 ha creado 31 perfumes –21 de mujer y 10 de hombre– para esta casa, símbolo de lujo y moda. Y fue, justamente, Gabrielle Chanel quien encargó al perfumero Ernest Beaux el No. 5, que surgió en 1921 y que con el paso del tiempo logró convertirse en el perfume más vendido, famoso e icónico de la historia. De hecho, su frasco hace parte de la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) desde 1959 y además fue recreado en multicolor por el artista pop Andy Warhol, para una serigrafía de 1964.

Pero semejante antecedente no intimidó nunca a Jacques Polge, el tercero en ocupar el cargo de perfumero de esta casa, pues posee todas las cualidades para “hacer perfumes que gusten, que acompañen el deseo de las mujeres que se renuevan y que las seduzcan”. Un talento natural de origen provenzal, que tuvo la fortuna de desarrollarse en la ciudad de Grasse –conocida como la capital mundial del perfume– y que conjugado con la poesía dio como resultado a un verdadero artista de los aromas.

Desde su oficina y laboratorio de perfumería en Neuilly sur Seine, al noroeste de París, reveló para Diners, con sencillez y honestidad, algunos detalles de la mística que entraña su oficio.

¿Qué es, qué significa ser una nariz?

Ser una nariz significa crear perfumes. Ser la nariz de Chanel es crear los perfumes para Chanel.

¿Hubo un momento en el que supo que sería perfumero?

No, no creo que haya sucedido de esa forma, solo que en un momento dado tuve la posibilidad de trabajar para una sociedad de Grasse que hacía perfumes para los couturiers (modistos). Esa sociedad buscaba una nariz para su filial en Nueva York y como yo hacía además estudios de lengua inglesa, me preguntaron si quería intentarlo. Soy curioso y dije “sí”, aunque no sabía bien lo que me esperaba.

¿Fue en su época de estudiante de Literatura y Lengua inglesa cuando se enamoró de la poesía?

No fue solo en esa época. ¡Amo mucho la poesía! Fue tal vez mi gusto por la poesía, que tiene una manera muy particular de escribirse, lo que me llevó hacia los perfumes. Me parecía que el perfume era una forma poética, una manera de decir cosas sin utilizar el lenguaje, una manera muda. El perfume es invisible. Las personas no lo ven, pero lo sienten. Por ejemplo, cuando alguien lleva un perfume y se va, queda algo de esa persona en la habitación.

Profesionalmente son caminos distintos los de la literatura y los de la perfumería, ¿cómo cambió el rumbo?

Simplemente porque era curioso. En una película de François Truffaut hay un personaje que dice: “El mundo pertenece a la gente curiosa”, y yo tenía esa curiosidad. Así que me entregué a un mundo muy particular: el mundo invisible de los olores.

¿Lo inspiró de alguna manera la novela El perfume, de Patrick Süskind?

No de manera directa. La leí y luego vi la película. De la película, la escena que prefiero es la del final, en la que todo el mundo está desnudo –mientras lo dice se ríe con algo de picardía–. Es una novela muy bien documentada, todos los detalles son verdaderos, con una investigación muy precisa en Grasse. Describe en una época antigua lo que era el mundo de los olores; yo, en cambio, estoy en una posición muy particular, porque trabajo para una marca que existe hace mucho tiempo, que fue la primera en lanzar un perfume de couturier, entonces mi tema de inspiración es todo lo que gira alrededor de las características de estilo de la marca.

Volvamos a Nueva York, ¿qué sucedió allá?

Era una ciudad fascinante para un joven perfumero, porque yo había debutado en Grasse y encontrarse de un momento a otro en Nueva York fue formidable. Ahí las cosas comenzaron a precisarse, porque de un momento a otro empecé a conocer a los clientes importantes, a los diseñadores y fue muy inspirador, lleno de vivacidad.

Después vino a París…

Después trabajé para la sociedad Roure-Bertrand-Dupont, que se fusionó y ahora se llama Givaudan. Ahí se hacían fragancias para sociedades que subcontrataban la creación de perfumes para todo tipo de cosas: champús, jabones, detergentes. Yo no hacía eso, sino que trabajaba para los couturiers franceses de la época, hablo de los años setenta.

¿Justo después recibió el título de nariz-perfumero de Chanel?

Antes estuve vinculado con otra sociedad en París y también iba seguido a trabajar a Nueva York y a Chicago, para gente que no creaba sus propios perfumes; hasta el día en que alguien de Chanel me contactó para suceder a mi predecesor Henri Robert.

¿Sintió miedo en su debut con Antaeus, el primer perfume que creó para Chanel?

Sí, fue un poco estresante.

¿Todavía lo siente?

Ah, sí… Siempre.

¿Cuida su nariz de manera especial?

La cuido de la misma manera que usted. Nada particular.

¿Y la entrena?

Eso sí. La diferencia entre su nariz y la mía es que yo la hago trabajar cotidianamente, pero no tengo una disciplina particular. Solo trato de no resfriarme.

Tuvo la oportunidad de trabajar sobre el mítico No. 5 cuando creó No. 5 Eau Première, ¿qué significó esta experiencia?

La idea de Eau Première surgió porque cada tanto me encontraba con mujeres que me decían que les parecía que el No. 5 era un perfume formidable, pero que no era para ellas. En el fondo, lo que estaban diciendo era que no lo consideraban tan formidable, porque de lo contrario lo llevarían; entonces lo que hice con Eau Première fue una versión del No. 5 para todas esas mujeres. Quería que fuera más fácil de llevar, más fresco, más transparente. Menos ícono.

