¿Por qué vale la pena visitar Colomé, Argentina?

En Salta, Argentina, los viñedos, la naturaleza y el arte se mezclan de forma inigualable. En la plantación de vides más alta del mundo, un museo de la luz y vinos concebidos como obras de arte transforman al viajero.

No recuerdo exactamente el momento ni el lugar, pero fue a principios de 2001 cuando leí, en alguna parte, que el multimillonario suizo Donald Hess, metódico coleccionista de arte contemporáneo, empresario de alimentos y hoteles, y dueño de bodegas en cuatro continentes (todo bajo el envolvente apelativo de The Hess Collection), había adquirido Colomé, la casa comercial de vinos más vieja de Argentina, fundada en 1831. Colomé –agazapada en uno de los puntos más altos y solitarios de los Valles Calchaquíes, al noroeste del país austral, no muy lejos de Bolivia– lleva 180 años produciendo vinos de altura, en un entorno de multicolores y escarpadas montañas, donde el ser humano vive y muere, casi sin dejar huella.

De inmediato me di a la tarea de averiguar cómo llegar allí, porque, definitivamente, me atraía la idea de conocer este lugar descrito por muchos como paradisíaco, espiritual y silencioso, colonizado primero por los incas y luego por los españoles, rodeado de riscos moldeados por los vientos y mesetas habitadas por cactus gigantescos. Sin embargo, pronto concluí, por razones de tiempo y fortuna, que Colomé estaba por fuera de mi radar de opciones en ese momento, a pesar de que vivía relativamente cerca de esa tierra prometida, en Santiago de Chile.

Cualquier itinerario para llegar a Colomé implicaba, primero, volar a Buenos Aires y, luego, a Salta, la capital de la provincia del mismo nombre, donde debía abordarse un todoterreno para sortear, por casi cinco horas, un serpenteante y empinado camino, hasta llegar a la localidad de Molinos y después descender hasta Colomé.

Ocho años después, en abril de 2009, volví a enterarme del mítico lugar, cuando Hess inauguró, en inmediaciones de la bodega, un museo de arte dedicado al artista de la luz James Turrell. ¿Un museo supermoderno en un retirado paraje milenario? Entonces, volví a revivir el viejo anhelo de visitar Colomé.

Como ocurre con muchas cosas en la vida, el azar se puso de mi parte. Justamente por esos días, Wines of Argentina estaba invitando a un grupo de periodistas latinoamericanos a visitar Colomé. Salí desde Bogotá y me uní al resto de mis colegas en Buenos Aires, tras un recorrido de 4.699 kilómetros. Allí nos recogió un autobús para llevarnos al aeródromo internacional de San Fernando, localizado en la población del mismo nombre, cerca del monumental delta del río Paraná. En San Fernando nos esperaba un bimotor de 16 plazas que cubriría, sin escalas, los 1.700 kilómetros que nos separaban de Buenos Aires.

Cada vez más cerca

Partimos hacia el mediodía y después de casi tres horas de vuelo, con la imponente cordillera de los Andes por el flanco izquierdo, comenzamos a aproximarnos a Cafayate, la segunda ciudad de la provincia de Salta y una de las joyas coloniales y ecológicas de Argentina. Dormimos en El Esteco, una lujosa y antigua casona, propiedad de los hermanos franceses Michele, pioneros en la producción de vinos en la región.

Al día siguiente partimos hacia Colomé. Serían apenas 140 kilómetros, pero tardaríamos no menos de cuatro horas de viaje, debido a las condiciones del terreno. Durante la marcha, varios durmieron y otros abrimos ligeramente las ventanas para captar alguna imagen memorable. Nuestro paso por una zona conocida como Quebrada de las Flechas fue alucinante. Nos internamos, literalmente, por entre formaciones rocosas de 20 millones de años, muchas de ellas inclinadas como la torre de Pisa, con alturas de más de 20 metros. Durante un bueno rato creímos estar sobre la superficie de otro planeta.

Casi cinco horas después, el chofer comenzó a señalar con el dedo nuestro objetivo final. “Esa es Colomé”, dijo, y los que iban dormidos abrieron perezosamente los ojos. A medida que nos acercábamos, era evidente el aspecto colonial de las construcciones, rodeadas de viñedos, pequeñas casas esparcidas por la planicie y hordas de animales domésticos que huían, temerosos, al oír el rugido del motor.

La placidez reinante me invitó a tomar todo el aire que me cupo en los pulmones, y entonces entendí por qué Hess se había enamorado de Colomé, cuando este empresario suizo visitó la bodega, por primera vez, en 1998. Tanto como la geografía lo atrajo la existencia de viejas parras y la posibilidad de trabajar una agricultura orgánica, sin uso de herbicidas ni de pesticidas. De hecho, Hess pronto introdujo allí el concepto de viticultura biodinámica, según el cual hasta la posición de los planetas y los ciclos de la Luna inciden en el crecimiento de las plantas y en los tiempos de cosecha. Y, por supuesto, en la calidad y el espíritu de los vinos.

Además, Hess acogió a los antiguos pobladores de la zona para que lo acompañaran en estas tareas, mejorando sus condiciones de vida con un centro de salud, iglesia, escuela e ingresos estables. Colomé es la cuarta bodega de Hess en el mundo. Las otras tres están en California, Australia y Sudáfrica. Pero esta se lleva el título de ser la más antigua y acogedora. Para Hess y para Ursula, su esposa, es su “casa fuera de casa”.

