Cinco destinos imperdibles en Francia

Desde el monte Saint-Michel hasta Estrasburgo, este país europeo tiene muchos lugares que merecen la pena recorrer. Diners le cuenta por qué debería ir a conocerlos.

París es, sin duda, la ciudad más visitada, fotografiada y amada de Francia, pero lo cierto es que su magia no logra opacar a otros lugares del país galo que cuentan con paisajes de ensueño, una rica vida cultural, tradiciones e historias ancestrales y rincones románticos. Diners hizo una selección de cinco de estas joyas imperdibles, en las que se puede descansar, descubrir nuevas cosas y salir de la cotidianidad.

EL MONTE SAINT-MICHEL

Por estas escaleras se llega a la Abadía, un lugar silencioso para meditar. Foto: Alexandre Lamoreux.

Conocido como la “Maravilla del Occidente” por su ubicación y arquitectura, este islote rocoso de cerca de un kilómetro de circunferencia y que se alza a ochenta metros de altura es el segundo lugar más visitado de Francia y uno de los más esplendorosos.

Está unido a la bahía por un puente, que en época de grandes mareas queda sumergido. A él se ingresa por la puerta Bavole y se recorre por la calle l’Avancée, en la que el turista llega a sentir que hace parte de una historia de caballeros, damiselas y dragones, pues el trayecto es empinado, y el camino, empedrado y angosto; las viviendas tienen fachadas con travesaños de madera y ventanales que dejan ver lo que sucede adentro, configurando así una típica escena medieval.

En cierto punto del camino, el panorama se abre, deja ver la bahía y da la bienvenida a la imponente escalera Grand Degré, que es un preludio a la entrada a la Abadía, la cual se encuentra justo en el centro y en el punto más alto del monte. Una vez se ha ingresado, es posible vivir momentos de silencio y recogimiento, y si se tiene suerte, los monjes permiten acceder al público de vez en cuando a un jardín rodeado de flores y de arcos sostenidos por unas columnas que dan vista a la parte baja del monte y al mar.

Como algunos nativos se encargan de atender personalmente a los turistas en sus restaurantes, hoteles y tiendas de regalos, el lugar goza de una excelente reputación en términos de acogida. Además, en lo que a la gastronomía respecta, no se puede salir de allí sin haber probado su tradicional omelette, la pierna de cordero y los pescados y mariscos locales.

EN SAINT-MICHEL

El jardín de la Abadía no siempre está abierto al público. Foto: David Brossard.

Para comer y dormir dentro del mismo monte y con vistas panorámicas tanto en el restaurante como en las habitaciones, el hotel La Mère Poulard, ubicado en la Grande Rue, 50170.

ESTRASBURGO DE CUENTOS

La catedral de Notre-Dame de Estrasburgo se caracteriza por su diseño gótico. Foto: Cristophe Hamm.

No es de extrañar que sea considerada una de las ciudades más bellas del Viejo Continente, ni que su centro histórico haya sido declarado Patrimonio de la Unesco, pues Estrasburgo sumerge al visitante en una especie de cuento de hadas.

Para caer en el hechizo hay que recorrerla a pie y comenzar desde la muy gótica Catedral Notre-Dame, con sus piedras rosadas y su reloj astronómico; de ahí se puede seguir a la Plaza del Mercado Gayot y entrar luego en uno de sus winstub, es decir, bares que ofrecen solamente vinos y que cuentan con unos ambientes muy amenos que calientan el cuerpo y el corazón en las temporadas frías. Ese es el preámbulo ideal para llegar al punto más bello del recorrido: el pintoresco barrio la Pequeña Francia, donde el tiempo se ha detenido gracias a sus casas medievales con entramados y balcones de madera, fachadas de color blanco, al pie del río Ill –que desemboca en el Rin– y una serie de puentes y canales adornados con flores y enredaderas desde los que se pueden ver varias caídas de agua provocadas por desniveles geológicos.

Pareciera que después de la serenidad de ese rincón no habría nada mejor qué hacer, pero lo cierto es que la ciudad reserva más sorpresas y hay que alistar las cámaras de fotos cuando se llega a los puentes cubiertos, que desde sus terrazas dejan ver cómo el río Ill se divide y da la sensación de ser una mano con sus cinco dedos.

Los curiosos querrán conocer la parte más agitada de la ciudad, donde se levantan los modernos edificios del Parlamento Europeo y el Palacio de los Derechos Humanos, que contrastan con la serenidad del Jardín Botánico y el de los Dos bordes, que se encuentran muy cerca de allí. Para terminar el recorrido, nada mejor que deleitarse con la arquitectura del barrio Imperial, en la que se evidencia la influencia alemana, pues Estrasburgo está a unos pocos kilómetros de la frontera.

