Chile, un destino de referencia para el mundo

Durante varios días, Diners recorrió viñedos y bodegas para constatar el rumor de que este país austral está transformándose a pasos agigantados en un nuevo punto de referencia para el mundo.

Desde hace más de medio siglo, Chile se ha dado a conocer como despensa de vinos buenos, bonitos y correctos. Pero en el último lustro, el país suramericano se ha convertido en uno de los productores más innovadores y dinámicos del mundo.

Si es preciso establecer el momento cumbre de esta transformación, habría que remitirse al fatídico terremoto de 2010, responsable de haber estremecido los cimientos de la industria. De alguna manera, fue una excusa para reinventarse.

Durante décadas, el valle Central, en inmediaciones de Santiago, constituyó el epicentro de la producción vitivinícola. La topografía plana y la cercanía a los puertos y centros de consumo justificaron la rentabilidad del negocio. ¿Para qué ir más allá?

Hoy en día, sin embargo, la transformación del vino chileno puede apreciarse desde el caluroso desierto de Atacama, en el extremo norte, hasta la lluviosa y fría región de Itata, en el extremo sur. De variedades como Cabernet Sauvignon, Merlot, Carménère y Chardonnay –emblemáticas de la oferta chilena en los últimos cincuenta años–, se ha pasado a un abanico de variedades y estilos que no existían hace una década.

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Valle de Colchagua, en Apalta, sede de algunas de las casas más reconocidas de Chile

Esto ha implicado, por supuesto, una ruptura de paradigmas, motivada por una búsqueda de identidad. Y es algo que se percibe casi a diario en toda la geografía vitivinícola chilena. Por tanto, es emblemático iniciar este recorrido de transformación con Viña Ventisquero, que se salió de la comodidad del valle Central, emprendiendo un recorrido de más de 1.600 kilómetros hacia el norte, hasta llegar al valle de Huasco, en el desierto de Atacama. Allí, el enólogo Felipe Tosso elaboró tres vinos naturales bajo el sello de Tara, que hoy son admirados no solo por su osadía, sino por transmitir con ellos una sensación de lugar, sin artificios alquimistas (como estabilización, filtrado o crianza en madera). “Son lo que son y nada más”, dice Tosso. Esta búsqueda, como señala el crítico chileno Patricio Tapia, consiste en “resaltar las características de la fruta por encima de cualquier otra cosa”, sin ninguna restricción.

Unos 1.500 kilómetros hacia el sur, una bodega tradicional como Viña Errázuriz, se ha atrevido a salir del caluroso y seguro entorno del valle de Aconcagua para abrir un frente de producción en la zona costera de la misma región. Errázuriz extrae de allí nobles y elegantes Sauvignon Blanc, Chardonnay y Pinot Noir, de clase mundial, en los que sobresalen la expresión frutal y una atractiva sensación de frescura. Todo esto gracias a un mayor nivel de acidez natural, facilitado por la lenta maduración de la uva, en un ambiente moderado por las brisas marinas.
Aconcagua, sin embargo, guarda algunas sorpresas más clásicas, como el proyecto de Mauro Von Siebenthal, un abogado suizo que llegó a la región con la idea de convertirla en una especie de Grand Cru bordelés. Sus ensamblajes de Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Merlot y Petit Verdot son realmente excepcionales.

Más al sur, en los valles de Casablanca, Leyda, San Antonio, El Rosario y Lo Abarca –próximos al océano Pacífico–, nació a principios de los años noventa la primera estrategia chilena de aprovechar las bondades de su diversidad territorial para cambiar la percepción de sus vinos, hasta entonces estáticos y sin gracia.

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Los Sauvignon Blanc, Chardonnay, Riesling, Gewürztraminer, Merlot y Cabernet Franc de estas zonas frías han alcanzado reconocimiento global, y hoy se equiparan con los mejores ejemplares de Francia, Oregon, Alemania y Nueva Zelanda. Son vinos frescos, frutados y elegantes, muy alejados de aquellos robustos tintos y blancos del pasado. Toma distancia en su brillante ejecución Viña Morandé, creada por Pablo Morandé, conocido como el “Descubridor de Casablanca”.

Pero quizás lo más interesante de la geografía costera chilena es el Syrah de clima frío, ligero y chispeante, que se acerca más a la versión original de la variedad, en el valle del Ródano, que al Shiraz australiano, denso, robusto y pesado. Fruta fresca, ante todo. A la hora de probar esta variedad chilena es recomendable buscar bodegas como Matetic, Casa Marín, Luis Felipe Edwards y Casa Silva (viñedo Paredones).

