Londres y Dublín vistos por James Joyce y Virginia Woolf

Las coincidencias entre Joyce y Woolf no acaban en sus fechas de nacimiento y muerte. En sus obras cumbres, utilizan el mismo recurso del monólogo interior, ambas suceden en un hermoso día de junio y ambas celebran, respectivamente, sus ciudades, Londres y Dublín.

Revista Diners de junio de 1982

A comienzos de 1982, el mundo literario occidental celebró con júbilo y a sus anchas el centenario de dos de los más grandes escritores de este siglo: Virginia Woolf y James Joyce. Ambos nacieron el mismo año, 1882: Virginia Woolf el 25 de enero, en Londres, y Joyce una semana más tarde, en la capital de Irlanda: Dublín. Curiosamente, ambos morirían también a la misma edad, es decir, el mismo año: 1941. Joyce, el 13 de enero en Zurich, y Virginia dos meses y medio después, suicidándose en el río Ouse de las afueras de Londres.

El lector más desprevenido de Ulises, de Joyce, y la Señora Dalloway, de Virginia Woolf, sabe perfectamente que las coincidencias de ambos autores no acaban en sus fechas de nacimiento y muerte. Aunque parezca (y con razón un poco traído de los cabellos, este cierto paralelismo no es del todo insólito, es por el contrario más sutil y va más allá de las simples coincidencias. A través de sus oficios, ambos escritores permanecerían siempre ligados por un curioso cordón umbilical de la literatura y de la vida, a pesar que, hasta donde se sabe, jamás se vieron personalmente.

No existe en la historia literaria dos autores que se parezcan menos, que fueran más distintos en sus gustos y educaciones y orígenes sociales, y sin embargo, sus dos obras cumbres –Ulises, La Señora Dalloway- tienen una serie de correspondencias que asombran. Ambas utilizan el mismo recurso técnico del monólogo interior, ambas suceden a todo lo largo de un solo día (un hermoso día de mediados de junio), y en ambas celebran, como en muy pocas novelas, sus ciudades respectivas, Londres y Dublín.

Estas ciudades son el telón de fondo en el cual los dos o tres personajes principales se mueven a su antojo. Es más: en ambos libros, las ciudades son a su vez personajes importantes. Son tan evidentes sus apasionadas celebraciones, la presencia permanente y obsesiva de ellas, que en cierta manera (y no comprendo por qué hasta ahora, en medio de esa fiesta por separado joyceana-virginiana de principios de año a nadie se le ocurrió decirlo) la celebración del centenario de sus nacimientos les toca casi más a Dublín.

Nadie sabe ni se ha preguntado por qué Virginia Woolf escogió ese impreciso miércoles de mediados de junio (de 1923) para la trama de La Señora Dalloway. Posiblemente porque la ideó en ese mes de 1922, y porque comenzó a escribirla para la misma época del año siguiente. Pero lo único que se sabe es eso: que es un hermoso día de junio, que la guerra ha terminado y que el Rey y la Reina están en el Palacio. Ese junio (que son todos los junios de su vida, como también dice su diario) ha hecho brotar todas las hojas de los árboles y Arlington Street y Piccadilly parecen calentar el aire del parque St. James, alzando sus hojas ardientemente, brillantemente, sobre las olas de divina vitalidad que Clarisa Dalloway quería. Allí estaba lo que más amaba Virginia Woolf: la vida; Londres; ese momento de junio.

Tampoco se sabe con precisión por qué James Joyce escogió la suya: el jueves 16 de junio de 1904. Algunos investigadores sugieren que fue esa techa en que Joyce conoció en Dublín a la que años después sería su esposa, Nora Barnacle. Otros aseguran, por el contrario, que es no más que la fecha casual del periódico utilizado por Joyce para forrar el baúl que se llevó al exilio.

No importa. Lo único cierto, y válido, es que esta fecha se celebra desde hace mucho tiempo – Ulises fue publicado en París el 2 de febrero de 1922, Joyce cumplía ese día 40 años- como “El día del Bloom”. En lengua inglesa hay actos conmemorativos, especialmente en Dublín; algunos joyceanos fanáticos se envían tarjetas de recuerdos, como lo hacen los cristianos en Navidad, e incluso otros (o los mismos) realizan el ritual sagrado e inmancable de desayunar con riñones a la parrilla, tal como lo hace Leopoldo Bloom al inicio de ese día histórico.

