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Monika Wagenberg: la dama del cine colombiano

La directora del Festival Internacional de Cine de Cartagena llega a su cuarto año con una gestión envidiable que le ha devuelto el prestigio al festival más antiguo del continente.

La directora del Festival Internacional de Cine de Cartagena llega a su cuarto año con una gestión envidiable que le ha devuelto el prestigio al festival más antiguo del continente.

Son los últimos días de febrero bajo el ardiente sol cartagenero y Monika Wagenberg corretea como un viento fresco, de aquí para allá, como si tuviera el divino don de la ubicuidad. En la mañana de ese viernes después de una extenuante noche de inauguración con presidente a bordo en la Plaza de la Aduana, permanece atenta a lo que pueda requerir el cada vez más selecto y numeroso grupo de invitados de un evento que se levantó de la postración en que estuvo sumido en los años noventa o a los pormenores de una programación intensa y de logística compleja; en la tarde presenta con suficiencia la película colombiana Porfirio y lleva de la mano a su director Alejandro Landes, cubriéndolo de sentidos elogios, y en la noche se viste de gala para presidir un tributo a la actriz y modelo Isabella Rossellini.

Es 2012, el año de la 52º edición del Festival de Cine de Cartagena, y el segundo de Monika Wagenberg como su directora. Con igual desenvoltura, Wagenberg mantiene a raya el esnobismo de los cinéfilos, los caprichos de las élites cartageneras, la ansiedad de los gestores culturales y los arranques de divos y divas de mayor o menor calado, sin los cuales un festival no tendría lustre, ni flashes, ni plata para llevarse a cabo.

Antes de asumir la asesoría artística y después la dirección del Festival de Cine de Cartagena, pocos en Colombia sabían de ella. Unos cuantos enterados conocían sus andares en Cinema Tropical, una distribuidora de cine latinoamericano en Estados Unidos que aprovechó la ecuación precisa de tiempo y lugar: “Fue visionaria al darse cuenta, muy anticipadamente, de que el renacimiento del cine latinoamericano coincidía con ese cambio en el posicionamiento económico, social y sobre todo cultural de los latinos en Estados Unidos; fue el momento en que empezamos a ser vistos no tan solo como fuerza laboral, sino también como proveedores de cultura y entretenimiento a niveles más masivos”, dice Diana Vargas, caleña, directora del Havana Film Festival de Nueva York y amiga de Wagenberg.

¿Cómo esta colombiana de una familia judía que salió del país en los años noventa recorrió ese camino de ida y vuelta entre Colombia y los Estados Unidos? ¿Cómo esta mujer que trabajó en la banca de inversión en pleno corazón financiero del mundo se dio cuenta un día de que lo que le gustaba era ver películas y pudo hacer de su gusto un trabajo?El despertar de una vocación

Monika Wagenberg describe a la comunidad judía de Bogotá, en la que creció entre los años setenta y noventa, como “cerrada y limitante”: estudios en el Colegio Colombo Hebreo, visitas al Carmel Club, paranoia y obsesión por la seguridad en un país bajo la amenaza de fuegos cruzados. Pero no todo es drama. También existen los encuentros azarosos que se vuelven citas con el destino: con una profesora de inglés del colegio, Monika se escapaba algunas tardes a ver cine; después vendrían los cursos que dictaba el maestro Hernando Martínez Pardo en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Era cuestión de tiempo para que esta vocación se definiera, y la Colombia de los años noventa no parecía el lugar apropiado para impulsarla.

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“Tenía ganas de sentirme un poco más libre”, confesó Monika hace pocas semanas en Cinema Paraíso, lugar en el que nos encontramos. Por eso dejó sus estudios de Economía en la Universidad de los Andes y empezó un doble programa de Economía y Literatura comparada en la Universidad de Pensilvania. Después cursó una maestría de Teoría e Historia del cine en la Universidad de Nueva York.

“Fue un giro importante en mi carrera; estaba tomando una clase de cine brasileño con Robert Stam y ahí conocí al mexicano Carlos Gutiérrez, quien después sería mi socio. Nos enloquecimos con lo que estábamos viendo en la clase, sobre todo con el cine de Glauber Rocha. Carlos me decía que no había visto nada de cine colombiano y yo tampoco había visto nada de cine mexicano. Fue así como nació Cinema Tropical”.

