Pacheco escribe sobre Álvaro Ruiz: “La tristeza del hombre feliz”

Pacheco también pasó por nuestras páginas. En este texto de la edición 375 de 2001 le rinde un tributo a otro grande de la televisión colombiana: Álvaro Ruiz.

Aventurero, generoso, teatral, exitoso y con una tristeza que nunca intuyeron quienes lo llamaban “el hombre feliz”. Así recuerda Pacheco a su gran amigo y compañero, Álvaro Ruiz, quien antes de morir solo dijo: “Avísenle a Pacheco”.

Una extraña mezcla de gratitud y dramatismo. Eso fue lo que sentí al saber que las últimas palabras de Alvarito fueron: “Avísenle a Pacheco”. No creí que me pudiera tener tanto cariño. Ahora me veo felizmente condenado a llevar el recuerdo de esas palabras toda la vida.

Conocí a Alvarito cuando todavía no era Álvaro Ruiz. Lo conocí cuando ni siquiera me imaginaba la televisión y no podía intuir las locuras que íbamos a hacer metidos en ese aparato. Yo tendría unos 18 años, vivía con mi papá y mi hermano en un apartamento en la Avenida Jiménez con carrera quinta y solía pasar por la cigarrería de doña Emma, que siempre me hablaba de su hijo. Me hablaba de un loco que había trabajado en el circo, un artista bohemio que vivía encantado con los aparatos mágicos de la Radio Nacional.

Siempre sonriente, proyectando una energía arrolladora, conocí a Álvaro en una de esas tardes en la cigarrería de doña Emma y desde entonces supe, por alguna razón que nunca me pude explicar, que había encontrado a un amigo para toda la vida.

No se supo quién le puso “El hombre feliz”. Quizás él mismo en un exceso de alegría inocente. Fue feliz por una razón fundamental: hizo toda la vida lo que quería hacer y pudo trabajar siempre en lo que le gustaba. Cómo no iba a ser feliz si ni siquiera tuvo que hacer bachillerato. Quiso ser animador  de circo y lo vimos en las carpas, riéndose con las luces, burlándose de los payasos, coqueteándole a las acróbatas. Quiso estar en cine y lo vimos con la seriedad de un millonario de Hollywood, haciendo gala de sus mejores argucias en la pantalla grande. Quiso hacer radio, y oímos su voz siempre sorprendente, siempre lista para lo insólito. Quiso hacer televisión, y no en vano dijeron que era el actor del siglo en Colombia. Todos los actores jóvenes sabían que hacer un papel junto a Álvaro Ruiz era una cátedra de talento.

Claro que las mujeres… (Me perdonaras la infidencia, Flaco. ¿Te acuerdas de aquella vez en la carretera?).  Las mujeres sí le dieron muy duro al pobre Alvarito. Coqueto y enamoradizo como nadie, solía entregarse con facilidad. Se obsesionaba con unos ojos, con unas palabras, con un aliento. No olvidaré esas noches de bohemia en las que arrancaba a cantar –y yo a maldecir, aunque no lo hacía mal, sino que yo no soportaba  noche tras noche la misma canción- “Noche de ronda que triste pasas…”, para después de dos tragos enamorarse sin remedio. De alguna forma también era feliz con esos sufrimientos de amores y con la pena que le traían sin descanso las mujeres.

Pero al final, Álvaro no fue ese hombre feliz que todos dicen. Fue Álvaro Ruiz, el hombre triste. Sufrió mucho en los últimos seis meses. Nunca lo demostraba.  Sonreía, como ese 13 de junio de 1954, el primer día que hubo televisión en Colombia, mientras yo lo miraba desde mi casa en uno de esos aparatos que vendía el Banco Popular. Nadie  nunca lo vio triste, pero estaba muy triste. Estaba abatido y la soledad empezaba a ensañarse cruelmente con él. Frank Ramírez me lo dijo después: “Si viste, Alvarito se murió del alma”. Sus últimos seis meses fueron profundamente dolorosos y ya no pudo ser ese hombre mágico del que todos decían “Qué envidia ser como Álvaro Ruiz, el hombre feliz”. Yo lo alcance a intuir. El empezó a dejarme pistas, a mostrarme pequeñas señales. Alvarito quería decirme algo. Carajo Flaco, pero no me dijiste y no me animé a preguntarte.

Se nos fue Álvaro, con su “Noche de ronda”, su amor devoto por su hija Natalia, con sus bromas y su humor a toda prueba, con su zarzuela, con su obsesión por todas las mujeres de este mundo, con su elegancia… Se me fue Alvarito que en una de sus últimas entrevistas dijo:”Pacheco es mi mejor amigo”. Se me fue mi mejor amigo.

Prefiero recordar al Alvarito alegre, al autentico hombre feliz. Al Alvarito que en una de esas noches de celebración, después de un partido de los actores de televisión en Cali, le dio porque nos fuéramos a una casa de viejas en Palmira. Al pobre le tocó con la dueña del negocio, una vieja gorda que le decía que estaba enamorada de él. De repente, entre el aburrimiento y el ataque de besos y abrazos de la mujer, Álvaro se puso morado y empezó a quejarse del asma. Pedía sus pastillas y tuvimos que devolverlo al hotel. Veinte minutos después, en el taxi, el color morado se desvaneció y Álvaro se ataco de la risa. Ese es el Álvaro que voy a recordar, el que me regaló sus últimas palabras: “Avísenle a Pacheco”.

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