SUSCRIBIRME
INICIO//Actualidad//Perfiles//Conversación con el Dalai Lama

Conversación con el Dalai Lama

De cómo un hombre de túnica vino tinto y sonrisa cándida se volvió un fenómeno de masas por pregonar un estilo de vida que convoca por su humildad y sentido común. Primer plano del Dalai Lama.

De cómo un hombre de túnica vino tinto y sonrisa cándida se volvió un fenómeno de masas por pregonar un estilo de vida que convoca por su humildad y sentido común. Primer plano del Dalai Lama.

El día que conocí al Dalái Lama fue en un contexto académico, en la Universidad de Columbia en Nueva York. Tomaba una clase de filosofía sobre budismo indo-tibetano con el profesor Robert Thurman. Él nos invitó a algunos de sus estudiantes de posgrado y doctorado a asistir a un evento que era parte de una serie de conferencias llamadas World Leaders Forum. Era el 26 de septiembre de 2005.

Recuerdo que esa mañana nos entregaron un papelito completamente en blanco; yo lo devolví de inmediato pues pensaba que era un error, pero no, esa era la boleta. “Qué vaina tan budista”, pensé burlona: me están invitando a la nada.

Mis expectativas eran más cinemáticas que filosófico-religiosas ya que habían circulado rumores acerca de la presencia de la hija de mi profesor, la fabulosa Uma Thurman, y también del actor Richard Gere, estudiante dedicado de budismo. Para mi mente adormilada de estudiante la promesa de encontrarme en un mismo recinto con estas bellas semideidades hollywoodenses era un incentivo suficiente para ir. Esto contribuyó a la premonición de que me disponía a entrar en un mundo al margen de mi realidad.

Iba pensando en estas cosas, dándole vueltas al papelito en blanco, siguiéndolo en mi mente como al conejo de Alicia en el País de las Maravillas, cuando entré en el recinto de Low Library. Adelante, frente a un fondo azul rey vi por primera vez los colores característicos amarillo quemado y vino tinto del hábito de monje de su santidad, el décimo cuarto Dalái Lama del Tíbet.

Hoy, veo en retrospectiva esa mañana y puedo aseverar sin exageración que ese momento cambió mi vida. Efectivamente fue cierta la premonición, estaba por cruzar un portal para acceder a una realidad distinta, pero no era para nada la que me imaginaba. (Si están esperando la parte en la que describo una experiencia con tonos sobrenaturales o, en su defecto, una descripción del encuentro que incluya chakras, auras, cristales, astros o cualquier descripción que requiera efectos especiales, les recomiendo que paremos aquí y, mejor, se dirijan a su librería esotérica local).

El encuentro con el Dalái Lama no fue una visión sobrenatural que en el acto emitió rayos de energía búdica espiritual que me produjeron una transformación instantánea ni a mí ni a ninguno de los asistentes de ese día.

Vea tambien: “El río Ganges podría desaparecer en menos de 100 años”

Su intervención se ocupaba con pulcra precisión académica de la importancia de la biodiversidad en la meseta tibetana. Hablaba de preservación ecológica y de modelos de sostenibilidad enmarcando su charla dentro del concepto budista de la “interdependencia”, es decir que todas las cosas tienen causas y consecuencias, todo existe en relación con lo demás y nada posee una existencia intrínseca desconectada del resto de los fenómenos. Proteger el planeta, proteger nuestros alimentos, y por ende cuida nuestra salud física y mental.

El Dalái Lama define el budismo en su concepto más básico como: “Si puede ayudar a otros, hágalo, si no, por lo menos no les haga daño; y no solo a otros seres humanos, sino a todos los seres vivos”. Lo que decía apelaba a un mensaje racional de ética secular universal, independientemente de la religión que cada uno profese, que era imposible no sentirse convocado por ello.

El año siguiente a este encuentro, fui invitada por el centro budista Yamantaka en Bogotá para filmar un documental sobre su primera visita a nuestro país que se titularía: Un monje tranquilo en un país inquieto. Recuerdo que al terminar la rueda de prensa al final de su primer día alguien le pidió “un mantra para la prensa que sufre mucho en Colombia”. El Dalái Lama contestó: “¿Mantra?… No sé, yo soy un monje budista, un creyente, pero a veces soy escéptico acerca del poder del mantra. Es la combinación de la mente y de un corazón cálido lo que hace que realmente ocurra un cambio positivo”.

