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Jaime Abello: la memoria de Gabo

El encargado del legado del más prominente periodista que ha dado este país es un parrandero irreductible. Así lo pidió el propio Gabo.

Foto: Juan Pablo Gutiérrez y Tico Angulo Molina

El encargado del legado del más prominente periodista que ha dado este país es un parrandero irreductible. Así lo pidió el propio Gabo.

Semblanza del hombre gigante que hace unas semanas revivió el mayor premio que se concede al periodismo en el mundo iberoamericano y que tiene en sus manos la tamaña tarea de hacer del periodismo escrito en español la más poderosa de las herramientas de la sociedad.

Lo primero que hay que decir sobre Jaime Abello Banfi es que tiene una cara de niño recién bañado. Es cincuentón y usa gafas, pero no tiene canas y su cabello castaño es abundante y se peina solo. Tiene todo el aspecto de uno de esos chicos buenos que ayudan al cura a prender las velas del altar en las misas –o, quizás, la del cura mismo. Le haría falta solo la sotana–.

Jaime es corpulento pero lo lleva ligero, y cuando baila –que es frecuente porque es barranquillero y lleva su costeñidad como un destino en la vida– se mueve como una pluma. El que lo ha visto bailar, hora tras hora, en alguno de sus lugares favoritos –el antro de La Troja en Barranquilla, Quiebra Canto en Cartagena, o en la calle, vestido de marimonda, en los días de Carnaval– sabe que así es.

Cuando llega a La Troja, siempre lo anuncian por micrófono como un invitado de lujo: “¡Aquí con nosotros Jaime Abello Banfi, el director de la Fundación Nuevo Periodismo!”. Y cuando entra a Quiebra Canto, le ponen en su honor la misma canción, en una tradición que ya alcanza veinte años, “Aquí hay un hombre gozando”, y él baila y goza. Y lo más seguro es que si alguien ha visto bailar a Jaime, también ha bailado, porque él lo ha obligado. Es así, casi siempre: uno queda con Jaime para salir a comer, pero las noches siempre terminan en rumba, en grupo, con Jaime al centro, y los demás alrededor, meneándose como los acólitos rítmicos de un gurú del buenvivir.

Es así porque Jaime Abello es, para todo su círculo de amigos, el indiscutible líder de facto. Nuestro propio rey Baco.,“El Emperador”… hace unos años en un Carnaval cedió a su fama y se disfrazó de emperador romano. Hace poco, un amigo cachaco que estuvo presente en ese entonces me contó cómo se había encontrado a Jaime descansando en el interludio de esa histórica pachanga. Riéndose con su recuerdo del momento dijo: “Jaime estaba en su toga blanca, inclinado en una silla y mientras un amigo le ataba los pasadores de los zapatos, una amiga le daba cucharadas de sopa a la boca. ¡Es que realmente era el emperador!”.

Jaime nació y creció en Barranquilla, y todavía vive ahí, aunque pasa parte de cada semana en Cartagena de Indias ejerciendo desde 1995 su función de director ejecutivo de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, que tiene su sede allí en la calle San Juan de Dios. El rol, que le fue encomendado por el mismísimo Gabriel García Márquez el 28 de diciembre de 1993 –sí, el Día de los Santos Inocentes–, y que empezó como un reto profesional, además de un honor, se ha convertido en su opción de vida. Antes de eso era productor de Telecaribe. Pero desde entonces, y tras diez y ocho años de incansable labor, Jaime y “La Fundación” se han convertido en un solo fenómeno: no existirían la una sin el otro. El resultado ha sido nada menos que espectacular: miles de periodistas de todo el hemisferio han pasado por sus talleres, y para muchos, ha significado un antes y un después en sus carreras; han trabajado durante una semana con estrellas del periodismo tales como Tomás Eloy Martínez, Sergio Ramírez, Alma Guillermoprieto e inclusive, para un grupo selecto, el fallecido Ryszard Kapuscinski y el mismo Gabo.