Ulises según Virginia

James Joyce escribió el Ulises entre 1914 y 1921. De igual manera que sus libros anteriores, tuvo muchas dificultades para publicarlo, debiendo recurrir a tres mujeres para que lo ayudaran en esa ardua tarea. Una, la norteamericana Margaret Anderson publicó en su revista The Little Review, importantes fragmentos de la obra, desencadenando varios procesos al ser tildada de pornográfica. Sylvia Beach, propietaria de la famosa librería Shakespeare and Company decidió arriesgarse, publicándola finalmente en 1922. Pero otra de sus protectoras, Harriet Weaver, editora de The Egoist, la revista que había publicado El Retrato del Artista Adolescente, llevó el abultado manuscrito del Ulises, por insinuación de T.S. Eliot. a sus amigos londinenses Virginia y Leonard Woolf, para que lo publicaran en la editorial de estos últimos, Hogarth Press. Pero, debido a obstáculos no sólo desde el punto de vista técnico sino también legales (temor a ser demandados y decomisados los ejemplares) impidieron que la autora de La Señora Dalloway publicara el Ulises.

El 6 de septiembre de 1922 Virginia Woolf escribía en su diario personal esta opinión suya sobre la obra de Joyce: ” Terminé Ulises y lo considero un fiasco. Genio tiene, creo, pero no de primer agua. El libro es difuso, salobre, presuntuoso, le falta refinamiento, no solamente en el sentido evidente, sino también en el literario”. Ya, días antes, el 16 de agosto más exactamente, había criticado en su mismo diario la obra de Joyce, después de haber leído doscientas páginas. Los dos o tres primeros capítulos la habían entusiasmado, pero el resto la intrigó, aburriéndola e irritándola hasta la desilusión. Pero ese mismo día escribiría, también en su diario: ” Por mi parte, me encuentro dragando con diligencia mi mente para La Señora Dalloway y sacándola del pozo en baldes livianos”.

Un largo paseo por la ciudad

Durante las 20 horas en que transcurre Ulises, los personajes están recorriendo Dublín. La ciudad ha sido descrita con la misma precisión amorosa como ya lo había hecho Joyce en sus anteriores libros: Dublineses, Esteban el Héroe y El Retrato del Artista Adolescente. Sin embargo, hay dos grandes momentos en que Dublín aparece como totalidad. El primero, con el entierro de Paddy Dignam, su féretro y amigos atravesando la ciudad de punta a punta.

El otro momento es más extenso y explícito. Es el famoso capítulo X, situado exactamente en la mitad del libro. Según Joyce, es una especie de ” entreacto”, síntesis de la obra y en el cual aparecen todos los personajes, principales y secundarios, del Ulises, viviendo sus propias vidas. Independientes unas de otras, en las calles de Dublín. Vladimir Nabokov, autor de lolita, amaba este capítulo como ningún otro, hasta el punto de exigirles a sus alumnos de la Universidad de Cornell que se armaran de un mapa de Dublín para leer lo ya que (aseguraba) sin esto era imposible comprender Ulises. Lo curioso es que lo mismo hizo Joyce para escribirlo, y además del mapa tuvo frente a él otro elemento clave del libro: un reloj, con el cual poder sincronizar el aparente caos inmemorial de los personajes y del tiempo de Dublín.

El capítulo consta de 19 escenas breves de las calles de la ciudad. Están atravesadas por dos recorridos: el del muy reverendo padre Juan Conmme, sacerdote jesuita, quien sale de Gardiner Street a las tres menos cinco de la tarde, y del desfile en su carroza virreina! de Guillermo Humble. conde Dudley y Gobernador General de Irlanda.

El padre Conmme se dirige primero a pie hacia el noreste, y luego en el puente Newcomen toma un tranvía que lo llevará al orfanato de Artane, en el noroeste de la ciudad. Por su parte, el Virrey, parte de su residencia de Phoenix Park, dirigiéndose hacia la Feria de Mirus. La descripción total dura una hora y cinco minutos, y en ella vemos a Bloom y a Esteban Deadalus contemplando libros polvorientos en vitrinas distintas, vemos a Corny Kelleher observando desde su funeraria al padre Conmme subirse al tranvía de Delymount, vemos a Blazes Boylan con un clavel en los labios, en búsqueda de su amante Molly Bloom, vemos al barítono principal de Dubliin, Almidano Artifoni, conversando con Esteban Dedalus en el Trinitu, vemos al señor Kernan caminando gallardamente desde el Reloj de Sol hacia James Gate, vemos a la señora Dunne escribiendo en su teclado (sola ocasión en que aparece en todo el libro) la fecha junio 16 de 1904, y vemos incluso al anónimo personaje vestido de impermeable castaño, que aparece y desaparece misteriosamente a todo lo largo de las 800 páginas del Ulises y quien (según Nabokov) no es otro que el propio James Joyce paseando por Dublín.

