Ushuaia y el Calafate: un viaje al fin del mundo

Un recorrido por Ushuaia y El Calafate es un viaje hacia la naturaleza en su máxima expresión.El glaciar más grande del mundo, nevadas súbitas, atardeceres que nunca terminan, pingüinos en su hábitat y el aire puro de la Antártida son razones para perderse en el punto sur del continente.

Son las 11 de la noche, pero el cielo del fin del mundo, en el punto más al sur del continente americano, se resiste a cerrarse. Todo parece, menos una noche. En pleno verano, la atmósfera deja ver un color similar al de las seis de la tarde de un día tradicional en Colombia, salvo porque ni siquiera las altas horas traen la oscuridad. Por el contrario: en la atmósfera, un brillo intenso permanece siempre en el horizonte bajo, proveniente del sol que ilumina el otro lado del mundo. Ubicada a apenas mil kilómetros de la Antártida, la ciudad de Ushuaia es la ventana final de América y también la primera que recibe la luz de la mañana, cuando a las cuatro de la madrugada despunta el sol en el horizonte.

Allá, en el lugar donde los animales más resistentes al frío convergen, donde los leones marinos persiguen a los pingüinos y donde las gaviotas, las liebres y los zorros transitan por los bosques sin restricciones ni rejas, el día se hace eterno en el verano y las posibilidades de realizar actividades al aire libre se incrementan. Igual, es el fin del mundo habitado: llegar allá toma en avión casi cuatro horas desde Buenos Aires y 6.644 kilómetros desde Bogotá. Llegar allá implica, aun en verano y con temperaturas que superan los 32 grados centígrados en la capital argentina, llevar guantes resistentes al frío y soportar una ocasional nevada. Significa contar con una chaqueta de plumas abrigada y ropa térmica capaz de resistir bajas temperaturas porque los vientos antárticos soplan con extrema fuerza y bajan la sensación térmica unos cuantos grados.

Y significa desconectarse en un lugar en el que Internet es costosa, la gasolina es mínima, los hospedajes son en cabañas de madera, buena parte de ellas de lujo, y los planes son todos de visitas a parques naturales y lagos, de interacción con los animales que vagan libres en su hábitat o de recorridos por el mar a través del estrecho del Beagle, el mismo que cruzó Charles Darwin en su viaje emblemático que le permitió llegar a formular la teoría de la evolución.

Cerca de ese punto también cruzó Magallanes en su vuelta al mundo, cuando descubrió que había un estrecho que unía el Atlántico y el Pacífico, y allí habitaron los indígenas desnudos de la etnia yámana, que soportaban el frío y los vientos gélidos cubiertos apenas con la grasa de las focas que cazaban. La etnia se extinguió por las enfermedades que les llevaron los occidentales. Lo mismo sucedió más arriba, con los sucesivos habitantes patagónicos, algunos de ellos –como los onas– verdaderos gigantes de las estepas, donde todavía hoy el viento barre con todas las trazas de contaminación, y donde el aire es tan limpio que se puede ver en una carretera un auto a diez kilómetros de distancia sin ninguna distorsión, y donde los atardeceres son perfectos, sin una mancha ni una ligera bruma siquiera.

El otro destino, ochocientos kilómetros más hacia el norte, es el más visitado de toda la Argentina, a pesar de tratarse de un pueblo diminuto que apenas ha visto crecer su población en los últimos quince años, y que carece de estaciones de gasolina y de supermercados eficaces, pero que en cambio cuenta con una gama de hoteles del mayor lujo y con una oferta turística de alto nivel que cualquier nación envidiaría. Se trata de El Calafate, un pueblo denominado así por el fruto que se da en la región y del cual se hacen mermeladas y helados de sabor ácido y gustoso. A ochenta kilómetros de allí está una de las maravillas naturales del mundo: el glaciar Perito Moreno, de una altura cercana a los diez pisos de un edificio, o el equivalente a sesenta metros, y de una extensión similar a la de una ciudad capital como Buenos Aires.

Una masa de hielo mágica que se desmorona súbitamente y sigue sin embargo generando nuevos hielos, que produce sonidos estremecedores y hondos como los de un trueno, y que roba el aliento por su majestuosidad. En excelente estado de conservación y a través de tres kilómetros de pasarelas es posible recorrerlo sin alterar su naturaleza, viéndolo desde todos los ángulos. Sus hielos y témpanos flotantes, así como los de otros glaciares, alimentan el lago Argentino, de un color azul hipnótico, quizás el azul más extraño de lago alguno. Ubicado en el Parque Nacional Los Glaciares, atrae al sesenta y cinco por ciento de los viajeros que visitan cada año Argentina. Su belleza sirve a la vez como llamado rotundo a cada visitante por la conservación del planeta.

En El Calafate la aridez reina en los terrenos cercanos al Perito Moreno. Y sin embargo la vida late. Hay, por doquier y en estado libre, zorros, liebres, choiques (avestruces pequeñas), guanacos (especie de llamas), águilas y cóndores, y cruzando hasta el Atlántico, en el parque Manuel León, un bellísimo y casi inexplorado territorio, es posible también encontrarse –en los últimos meses de cada año y en los primeros del siguiente– a los pingüinos en su hábitat, y prácticamente caminar entre ellos, ensordecido por su graznido agudo, y ver cómo los padres empollan los huevos y las madres salen al mar a pescar mientras los depredadores, como el puma, rondan en las cercanías. Su lucha por la supervivencia, vista de frente, realmente estremece.

Esa es la Patagonia del fin del mundo, en las provincias de Tierra del Fuego y Santa Cruz (al norte, la Patagonia se expande a las provincias de Río Negro, con Bariloche como su principal centro turístico, y Chubut, donde se aprecian las ballenas).

En el fin del mundo hay frío y viento, hoteles de lujo y cabañas cómodas, oferta turística de alto nivel y naturaleza en su estado más pleno y puro, animales por doquier y sobre todo algo que se queda en la piel, se graba en la memoria y marca al ser humano: la sensación de infinitud de la tierra inabarcable, y la de pequeñez de nosotros como seres humanos. Esa sensación de ser apenas una brizna en ese paisaje de proporciones descomunales lleva a doblar la cabeza y reverenciar la tierra y respetarla. En la Patagonia recordamos que todo se lo debemos: incluido eso, tan maravilloso, que es el asombro.

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