Me atrevo a especular que gran parte de su popularidad masiva mundial se debe a este principio del Dalái Lama de poner como prioridad la razón y la calidez humana en todas sus interacciones; en el documental en Colombia logramos captar la atención con la que escuchaba a la hija de una mujer secuestrada; lo hacía sin apresurarse a emitir juicios. Esto lo he observado muchas veces, cómo él parece notar siempre a las personas más humildes de un grupo, cómo mantiene el buen humor hasta en los momentos más pomposos, pero sobre todo, cómo valora la razón y la realidad por encima de cualquier dogma.

En el 2009 logré llegar al Tíbet fuera del Tíbet, a Dharamsala, la capital en el exilio en India. De las fugaces y memorables ocasiones en las que he tenido el privilegio de estar cerca de él, como aquella vez en la que asistí a una audiencia con trece personas en su residencia privada, observé la práctica de este principio en pequeños detalles. Recuerdo que al final de la conversación –que abarcó temas tan variopintos como la falta de un buen alcantarillado en su pueblo y la importancia de las personas por mantener su propia religión pues cada tradición lleva consigo parte de la cultura–, cuando llegó la hora de la foto final, todos nos apresuramos para pararnos junto a él. Éramos un grupo, en su mayoría practicantes budistas, y con más de un neoyorquino asertivo e impaciente.

El Dalái Lama tomó de la mano a la persona con actitud más humilde que se había quedado respetuosamente atrás, sin empujones. Así fue como mi mamá, la pintora María Morán, quedó junto al Dalái Lama en la foto. En realidad fue perceptivo pues escogió a la persona con actitud más sencilla del grupo, pero quien ya había logrado un importante intercambio cultural al haber gestionado la llegada de dos monjes-artistas de su monasterio para realizar la primera pintura mandala tradicional de arena en Colombia.

Vea tambien: El secreto de las artes marciales

Este es un ejemplo entre muchos, pero poco a poco he logrado intentar comprender la importancia de la labor del Dalái Lama y el budismo como una investigación sobre la realidad, sin mantras, ni mezclas de hierbas milenarias en palos de incienso, sin sonidos curativos de cuencos de varios metales, ni esculturas de mantequilla, ni monjes con canciones atonales. Todo esto vendría después. Ese primer día en la conferencia fue su demostración del uso de la mente, el poder del pensamiento racional combinado con una profunda compasión por todos los seres vivos lo que me impresionó.

Después entendí que no era la única, pues la estructura del foro continuó del siguiente modo: un grupo de profesores universitarios de prestigiosas instituciones como Cornell y la Universidad de Yale, entre otras, realizaron presentaciones consecutivas y le leían con sumo respeto al Dalái Lama ensayos de varias disciplinas que se habían beneficiado de algún modo de los Estudios Tibetanos. Hablaban de “neuroplasticidad”, de la capacidad del cerebro de cambiar y adaptarse a su entorno, y decían que la felicidad podía también cultivarse del mismo modo que un pianista aprende una partitura, con la práctica, excepto que la habilidad que aprendemos es la compasión y el bienestar de la mente.

Más de dos mil quinientos años de conocimiento tibetano aplicado a la salud de la mente, a promover estados de felicidad mediante las prácticas de la meditación, el altruismo y la compasión encontraban eco en estudios recientes de neurociencia, física, medicina y psicología en las facultades de las universidades contemporáneas. El Dalái Lama dice que la “única felicidad verdadera consiste en la paz de la mente que no depende de las circunstancias”. Allí pude entender la magnitud de esa portada de la National Geographic en donde un maestro tibetano budista aparecía con la cabeza cubierta de electrodos. Esa devoción del mundo profundamente racional por las enseñanzas budistas todavía hoy despierta mi admiración y me despierta muchas preguntas.

En octubre de este año, al final de una serie de charlas en el teatro Beacon de Nueva York, el Dalái Lama responde a una pregunta del artista y disidente chino Ai Weiwei, mostrando su esperanza de retornar al Tíbet y añade, al terminar, que no hay que ser Ai Weiwei para aprovechar el potencial que todos tenemos para cambiar este mundo. Los tres mil que estábamos allí sentimos esas palabras como un motor. Observé entonces en mi mano izquierda un pucho de postales que promocionaban el estreno en inglés del documental: A Serene Monk in a restless country | Un monje tranquilo en un país inquieto, en mi mano derecha mi cuaderno de apuntes y los hilitos rojos alrededor de la muñeca que marcan las veces que he asistido a enseñanzas con el Dalái Lama. Qué largo camino que empezó con un pedacito de papel en blanco, pensé, y que me ha llevado por Mysore, Dharamsala, Nueva York, Bogotá, y hasta, virtualmente, a Lhasa en China. Todavía guardo el papelito blanco que me recuerda con su espacio tan vasto la medida de todo lo que me falta por aprender.

INSCRÍBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL

Ver términos y condiciones.
Diciembre
17 / 2013

Send this to a friend