RENOVACIÓN EN EL MAIPO

En Maipo, corazón del valle Central, la última tendencia consiste en renovar el perfil de la variedad bandera de Chile: el Cabernet Sauvignon. Hasta hoy, ha predominado un estilo homogéneo, demasiado maduro y con una crianza excesiva en madera. El nuevo estilo, con fruta más fresca y menor cantidad de añejamiento, está presente en los vinos de bodegas como Pérez Cruz, y de grandes emprendimientos como Marqués de Casa Concha y Santa Carolina.

Esta revitalización del Cabernet Sauvignon le ha permitido a Chile retomar su liderazgo con una cepa que representa la tercera parte de todas las variedades plantadas en el país. Destaca aquí también la creación de un Syrah excepcional, hecho por Viña Maipo, localizada en un punto donde se encuentran las brisas del Pacífico con las corrientes de aire provenientes de la cordillera de los Andes.

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En Chile se producen millones de barriles de vino anualmente. Esta bodega pertenece a la casa Montes Wines.

Foto: Daniel Neto/Creative Commons

Camino al sur, por la carretera Panamericana, existen varias desviaciones hacia la costa. Un caso es la región de Cachapoal, llena de interesantes sorpresas, como la bodega y hotel Vik, en la zona de Millahue, donde se ha venido elaborando un único vino tinto, digno de probar y de guardar en la memoria.

Contigua a Cachapoal está Colchagua, donde tienen su sede algunas de las casas más reconocidas de Chile en el mundo. Allí también se vive un sismo de transformación, visible en bodegas centenarias como Casa Silva, que ha renovado el portafolio de vinos en función de sus nuevos viñedos costeros y sureños.

En la zona de Apalta, un cerro tutelar donde abundan en el suelo los residuos graníticos, es donde vienen aflorando interesantes desarrollos colchagüinos. Los vinos procedentes de este entorno se caracterizan por una intrigante carga mineral, que los hace únicos y longevos. Entre ellos figuran el Montes Folly, Purple Angel y Montes Alpha M, de la bodega Montes; el Pangea, de Ventisquero; y el Clos de Apalta, de casa Lapostolle. Otras interesantes incursiones han estado en cabeza de Luis Felipe Edwards, cuya bodega ha colonizado un empinado cerro para cultivar cepajes distintos de los que produce Chile, como Carignan, Cinsault y Tempranillo. Igualmente interesante es la creación de vinos de bajo costo hechos por Viña Santa Helena, en los que la expresión frutal de la variedad está claramente definida en cada copa.

Incluso, la misma casa Montes ha iniciado un proyecto de vinos extremos, provenientes de viñedos marginales en Zapallar, Apalta e Itata. Justamente este último es otro de los fenómenos recientes de la vitivinicultura chilena, no solo por el rescate de variedades olvidadas, sino por el aprendizaje de técnicas de elaboración que se remontan a los periodos de la conquista y colonización.
Itata fue el lugar donde los colonos ibéricos plantaron las primeras parras de uva País y de las francesas Cinsault y Muscat, hoy rescatadas. Estas vides se plantaron como arbustos silvestres y así se han mantenido hasta hoy.

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Viñedo de Zapallar, ubicado a siete kilómetros del océano Pacífico

En la actualidad, los enólogos jóvenes se sienten atraídos por estas condiciones naturales, complementadas por una viticultura sin riego y condiciones climáticas ideales. En un reciente artículo publicado por la revista inglesa Decanter, el enólogo Fernando Almeda, de la bodega Miguel Torres Chile, señaló que Itata es una forma de rescatar la historia chilena del vino. “Nos hemos desarrollado tan rápido (en los siglos XX y XXI) que nos estamos olvidando de dónde venimos”.

EL RENACIMIENTO DE ITATA

Según sugiere el periodista inglés Alistair Cooper, el regreso a Itata constituye un retorno al pasado para avanzar hacia el futuro. Esta localidad, situada a 500 kilómetros al sur de Santiago, se considera la cuna de la vitivinicultura local.

Las primeras vides llegaron allí en 1551, procedentes de las Islas Canarias, vía Perú. Estas variedades continúan dominando las pequeñas parcelas de la región. La suerte de Itata ha oscilado de manera considerable. En 1860 era el epicentro de la actividad vitivinícola chilena, responsable del 80% del total de la producción. Sin embargo, la revolución en el valle Central, impulsada por la incorporación de variedades nobles francesas como Cabernet Sauvignon, Merlot y Chardonnay, marginaron la región sureña. Esta marginación se acentuó tras el éxito de las bodegas estilo bordelés establecidas en la zona central por ilustres y adineradas familias como los Errázuriz, Concha y Toro, Cousiño Macul y Undurraga.

A Itata se le comenzó a mirar por encima del hombro debido a su concentración de variedades olvidadas y a anticuadas técnicas de elaboración. Lo irónico del asunto consiste en que estas características son precisamente las que han dado lugar a su renacimiento.

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