Un recorrido por Viena, llena de sorpresas

Al son de la Marcha Radetzky, Viena se erigió en la capital del imperio austrohúngaro. En las orillas del Danubio, esta ciudad custodia el pasado glorioso y tumultuoso que se derrumbó en 1919.

Es una ciudad de espíritus despiertos: Sigmund Freud, Gustav Klimt y Oskar Kokoscha, por citar unos pocos. Todos ellos eran asiduos de los cafés, espacios sin los cuales mucho no se hubiera hecho, hablado o pensado. Imagínelos llenos de humo, con el suelo de madera, mesas de mármol, sillas sencillas, divanes afelpados, atendidos por meseros vestidos de blanco y negro. Los cimientos de los buenos viejos tiempos.

El palacio Belvedere alberga varios museos en los que se puede contemplar, por ejemplo, El beso, de Klimt. Foto: JFélix González

No hace falta acudir a Berggasse a la consulta del ínclito psicoanalista local para entender cómo funciona la capital austriaca. Pasee por la icónica Ringstrasse y verá materializada la idea de su concepción: comunicar el centro del poder imperial (Hofburg) y el centro de la ciudad con los barrios periféricos burgueses. A lo largo de sus 5,3 kilómetros de longitud, elegantes edificios flanquean este bulevar que se construyó a mediados del siglo XIX: la Ópera Nacional, Burgtheater, los museos de Historia del Arte, Historia Natural y Artes Aplicadas (lindando con la avenida circular se ubica el Distrito de los Museos, un complejo cultural de 60.000 metros cuadrados), el Ayuntamiento, el Parlamento, la Bolsa y la Universidad.

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Siempre hay razones para entrar en un café y darse un respiro antes de continuar con la visita. Tome asiento en el Café Sperl, Central o Landtmann, pero, por favor, no pida un tinto. Aquí los clientes toman un kleiner mocca, melange, grober brauner o un fiaker. Los golosos tienen su refugio en la pastelería Sacher, en la que preparan la famosa tarta de chocolate del mismo nombre siguiendo una receta secreta.

Los envíos de dulces a los palacios de Belvedere y de Schönbrunn eran frecuentes. El primero de ellos alberga en sus estancias barrocas, extensos jardines y varios museos en los que contemplar, por ejemplo, El beso, de Klimt. En el segundo, Napoleón lo utilizó como cuartel general, vivieron Francisco José I y la emperatriz Sissi y Mozart tocó el piano a los ocho años de edad.
Viena, que a veces ha pecado de sobria y formal, sorprende con la iglesia Steinhof. Una joya modernista arquitectónica, obra de Otto Wagner y que se encuentra dentro del recinto de un viejo sanatorio.

Otra atractiva excentricidad es el museo Kunst Haus Wien y los anexos Hundertwasser Haus y Village, a orillas del canal Danubio. Superficies multicolores, formas irregulares y a menudo cubiertas de plantas exuberantes a las que dio vida el pintor Friedensreich Hundertwasser, un pionero de la eco arquitectura. Siguiendo el curso de agua se alcanza la isla Danubio, un paraíso deportivo y de ocio, con bares, restaurantes y playas.

Concentrado en no pisar a su pareja de baile, al son de un vals como El Danubio azul, es posible que después de un giro aparezca en Budapest, donde el agua cambia de color en función de su estado de ánimo.

La fuente Schönbrunn, icónica de Viena. Foto: Armand Rajnoch (Con licencia de Creative Commons)

RECOMENDADOS

Dormir en
Hotel Grand Ferdinand
www.grandferdinand.com

Park Hyatt
www.vienna.park.hyatt.com

Comer en
Motto am Fluss
www.motto.at/mottoamfluss

Labstelle
www.labstelle.at

Salon Plafond
www.salonplafond.wien/en/

Un trago en
Loos American Bar
www.loosbar.at

Miranda Bar
www.mirandabar.com

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