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Un puñado de inspirados extalleristas han fundado editoriales y revistas propias –Etiqueta Negra y Puercoespín son ejemplos destacados– y son también las principales plumas contemporáneas en el periodismo narrativo y de investigación. Si en su momento Gabo exageró un tanto al decir la famosa frase de que el periodismo era “la mejor profesión del mundo”, Jaime Abello ha ayudado a que esa consigna sea algo más cercano a la realidad. Porque el “boom” de la crónica como un género al que aspira la actual generación de periodistas latinoamericanos es, en gran medida, debido a la labor de Jaime y su pequeño equipo de estrechos colaboradores que incluyen, de manera destacada, a Ricardo Corredor, su actual brazo derecho, así como Natalia Algarín, Hermes Martinez, María Eugenia Fernández y Carlos Serrano, entre otros, y entre los antiguos lugartenientes a Tanya Escamilla, José Luis Novoa, Susana Díaz, Margarita García, Carolina Ethel Martínez, María Fernanda Márquez y Fernando Alonso. Todos son miembros del eterno Team Jaime. Y sucede que integrarlo es como con la CIA: nunca eres realmente unexagente, sino que es un involucramiento para toda la vida.

Igual devoción inspira Jaime entre los maestros y miembros del consejo rector del flamante Premio de Periodismo Gabriel García Márquez, otra obra suya, y que en noviembre tuvo su primera celebración anual en Medellín. Todos tienen en común su lealtad por Jaime. Uno de ellos, Jean-François Fogel, guarda una memoria muy querida sobre un día en que estuvimos con Gabo y Jaime en un almuerzo en Monterrey. Estábamos ya sentados en una mesa y esperando a los demás comensales cuando, de pronto, Jaime empezó a cantar y Gabo se le unió.

Cantaron “Se va el caimán” y tarareaban Se va el caimán, se va el caimán para Barranquilla… “Los dos son costeños, pues”, remató Jean-François, dándonos a entender que, como buenos costeños, detrás de toda la risa y mamadera de gallo, son melancólicos y nostálgicos; como visceralmente pegados a su tierra. Y otro, Sergio Ramírez, lanza su apunte acertado: “Antes era gordo pero como ya no lo es porque decidió no serlo, no lo apunto como característica suya, aunque de todos modos siempre me asombró su agilidad a pesar de su diente con filo; la agilidad de mente la dejo por descontada, me refiero a su agilidad en el trabajo capaz de celebrar la misa y al mismo tiempo repicar las campanas, además de su no menos asombrosa agilidad en el baile, capaz de amanecer parrandeando y sentarse a un desayuno de trabajo tras una ducha, pero además su don de ubicuidad, amanecer en un lugar y anochecer en otro, de uno a otro aeropuerto, preparando y proponiendo siempre proyectos, organizando y batallando”.

Conocí a Jaime en 1999, por recomendación del mismo Gabo, de quien yo estaba armando un perfil extenso para la revista The New Yorker. Las apariencias engañan, porque en ese primer encuentro, Jaime tenía toda la pinta de un joven ejecutivo cachaco –camisa blanca, corbata, saco y pantalones azul marino. Es el look que todavía conserva para sus visitas a la capital, y en sus constantes giras al exterior para atender conferencias y foros sobre periodismo, libertad de expresión y otros temas relacionados, siempre en representación de la Fundación y, en términos prácticos, como el embajador plenipotenciario de García Márquez–. De hecho, fue Jaime, con el guiño de Gabo, quien me abrió las puertas en Colombia a los familiares y amigos más íntimos del autor. Así establecimos, a la vez, una relación profesional y una amistad que se ha profundizado con los años, cumpliendo con lo que Gabo me confesó una vez que era su sueño para la Fundación: “Crear, en toda América Latina, una red de periodistas que se conozcan, se ayuden y conspiren juntos, como una mafia genial”.