Si cuenta con la suerte de visitar esta ciudad entre el último sábado de noviembre y el 31 de diciembre, podrá disfrutar de un auténtico cuento de Navidad, pues aquí se lleva a cabo el Mercado de Navidad más antiguo de Europa –data del año 1570–, con pequeños chalets de madera en doce puntos esenciales de la ciudad, cada uno con una temática diferente. Sin importar la edad, allí se vuelve a disfrutar de la Navidad como un niño, con decoraciones de trineos, la casa y los talleres de Papá Noel con sus ayudantes, un árbol de Navidad de treinta metros y aureolas de luces que convierten a Estrasburgo en la ciudad más iluminada de Europa.

EN ESTRASBURGO

la Pequeña francia es un barrio donde el tiempo se ha detenido en sus casa y puentes mediavales. Foto: Phillipe de Rexel.

Las delicias de la región se pueden saborear en el restaurante Au Pont Saint Martin, ubicado en el número 15 de la rue des Moulins, y para hospedarse, nada mejor que el hotel Règent Petite France, que se encuentra en el número
5 de la misma calle.

LOS ACANTILADOS DE ETRETAT

La Porte d’ Aval es uno de los paisajes que inspiraron a artistas como Claude Monet. Foto: cortesía Oficina de Turismo de Etretat.

Cuando se está al frente de los acantilados de Etretat es posible entender por qué este paisaje, entre salvaje y apacible, sedujo a artistas impresionistas como Jongkind, Boudin y Claude Monet. Se trata de un verdadero regalo de la naturaleza que se abre a los ojos desde la playa central, a la que se puede acceder si es época de marea baja y que permite ver, a la derecha, el acantilado Le Chaudron y, a la izquierda, La Porte d’Aval y la famosa Aguja, que debe su nombre a su forma punteada. Sin embargo, para apreciar mejor los arcos de las rocas y el golpeteo de las olas, es necesario llegar hasta sus dos cimas.

Varias especies de gaviotas acompañan a los caminantes en el sendero hacia arriba; en cambio, los que bajan suelen volver llenos de lodo por haber resbalado en las empinadas escaleras y en los miradores, pues la región de Normandía es famosa por sus incesantes lluvias y sus poderosos vientos. Así que para subir hay que armarse de coraje, de una chaqueta rompevientos –la sombrilla es inútil– y de zapatos antideslizantes.

Uno de los secretos mejor guardados de Etretat es que cuando se está subiendo a la Porte d’Aval, hacia la mitad de camino hay que tomar una pequeña desviación que conduce a unos angostos y románticos pasajes naturales que se encuentran en el interior del acantilado y que, además, permiten ver de cerca por qué estas particulares formaciones de La Mancha se consideran el fenómeno de erosión marina más espectacular de la costa de Alabastro. Una vez arriba, la vista panorámica es impresionante, pero si llueve mucho y se está en el acantilado Le Chaudron, la pequeña capilla de Notre- Dame de la Garde brinda un cálido refugio.

Además, en temporadas cálidas, la ciudad ofrece actividades náuticas y recorridos ecológicos. Y los curiosos no querrán perderse las casas de los escritores Guy de Maupassant –villa La Guillette–, la de Maurice Leblanc –Le Clos Lupin– y la del compositor y violonchelista Jacques Offenbach –Villa Orphée–.

EN ETRETAT

Los jardines de Etretat son una combinación de naturaleza y arte contemporáneo. Foto: Cortesía Jardines de Etretat.

El mejor lugar para dormir es el Dormy House, con vista directa a los acantilados en la Route du Havre. Y para comer, el restaurante Taverne des deux Augustins, en la Plaza Maréchal-Foch.

EL PARAÍSO SECRETO DE GIVERNY

La casa donde vivió Claude Monet. Foto: © Fundación Claude Monet, Giverny/ Derechos reservados.

Los adoradores del impresionismo no querrán salir de esta pequeñísima ciudad en la que se puede descubrir el universo del que estuvo rodeado el pintor Claude Monet cuando hizo de un jardín modesto, un verdadero paraíso de colores, que inmortalizó en una de sus más grandes obras: Les nymphéas.

Lo ideal al visitar Le Clos Normand, como denominó a este lugar, es empezar por la casa de fachada rosada con puertas y ventanas verdes, que conserva intacta la habitación del artista y otros rincones, como su cocina y su estudio, decorado con una de sus obsesiones: las estampillas japonesas, que le sirvieron de inspiración para crear precisamente su jardín.