Todo Londres en el corazón 

“Me gusta caminar por Londres”, dice en algún momento Clarisa Dalloway. Lo mismo diría Virginia Woolf, años después en un cálido ensayo titulado “Street Haunting: A London Aventure. Es un penetrante y en muchos momentos lírico artículo sobre Londres y sus calles que Virginia prefería recorrer a pie al atardecer, durante el invierno. Igual que Joyce con Dublín, Virginia Woolf amó Londres, expresando tácitamente ese amor a todo lo largo y ancho de su obra toda, pero especialmente a través de las páginas de La Señora Dalloway.

(“Tal vez en las calles de Londres, en el flujo y reflujo de las cosas, aquí, allí, algo sobreviviría, vivirían uno en el otro, ella formando parte, estaba seguro, de los árboles de su casa, de este edificio ruinoso”).

Si el lector, igual que en Joyce, se arma de un mapa de Londres mientras lee la Señora Dalloway, comprobará que Virginia Woolf lo abarcó en su totalidad, desde el Támesis a Regents Park, desde Westminster a Fleet Street, desde Bond Street al Strand, a través de la mente y los ojos de Clarisa, Septimus Warren Smith y Peter Walsh, quienes, como los personajes del Ulises, también recorren Londres a pie.

(“Y justamente porque nadie sabía aún que él estaba en Londres. excepto Clarisa, y porque la tierra después del viaje le parecía todavía una isla, la extrañeza de encontrarse solo, vivo, desconocido, a las once y media en Trafalgar Square, se apoderó de él” ).

Se inicia con Clarisa en Westminster, esa hermosa mañana de junio. Ella cruzará luego Victoria Street, el parque St James, Piccadilly, hasta llegar a Bond Street, pensando en su vida, en su pasado y en la fiesta que dará esa misma noche. En un junio no remoto, este periodista hizo ese mismo recorrido, en honor a Clarisa y Virginia, y es un Londres casi idéntico al del libro, intacto a pesar de la guerra y de la agitada vida actual inglesa. Están las mismas ventas de antigüedades, las librerías de incunables, los mismos buses de dos pisos con sus puestos imperiales… Londres, único e inmemorial.

Pues bien, es allí, en Bond Street, que tanto le fascinaba a Virginia, donde Clarisa se tropezará sin saberlo (porque no lo conoce) con Septimus, pero de quien tendrá noticias al final del día y del libro, cuando su médico común le cuente en el apogeo de su fiesta que ha habido un suicidio: el de Septimus Warren Smith. Y así cerrar la novela sobre sí misma, igual que el Ulises.

La obsesión del tiempo

A lo largo de toda la obra de Joyce y Virginia Woolf las obsesiones fundamentales no sólo son Londres y Dublin sino, especialmente, el tiempo. Pero no un tiempo abstracto, sino siempre encarnado en los seres y en las cosas. Tanto en Ulises como en La Señora Dalloway, el tiempo está marcado paso a paso son los relojes o los sonidos de los relojes (el característico Big-Ben) inundando todas sus páginas. No es casual, por tanto, que Ulises tenga una duración muy precisa, calculada con cronómetro, y que La Señora Dalloway se hubiera titulado originalmente “Las Horas”.

 (“Pero no había duda de que adentro se sentaba algo grande; grandeza que pasaba, escondida, al alcance de la mano vulgar, que podía ahora, por primera y última vez, encontrarse a tan corta distancia de la majestad de Inglaterra, del perdurable símbolo del Estado que sería descifrado por los curiosos arqueólogos, entre las ruinas del tiempo, cuando Londres no fuera más que un camino cubierto de hierbas y cuando los que ahora transitaban por las calles, este miércoles de mañana fuesen huesos con unos pocos anillos matrimoniales mezclados con polvos y las emplomaduras de oro de innumerables dientes cariadas. El rostro del automóvil sólo entonces sería conocido”).

Este misterioso personaje del automóvil, detenido en Bond Street, y el anónimo personaje vestido de impermeable del Ulises, podrían fácilmente ser descifrados ahora en 1982, fecha de centenarios, precisamente el 16 de junio, que para variar este año es curiosa, sorprendentemente, miércoles.

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