Como el fiel consigliere de Gabo, Jaime no se queda atrás. Descendiente de inmigrantes italianos y españoles, siempre le he sospechado algo de sangre árabe también, porque sabe apretar. Después de nuestra primera reunión, no tardó en invitarme a dictar un taller para la Fundación y naturalmente, porque era un honor, acepté. Y como salió más o menos bien, me invitó a dar otro, y después otro, hasta que, al final, lo que empezó como un asunto de voluntad terminó siendo una obligación afectuosa. En otras palabras, Jaime sabe bien hacer el tipo de ofertas a las que no puedes rehusarte.

Con el paso de los años, suman como doce o trece los talleres que he dictado, todos por amor al arte y siempre robándoles tiempo a mis verdaderos empleadores en The New Yorker, para regalárselo a la Fundación. Además, Jaime tiene el don de hacer sus acercamientos en los momentos más apremiantes. Así es como, a petición suya, he venido volando a Cartagena desde Londres, desde Iraq, desde Afganistán e inclusive desde Guinea, en África, solo para poder cumplirle y pasar una semana sudoroso con doce o quince talleristas en un aula en Cartagena, en Barranquilla, en Buenos Aires o en Río de Janeiro, además de asistir a foros y conferencias o servir como jurado (“tienes que venir, Jon, por favor, no me falles”) en San Salvador, en México y en Medellín. Como buen mercader, Jaime siempre ameniza el pedido con cierta oferta: que habrá gente chévere en el destino; que daremos un paseo a tal parte –que no sé qué y no sé cuánto…–. Y cumple. Y al final de cada una de estas jornadas yo siempre salgo agotadísimo y algo renegón con Jaime, pero también con la sensación de haberla pasado bien a su lado. Esa es su magia.

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Jaime trabaja en Cartagena de Indias y le reconoce sus méritos de ciudad bella e histórica, pero su alma reside en Barranquilla, la nada bonita, pero pujante y desprendida ciudad de inmigrantes a una hora y media en carro al este. Es en Barranquilla donde Jaime se siente más libre, y donde le sale su lado más canchero e irreverente. Ahí se viste de guayaberas teñidas de todos los colores del arcoíris y no luce ni actúa como un ejecutivo. Viaja cada fin de semana a su apartamento allí y todos los domingos almuerza con sus padres, junto con los hermanos que estén a la mano. Son una familia de cinco hijos, de la cual Jaime es el hijo mayor. La música es la piedra de toque familiar. Todo gira en torno de ella. Los Abello Banfi se quieren mucho. “Cada Navidad, sin excepción –agrega Jaime con orgullo– nos reunimos todos en Barranquilla”. Jaime es un autodeclarado “omnívoro” de las artes. Lee con voracidad y en música es igualmente goloso: “Oigo de todo, empezando por la música clásica –soy beethoveniano–, jazz –Miles Davis– y toda la música cubana, pero lo que bailo con más sabor es la salsa y la cumbia…”. Ha sido cineclubista y fundador de la Cinemateca de Barranquilla y hace unos pocos años encontró tiempo para producir un largometraje. El Carnaval de Barranquilla reúne, sin embargo, todas sus pasiones, y él mismo dice: “Del Carnaval soy agitador y directivo”.

Cada año Jaime se convierte en rey Baco, en emperador o marimonda y, durante dos semanas, desde la Guacherna hasta la Batalla de Flores, baila por las calles de su ciudad de día y de noche, junto con su séquito de amigos cortesanos, miembros de la comparsa de la que fue cofundador, “Disfrázate como quieras”. Natalia Algarín recuerda cómo hace dos años Jaime apareció como el diablo. “Sacaba la lengua y puyaba a la gente con el trinche. Le gustaba hacer de malo, de uno muy pícaro, pero también muy gozón”.

La primera vez que me uní a él en una de estas jornadas, Jaime (de marimonda) me agarró del brazo y, bailando siempre, me empujó hasta el borde de la calle donde estaban los espectadores amontonados, y les gritaba, “¡Este es un gringo! ¡Putéen al gringo!”, y se mataba de la risa. Y, claro, riéndose a carcajadas, ellos cumplieron y me putearon, y yo me reí, y no pasó nada, porque inmediatamente me saqué el clavo puteando también a Jaime, y seguimos bailando, calle abajo.

 

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Enero
07 / 2014

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