Claude Monet (1840- 1926) es uno de los padres del impresionismo francés.Foto: © Fundación Claude Monet, Giverny/ Derechos reservados.

Cuando se da un paso por fuera de la casa, se encuentra el jardín solar: una fiesta de colores, formas y contrastes para los ojos y para la nariz, una interminable sucesión de aromas exquisitamente embriagadores, que logran que el cuerpo entero caiga en una sensación de serenidad inusual.

Hay que recorrer todos los caminos de piedritas para disfrutar los millones de flores, que están rodeadas de arcos de metal y de los que cuelgan caprichosas enredaderas. Tulipanes, flores de capuchinas, iris, narcisos y muchas más bailan al ritmo de vientos suaves que convierten la escena en un armónico espectáculo.

El estanque con puente japones cercas a la casa de Monet luce como una pintura en movimiento. Foto:© Fundación Claude Monet, Giverny/ Derechos reservados.

Sin embargo, Monet quiso ir más lejos y adquirió otro terreno en el que había un estanque para hacer un jardín de agua… Otra fiesta para los sentidos, pues el visitante puede atravesar los puentes japoneses que unen los bordes del estanque y descubrir un ambiente típicamente oriental ornamentado con bambúes y con los preciados nenúfares, que reinan entre jacintos, pensamientos, rosas, azaleas y dalias.

Este escondite de Giverny es prácticamente una pintura en movimiento, cuyos tonos cambian, de acuerdo con la temporada y la hora del día. Para cerrar con broche de oro, no se puede dejar de visitar la modesta tumba de Monet, que se encuentra a unos pasos de su casa, en la iglesia Sainte-Radegonde.

EN GIVERNY

Los cuadros de Monet permanecen en su antiguo hogar. Foto: © Fundación Claude Monet, Giverny/ Derechos reservados.

Un lugar mágico para hospedarse es el Domaine De La Corniche, 5 Route De La Corniche, 78270 Rolleboise, a unos diez minutos en carro. Y para comer, el restaurante Baudy (Ancien Hôtel Baudy), en el número 81 de la rue Claude Monet, muy cerca de los jardines.

LA CIUDAD CORSARIA DE SAINT-MALO

Las murallas protegieron Saint-Malo de ataques de piratas. Foto: NG Hermout.

Los que siempre soñaron con vivir una historia de piratas, pueden hacerla realidad en esta ciudad marítima, ubicada en la región de Bretaña, que conserva las murallas que protegieron siglos atrás a sus habitantes y al castillo que fue edificado sobre un islote.

El mejor plan para los amantes de la historia es recorrer sus puertas y empezar por la Grand Porte, compuesta por dos torres y una plataforma de tiro, y continuar con las Saint Vincent y San Tomás, y con los bastiones San Luis, San Felipe, De la Hollande, la torre Bidouane, el fuerte Nacional y De la Conchée y el fuerte Petit-Bé. Todas sin excepción dan cuenta de cómo vivían y se defendían sus habitantes.

Faro Saint-Malo. Foto: Yusani Usulludin.

Los que prefieren la calma, no pueden dejar de ir a la isla de Grand-Bé, que significa tumba en celta. A ella se accede en temporada de mareas bajas a pie, pues es un montículo rocoso que se encuentra a 400 metros de la ciudad, con pastos sobre los que se puede tomar el sol, mirar al mar, de un lado, y al otro, el fuerte de Saint-Malo. Lo más sorprendente es que allí se encuentra la tumba de Chateaubriand, pues antes de fallecer manifestó su deseo de ser enterrado en ese punto para “continuar su conversación con el mar”.

Saint-Malo, además, es el paraje ideal en la primavera y el otoño, pues se pueden presenciar las grandes mareas, las mayores de Europa, que logran cubrir la playa y los peñascos del litoral bretón dos veces al día. En periodo estival también se puede disfrutar de sus playas; sin embargo, los bañistas no deben hacerse muchas ilusiones, pues las aguas son particularmente frías. Otro plan imperdible es sumergirse en sus termales marinas y entregarse a una jornada de relajación en uno de sus lujosos spa.


EN SAINT -MALO

La plaza de Chateaubriand, en honor al escritor y precursor del romanticismo francés.

La verdadera crep bretona se puede encontrar en Ti Nevez, en el número 12 de la rue Broussais, acompañada de sidra. La prepara el amable propietario del lugar. Y para hospedarse, nada mejor que La Maison des Armateurs, en el número 6 de la Grand Rue, intramuros.

Sobre el Autor

Periodista cultural formada en la Javeriana y en El Tiempo. Bogotana. Actualmente, corresponsal freelance y estudiante de Literatura en París.

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