Foto: Revista Diners
noviembre 24, 2015
Cultura

Nereo Saber Ver: un homenaje a Nereo López

Entre las recomendaciones literarias del mes de Juan Gustavo Cobo Borda, se encuntra este hommenaje al fotógrafo Nereo López.
POR:
Juan Gustavo Cobo Borda

NEREO, SABER VER

Textos de Eduardo Serrano. Entrevista de Jaime Abello.

Promigas. Editorial Maremágnum.

Bogotá, 2015.

352 páginas

Este blanco, “con sangre de negro costeño”, como se definía a sí mismo Nereo López, es un fotógrafo de visión incomparable, como sucede con tantos grandes autodidactas del arte colombiano. Fotorreportero en El Espectador, Cromos y O Cruzeiro, en Brasil, se empapó de los ambientes de cada país, cámara en mano, para darnos el mundo del Caribe, pescadores y galleros, quillas de barcos desguazados. Del altiplano cundiboyacense, entierros con su ataúd por las cornisas de la cordillera; o el carnaval de blancos y negros en Pasto, para solo enumerar tres núcleos de su obra, que con conocimiento a fondo de Eduardo Serrano en sus textos y la pericia editorial que distingue a José Antonio Carbonell, nos llega en este recuento de una vida de humor y trabajo.

Tuvo tres matrimonios, aunque aclaró: “nunca pude amoldarme bien a la estricta y algo desabrida vida marital” y, al final de los años, se instaló como joven aventurero para captar con cámara oculta las piernas de las viajeras en el metro de Nueva York. No solo había sido un historiador a su modo al registrar el entierro de López Pumarejo, las visitas de Pablo VI y Kennedy a Colombia y el Nobel a García Márquez en Estocolmo, sino que fijó ese país de alegría desbordada y borrachos taciturnos, de policías repartiendo bolillo, de pobreza afrentosa y de ternura compartible hacia niños dormidos en el cuello del padre.

Lo acompañaron en sus aventuras editoriales varios escritores de primer orden, como Manuel Zapata Olivella, o Germán Arciniegas y Jaime Paredes, nos queda la tranquilidad de que en la Biblioteca Nacional se conservan más de 100.000 negativos, con la curaduría en restauración de Sandra Angulo. Allí, y en este libro de primer orden, Nereo nos aguarda con sus encuadres originales y su compenetración no solo con la figura de Alejandro Obregón, sino con los humildes y sufridos del país. Trasciende el dolor en el vuelo poético de ríos y cielos, árboles y huesos que nunca quedaron mejor caracterizados que en los rostros salvados del naufragio por este cartagenero incomparable.

De las transparencias de 35 mm a los formatos digitales, Nereo cambió y fue fiel a su idea básica de la foto como arte y como testimonio. De ahí que sus inicios en la Barrancabermeja petrolera, sus obreros en la refinería, los braceros y bogas del Magdalena, ya nos dan la plasticidad del blanco y negro, la tensión escultórica del cuerpo y las coordenadas sociales de una condición tantas veces afligente. Como sucedió luego en Paz de Río. Nereo supo no solo encuadrar la fecha histórica (Bogotá, 10 de mayo de 1957, caída de Rojas Pinilla) sino ampliar nuestro horizonte visual con aquellos exhaustivos fotorreportajes como los que dedicó a La Guajira o a Valledupar, donde el ciego que arregla acordeones o las mujeres con pañuelos en la cabeza y los rostros teñidos de negro para protegerse del sol integran una simbiosis perfecta con sus burros laboriosos y el árido desierto que ayer como hoy clama por agua.

El país ignorado que emergía seguía marcado por el peso de lo religioso en objetos de culto, ceremonias y curas. Pero se vislumbraba otra dimensión: Nereo hombre de callo, paseador incurable siempre atraído por rostros y cuerpos de mujeres. O incluso, ya en sus últimos años, el Nereo que experimenta con nuevas técnicas y el color en una renovación incesante de sus ojos fotográficos que supieron ver mejor que nadie.

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