Felipe Ossa, medio siglo como librero

El director de la Librería Nacional cumple 50 años como librero. Admirador de los libreros jóvenes, sabe que su pasión es algo que cada día será más y más raro.

Perderse entre libros –en una librería o una biblioteca– es facilísimo. El tiempo se va en la búsqueda de ese título que, como un gran amor, nos cambie la vida. Felipe Ossa lleva toda su vida entre libros. De niño se perdía en la biblioteca de su padre y luego decidió pasear entre los anaqueles de la Librería Nacional, donde ya lleva 50 años como librero, con la misión de guiar con sutileza a quienes entran en sus locales buscando ese libro preciso que los hará lectores.

Hace unos días se tomó unas horas –sin lugar a dudas es un excelente conversador– para hablar con Revista Diners sobre este tiempo como lector empedernido, la profesión de librero, los libros que ya llegan hasta el techo de su oficina y sobre cómo ve el futuro de las librerías.

¿De dónde viene su pasión por los libros?

Por mi papá que fue librero y un apasionado bibliófilo. Amaba los libros y tenía una biblioteca de más de diez mil volúmenes –tres enormes habitaciones– y una gran curiosidad por la literatura, la ciencia, el arte. Su pasión me hacía creer que el mundo giraba alrededor de los libros y que después de ellos no había nada. Así crecí.

¿Y cuál fue ese momento clave que lo convirtió en lector?

Cuando mi papá me llevó La Isla del Tesoro. Tenía nueve años y estaba enfermo y aburrido y mi papá me sugirió leer ese libro, me dijo “te va a encantar”. Y claro, empecé y no paré hasta que terminé de leer en la noche. Fue ahí cuando tuve la intuición de lo que era la literatura. Entonces quise leer otro libro de Stevenson, y otro, y de otros autores.

¿Y cómo llegó a ser librero?

Fui poco disciplinado con la educación y cuando vinieron los reveses de fortuna que suceden en las familias me tocó trabajar, y en lo primero que pensé fue trabajar en una librería, porque no sabía hacer absolutamente nada, no había ido a la universidad. Me presenté en La Nacional de Cali y el dueño, Jesús Ordóñez, que era un gran librero y maravillosa persona, me recibió. Ahí entré y nunca salí.

Y han pasado 50 años de eso… 

Al principio pensé que iba a trabajar un tiempo, quería dedicarme a otra cosa. Me gustaba el mar y quería ser marino. Pero fui metiéndome en ese universo de los libros y cuando menos pensé habían pasado un montón de años. Y como me gustaban los libros y estaba en un lugar al que llegaban cientos de paquetes con libros, me sentía en el paraíso. Lo que me fue encerrando todavía me sigue atrayendo.

¿Y qué le enseñó Jesús Ordóñez del oficio de librero?

De mi padre aprendí a amar los libros y la lectura. Pero de Jesús Ordóñez aprendí el oficio de ser librero de verdad, porque él era librero absoluto y me transmitió la pasión por el oficio. No había libro que no tuviera un lugar en la librería. Era una persona liberal pero conservadora, por decirlo de alguna forma, entonces vendíamos marxismo, ultraderecha o izquierda. Me enseñó que el librero debe tener una amplia bibliografía, libros de todos los temas, que debe respetar el gusto del lector. Y a estar en contacto con la gente, porque uno aprende muchísimo de los clientes.

¿Cree usted que es una profesión en decadencia?

Hay entusiastas del libro, pero en las librerías del mundo ahora hay dependientes que alcanzan un libro sin enterarse del contenido. El librero debe saber que esto es un oficio que se aprende en el camino. Es como ser catador de vinos: hay que probar mucho antes de saber que algo es bueno. Así que sí, es una profesión en decadencia, además porque el libro se ha transformado.

¿Lo digital reemplazará al libro como lo conocemos?

Los libros no desaparecerán porque son ideas y le gente está pensando siempre, soñando siempre, y a veces quiere llevar esos sueños al papel. Aunque parezca egoísta, pienso en que a mí ya no me tocará el apocalipsis del libro. Si dijeran que va a caer la bomba atómica, a mí ya no me importaría. Estoy en mi refugio, con mis 8.000 libros, no necesito nada más.

¿Y este boom de librerías independientes y editores jóvenes?

Admiro y respeto mucho el anhelo de la gente joven de montar librerías o pequeñas editoriales, porque las grandes empezaron siendo pequeñitas. Siento alegría y algo de ternura, aunque también soy escéptico con que tengan resultados económicos o comerciales. Estos jóvenes son los guardianes de la cultura. Si no hubiera gente con esta devoción, se perdería mucho de lo que verdaderamente es valioso. Son como los monjes que conservaban manuscritos, que no lo hacían por una cuestión económica. Lo que tienen a favor las editoriales pequeñas es que publican cosas más arriesgadas. Editar y vender libros constituye una aventura, un azar. Pero pasa que las grandes editoriales han caído en el comercialismo absoluto: o sale y se vende o no sirve.

¿Qué añora de otras épocas de la librería?

Hace años los libros eran huéspedes más permanentes en la librería. Se podían encontrar títulos que llevaban 10 años esperando a alguien. Ahora llega tal cantidad de libros que si al año no se devuelven, no caben. Nosotros recibimos 800 novedades mensuales. Son demasiados libros para la poca demanda que hay. Gabriel Zaid dice “si va a una librería y ve un libro que le gusta, cómprelo, porque seguramente no lo va a volver a encontrar”.

¿En qué fue pionera La Nacional?

En sus inicios tuvo muchas cosas que no tenían otras librerías. Por ejemplo el autoservicio. También fue la primera en poner cafeterías en cada punto de venta y luego empezar a abrir locales en centros comerciales. En Barranquilla y Cali, donde surgió la librería, no había aire acondicionado en los almacenes, así que fue muy innovadora en esto. También auspiciamos el Festival de Artes de Cali en los sesenta, tuvimos un teatro, hicimos una revista, sacamos un periódico en Barranquilla y hasta editamos libros.

¿Qué le queda por hacer?

Leer. Si me preguntaran, como en un cuestionario Proust, cuál es la idea de la felicidad, yo diría que un rincón con unos libros. Eso me apasiona. Como decía Canetti: mientras yo tenga libros pienso que no voy a morir.

Sigamos con la idea del cuestionario Proust: ¿Con quién le hubiera gustado sentarse a charlar?

Con Dickens, que es de mis autores favoritos, o con Cabrera Infante, por su ironía, por su conocimiento del cine.

Un autor imprescindible…

Por el impacto inicial, porque él me hizo entender la literatura, Robert Louis Stevenson.

¿Y uno colombiano?

No responderé como reina de belleza a esta pregunta y más bien le voy a contar de un autor que fue entrañable para mí en su momento. Tomás Carrasquilla era el autor favorito de mi abuelo y cuando tenía 11 o 12 años iba a su casa, donde estaba la obra completa de Carrasquilla, y leíamos en voz alta.

¿Una escritora?

Virginia Woolf. Y la edición que tengo de Orlando en la traducción de Borges.

¿Un género?

La historia y las memorias, aunque empecé leyendo novelas y cómics. Una de mis aficiones dentro de la lectura ha sido la vida de los grandes editores. Tengo muchísimos libros sobre eso. He leído sobre la vida de Gallimard, de Feltrinelli, de Einaudi, y es ahí donde se puede notar que antes este negocio tenía otro impulso. Era muy romántico ese afán de querer trascender a través de las obras de los grandes autores.

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