Conozca los secretos de Praga

Praga, la capital oriental del reino de Bohemia, completa el “triángulo imperial” compuesto por Budapest y Viena. Conózcala aquí.

En esta ciudad los cafés también fueron importantes. En el Louvre se podía ver a Franz Kafka y en el Evropa tuvo lugar la única lectura pública que hizo de su libro El proceso. Esta esotérica ciudad simula la pintura cubista que trazó Pablo Picasso –Las señoritas de Avignon– en sintonía con edificios concebidos como estructuras cristalinas, con formas geométricas y bordes puntiagudos. La capital checa, que pasa por ser la ciudad más occidental del antiguo bloque comunista, parece querer reafirmarlo con la Casa danzante, de Frank O´Gehry, popularmente conocida como Ginger y Fred, a orillas del Moldava.

La casa danzante, en Praga, fue diseñada por el arquitecto canadiense Frank Gehry. Foto: Dziewul/Creative Commons

Si de algo anda sobrada Praga es de torres y cúpulas de iglesias (123), así como de puentes para cruzar el río (13). El más transitado por los turistas es el puente de Carlos. Su casco antiguo se considera el más grande de Europa y declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En la orilla oeste hay que ascender a lo alto de la colina Petřin y caminar por la calle de Nerudova hasta alcanzar la cima en la que se alza la catedral de San Vito y el castillo de Praga. Hacia abajo discurre el barrio de Malá Strana y la isla de Kampa. Un buen lugar para volver a cruzar hacia la orilla este y adentrarse en Josefov. Aquí hay varias sinagogas y el cementerio judío en el que se amontonan miles de lápidas.

La arquitectura de Praga reúne más de cien torres y cúpulas de iglesia. Foto: Igor Kapkov/Creative Commons

Siguiendo el paseo por la calle Celetná, como si fuera un camino de baldosas amarillas, se llega a la Torre de la Pólvora. Se alza sobre una de las puertas de acceso a la ciudad y se construyó con las mismas dosis de monumentalidad que el puente de Carlos. Están comunicados, ya que por aquí entraba la plata proveniente de las minas de Kutná Hora.

Cuando el cansancio haga mella una buena opción es sentarse en el Café Slavia y aprenda a escuchar el susurro del Moldava, el amor platónico que inspiró al compositor Bedřich Smetana.

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