Un pasado de abolengo

La historia cuenta que Estancia Colomé fue construida por Nicolás Severo de Isasmendi y Echalar, un exgobernador español de Salta. La casa y la bodega estuvieron en manos de la familia durante más de un siglo y medio. En 1982 Raúl Dávalos, descendiente de los fundadores, vendió Colomé al Grupo Hess en 2001.

Donald y Ursula se dieron a la tarea de recuperar todos los viñedos antiguos, al mismo tiempo que comenzaron a explorar nuevos territorios. En 2003 iniciaron un nuevo proyecto a 3.111 metros sobre el nivel del mar, al que denominaron Altura Máxima. Hoy esta finca mantiene el récord de ser la plantación de vides más alta del mundo.

Desde 2005, los vinos de Colomé han estado a cargo del enólogo francés Thibaut Delmotte, quien, tras recibirnos, nos convidó a una degustación guiada mientras el Sol se ponía justo detrás de las montañas. Un rayo de luz, cálido y penetrante, cruzó la mesa, las copas y las botellas como preámbulo a nuestra cata.

Empezamos con un Torrontés joven, que sugería aromas a rosas, miel, limón y pomelo, dueño de una gran discreción y elegancia. Enseguida Delmotte abrió una botella del Colomé Estate Malbec, un tinto de altura, hecho como si se tratara de una pequeña obra de arte. Pero, sin duda, el vino que nos puso a todos a levitar fue el Colomé Reserva Malbec, cuyas uvas provenían de viñedos de entre 90 y 150 años de edad. Con aromas a frutos negros maduros, e insinuaciones especiadas y textura firme, este Malbec ya se ha convertido en uno de los íconos de Argentina.

Delicias andinas

Al terminar la degustación, nos preparamos para pasar la noche en Colomé, bajo una lluvia de estrellas y la atención de los operarios de Estancia Colomé, un pequeño hotel boutique de lujo, con nueve habitaciones y un restaurante gourmet.
Delmotte nos acompañó a cenar y durante los aperitivos nos dijo que los ingredientes se cultivaban en la huerta. Los platos de la noche incluían preparaciones andinas del norte argentino, como un cordero de Colomé cocido en horno, con puré agridulce de zapallo y verduras. Tras una amena conversación de sobremesa, partimos a la cama.

Las primeras luces de la mañana se filtraron por el balcón de mi habitación, y, de alguna forma, ese destello matutino era un presagio de la otra gran sorpresa de Colomé. Después del desayuno, caminamos por los viñedos, en dirección al James Turrell Museum, una verdadera rareza en este alejado paraje rural. El museo abrió sus puertas al público el 22 de abril de 2009, y casi de inmediato periodistas y críticos del mundo hicieron el peregrinaje hasta Colomé porque, simplemente, no había un espacio parecido en ninguna otra parte del planeta.

La historia del museo tiene que ver con la pasión de Hess por el arte contemporáneo. Desde los años 60, ha sido uno de los mayores coleccionistas del género. Gran parte de las obras adquiridas está colgada o exhibida en espacios de arte construidos al lado de sus bodegas en California (The Hess Collection Museum, en el valle de Napa) y Sudáfrica (Glenn Carlou Museum, en Paarl Valley).
Pero Colomé es el único espacio artístico de Hess dedicado a un solo exponente. En un área de 1.700 metros cuadrados, Hess mandó construir nueve áreas con especificaciones especiales para mostrar las experiencias de luz propuestas por Turrell, quien siempre ha dicho que pinta para los que ven y los que cierran los ojos y aprecian el mundo de otra manera.

Entre los trabajos exhibidos sobresale Unseen Blue (2002), que se proyecta en el patio interior del museo, coronado por un tragaluz a través del cual se observa el firmamento. Los mejores momentos para vivir esta poco usual experiencia sensorial son el amanecer y el atardecer.

Tirado sobre unos cojines provistos por el museo, pude ver el cielo en un estado de permanente mutación, a veces como una superficie plana y otras, tridimensional, con colores cambiantes que se entremezclan y adquirían nuevas dimensiones cuando se reflejaban en una superficie brillante de granito en el piso. Los muros circundantes cambiaban de colores suavemente, convirtiendo al observador en un mudo testigo de cómo la luz se transforma en una expresión artística en sí misma.

En uno de los cuartos exclusivos del museo está otra obra de Turrell llamada City of Arhirit (1976), que va guiando al espectador a través de unos cuartos luminosos que representan los colores del espectro. Según ha dicho Turrell en un par de ocasiones, él propone un arte que se puede apreciar con los ojos abiertos o cerrados.

Colomé, definitivamente, colmó mis expectativas de encontrar aquella caja de sorpresas que siempre imaginé; una caja destinada a estimular cada pliegue de mis sentidos: la vista, el olfato, el gusto, el oído y el tacto. No me importó recorrer 13.078 kilómetros para sucumbir ante este mágico lugar.

A partir de ese día comencé a ver de otra manera los viñedos argentinos, la cordillera de los Andes, las copas al trasluz, el horizonte infinito de la Patagonia, y las bellas construcciones de La Recoleta, el Teatro Colón, el Obelisco y el viejo barrio de Palermo. Y todo como resultado de esos destellos que Colomé fijó en mi retina para siempre.

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