¿Qué lo inspira para crear un perfume?

Cada perfume es una historia diferente y la inspiración puede venir de cualquier tipo de cosas. Por ejemplo en la gama de los exclusivos está Bel Respiro, que es el nombre de una casa que mademoiselle Chanel tenía en las afueras de París, donde había un gran jardín con hierba verde. Al verla, me acordé del escritor Roland Barthes, que en su libro Roland Barthes por Roland Barthes habla del aroma de la hierba cortada y entre paréntesis dice: “me encantaría que un día una nariz recreara ese olor”. Eso hice.

¿Qué queda de usted mismo en los perfumes que crea?

Lo que busco es hacer un buen perfume que enriquezca y le dé vitalidad a la marca. Entonces me parece que debo desaparecer, quedar detrás del perfume. Son las mujeres que escogen el perfume las que le dan vida y todo el trabajo del perfumero desaparece.

¿Cuando el perfume está listo se imagina una mujer ideal para él?

No verdaderamente. Más que eso, pienso en términos de historia. Un perfumero no crea nuevos olores, sino que hace sin parar nuevos perfumes y hay toda una historia de perfumes que es muy importante dominar; un perfume no sale de la nada, siempre está ligado a algo: a una historia, a un perfume desaparecido, a una memoria.

Suele compararse la labor del perfumero con la de un director de orquesta, capaz de lograr la armonía en medio de muchos sonidos-ingredientes, ¿está de acuerdo con esa metáfora?

Cuando se hacen comparaciones como esa, creo que no se hace más que expresar la dificultad que hay para hablar del oficio del perfumero. Pero esa imagen es halagadora y me gusta mucho, solo que los directores de orquesta cuentan con versiones o interpretaciones diferentes de una misma pieza, a diferencia de los perfumes que solo tienen una versión. La fórmula de un perfume es algo muy preciso.

Metáforas para aludir al misterio de su oficio…

Ese misterio es justamente lo que me gusta. Resulta muy difícil explicarlo y es mucho más interesante que siga siendo un misterio. Además, me parece que en la vida lo que no es misterioso, no tiene mucha gracia. Por ejemplo, vivir con una mujer que no sea un poco misteriosa… –completa su frase con una risa–. Creo que el misterio es muy importante y no solo es una cualidad de la profesión, sino también una cualidad del perfume.

Carrusel de esencias

Cuando se abre la puerta del laboratorio en el que Jacques Polge les da vida a sus perfumes, las más deliciosas, inconfundibles y también irreconocibles fragancias van apareciendo como destellos con cada bocanada de aire que se toma. No es exagerado afirmar que una especie de encantamiento se va apoderando del sentido del olfato, a tal punto que parece como si los olores estuvieran recorriendo y deslizándose por el cuerpo. Los responsables son los miles de frascos de color azul rey que se encuentran sobre la mesa blanca en forma de cruz y que se extienden a lo largo y ancho del laboratorio. Justo en la mitad se alza una urna redonda, de vidrio y seis pisos, con un mecanismo interior de carrusel, que además de proteger otras esencias que reposan allí, las hace girar para que sea más sencillo buscar la que se requiere.

Desde allí, Polge selecciona todas las materias primas que entran en la composición de todos los perfumes que Chanel comercializa. También controla que nada entre ni salga de las fábricas, sin antes haber verificado que corresponda a lo que fue creado originalmente, tanto por él como por sus antecesores.

¿La realización de un perfume es una fórmula química?

No necesariamente química, yo no soy un químico para nada Aquí tenemos una fórmula de la que van a preparar 40 gramos y ahí solo hay un listado de todos los ingredientes.

¿Cómo sabe cuándo el perfume está listo?

Es verdad que se puede imaginar a un perfumero que pasa su vida trabajando en un mismo perfume. Hablando de Süskind, su personaje es ese perfumero que está intentando el perfume ideal. Pero hay un momento en que se sabe que se terminó, que hay que parar, es un instante. Muchas cosas de este trabajo suceden en instantes. El momento en el que se termina, después de muchos ensayos, es cuando se tiene la impresión de que la idea que se tenía desde el comienzo quedó representada con la forma de ese olor. De forma muy instintiva, uno dice: “Es eso”. Aunque uno se puede equivocar, por supuesto –admite mientras se ríe–.

¿Y se ha equivocado?

Tal vez, pero no muy seguido.

¿Por qué no les da a las mujeres unos consejos para escoger un perfume?

Es muy complicado. Hay una cierta banalización que ha hecho que las perfumerías se parezcan cada vez más a un supermercado y además hay olores en todos lados, lo que hace que sea muy difícil encontrarlo en una tienda. Creo que la elección de un perfume es algo silencioso e íntimo. Las marcas hacen muestras de sus perfumes, entonces yo diría que habría que tomarlas, salir de esos lugares y en casa, en un universo más sereno, ver cómo se vive con el perfume y cómo reacciona el entorno ante él.

¿Qué perfume usa usted?

No utilizo perfume.

¿Por qué?

Porque temo que si uso un perfume me moleste cuando estoy elaborando otro. Además, como voy al laboratorio y hay tantos aromas que circulan, entonces mi ropa huele a perfume; así que a pesar de que no uso perfume, siempre tengo la sensación de estar perfumado.

Sobre el Autor

Periodista cultural. Actualmente realiza una maestría de Literatura en la Sorbona, París.

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