A pesar del extendido mito sobre el poder latino en Estados Unidos, la distribución del cine latinoamericano en ese país no es un camino de rosas. “Muchos piensan que se puede hacer con el cine latinoamericano lo que se he hecho con la música, pero no resulta tan fácil. La gente que va a ver cine latinoamericano es la gente a la que le interesa ver cine de autor en general”, asegura Monika. Y se trata de un nicho que, por lo menos en las salas de cine, se ha reducido de forma considerable. “En los años setenta, algo así como el 10 % de las películas que se distribuían en Estados Unidos eran en lengua extranjera, hoy son menos del 1 %”, sentencia.

Solo en ese contexto de cambios demográficos, tecnológicos y políticos es posible valorar el riesgo de Cinema Tropical. “La compañía, creada en Nueva York en 2001, ha sido generosa en su interés por presentar y distribuir el cine latinoamericano en Estados Unidos. En otras palabras, por vencer el prejuicio madurando el juicio de un espectador que a través del cine pueda comprender las historias y dilemas que se viven en el continente”, dice el crítico y escritor Hugo Chaparro. A partir de esa plataforma de lanzamiento del cine latinoamericano, los destinos de Monika Wagenberg y el festival de cine más antiguo de la región se cruzaron de forma inevitable.Una mujer vestida de negro

Mañana del lunes 24 de enero de 2011 en el Centro Andino de Bogotá. La nueva directora del Festival de Cine de Cartagena es presentada “en sociedad”. En la mesa principal la acompañan otras mujeres: Adelfa Martínez, directora de Cinematografía del Ministerio de Cultura; Claudia Triana, directora de Proimágenes Colombia, y Lina Rodríguez, gerente del Festival. Monika Wagenberg viste pantalones negros, blusa y tenis del mismo color, que hacen complemento a su piel canela. Su informalidad y frescura contrastan con la “solemnidad” del evento y de sus compañeras de mesa.

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Cuando nos vemos en Bogotá, en febrero de este año, vuelve a aparecer vestida de negro (“siempre visto de uniforme”, me dice) y con un avanzado embarazo. Espera su segundo hijo. “Voy a ser abuela pronto”, cuenta y yo me atrevo a decirle que será una abuela bella y joven. “¿Me imagino que tú nunca has estado embarazado?”, me pregunta riendo y se disculpa por posibles olvidos o incoherencias que según ella son producto de la gravidez. Pero no hay nada incoherente en la conversación.

Conoce con amplitud cada película que se presentará en el Festival y muestra una inapelable claridad en las metas y propósitos que se ha trazado para ella misma y para el Festival.
«Cuando asumí la dirección del FICCI, me tracé un plan a cinco años –este es el cuarto–. Para mí era importante que el Festival se posicionara como el principal espacio de lanzamiento para el cine nacional, y me doy cuenta de que eso lo hemos logrado. Este año todas las películas colombianas que se presentarán en el Festival no solo son estrenos nacionales, sino que muchas de ellas son estrenos mundiales. El cine colombiano es lo que nos diferencia de los otros festivales”, dice Monika.

Hoy por hoy el FICCI tiene una fuerza magnética que atrae a programadores de otros festivales, cinéfilos, periodistas, público en general y, por supuesto, a unas cuantas estrellas. Y ese renacimiento ha ido de la mano de un grupo de mujeres que el crítico Hugo Chaparro describe como activistas cinematográficas. “Hay la coyuntura de un montón de mujeres que convergen en el FICCI, que arrancaron con Lina Rodríguez, quien solita y poquito a poco fue llevando este barco por donde va y nos fue ‘subiendo’ a todas a esta locura. Puede ser que eso es lo que requería el momento: ‘tenacidad, constancia y amor’, para poder sacar adelante esto de hacer, ver y pensar cine”, asegura Diana Bustamante, renovadora del cine colombiano (es productora de títulos como El vuelco del cangrejo y La sirga) y quien desde el 2013 es productora general del FICCI. “Pero quiero ver más películas de mujeres, ese es un paso que nos falta por dar”. Es una obsesión que Diana comparte con Monika, y juntas van conduciendo el timón.

Pero para que llegue el día en que las mujeres no solo presidan la mesa como gestoras culturas de un evento, para que la voz de su sensibilidad pueda ser escuchada con fuerza y el matiz de sus obsesiones apreciado en su exacta diferencia, quizá haga falta la misma paciencia que Monika Wagenberg pide frente al cine colombiano. Sin duda el estado de las cosas puede cambiar, pero por lo general esos cambios se dan uno a uno. Y mujeres como esta judía expatriada y vuelta a repatriar –aunque aún vive en Nueva York– reúnen las condiciones para liderarlos.

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Marzo
13 / 2014

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