Guía para viajar por Tokio

La capital japonesa es uno de los destinos más interesantes que se puede encontrar. Aquí un paseo por una indescifrable ciudad que oscila entre el futurismo y la tradición.

Tokio es una deslavazada híper ciudad caleidoscópica en la que sus millones de habitantes están condenados a enamorarse de la soledad. Peatones que van y vienen, que se cruzan, dos hombros que siempre están a punto de rozarse y hacer que estalle una ingente cantidad de terabytes de emociones contenidas. Cada destello de las luces de neón que iluminan sus atestadas cuadras se traduce en un estimulo, en una excusa, en una coartada para no irse a dormir. En Denny´s, uno de esos locales que abre After Dark, Haruki Murakami hace que se encuentren Mari Asai y Tetsuya Takahashi, para que de la mano de la ficción, del humor y del surrealismo sobrevolar esta urbe que suena a jazz y trinos de ruiseñor y que se alivia del desamor sobre un diván de bambú.

El metro que nadie tiene
En el plano de la red de metro de Tokio, una especie de mapa del tesoro indescifrable para un terrícola, hay estaciones laberínticas que hacen las veces de baliza y marcan el rumbo: Shimbashi, Roppongi, Shinjuku, Ginza, Tsukiji, Ueno, Asakusa, Tokyo, Jimbocho, Shibuya, Akihabara, Harajuku y Omote-sando. En los andenes los disciplinados viajeros se disponen en simétricas filas y esperan su turno detrás de una línea amarilla.

De fondo, suena un hilo musical; el piar de unos pájaros que se alterna con Vivaldi, como para relajar la tensión acumulada a la hora pico. Al tiempo y al unísono, igual que una coreografía marcial, y tras la señal del meticuloso shasho –empujador– entran en unos coches tan puntuales como repletos, principalmente, de grises oficinistas y uniformados estudiantes, a quienes apenas se les oye respirar y los cuales silencian sus barrocos celulares. Una vez se ha conseguido atinar con la salida de la estación-hormiguero, en Shimbashi, se puede tomar un metro que se desplaza sin conductor con destino a la recreativa isla de Odaiba. Y así se sigue alimentando la sospecha de que se está en otro planeta.

Una ciudad de altura sin espacio
Esta megalópolis se lee de abajo a arriba. En los pisos superiores de los rascacielos es donde se ubican los bares que frecuenta Aomame –protagonista de 1Q84 de Haruki Murakami–, en la zona lúdico-financiera-panorámica de Roppongi Hills. Aunque para una visión de 360 grados nada como subir a la planta 45 del edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio. Desde este acristalado mirador parece mentira que ahí abajo las cuadras –sin nombre ni numeración– se retuerzan entre edificios de madera, hormigón, acero y cristal y convivan tradición y vanguardia en una especie de guerra fría esquizofrénica, donde apenas hay espacio para construir, caminar. Respirar. Esa falta de metros cuadrados hace que Tokio parezca un archivo comprimido ZIP, como así lo certifican los hoteles cápsula. Lugares claustrofóbicos para descansar y moverse poco en uno de esos nichos de un metro de ancho por dos de largo. Las tarifas se fraccionan por horas. Están concebidos para echarse una siesta, para dormir un rato antes de tomar un tren matutino o para lo que el cuerpo necesite –sin excederse– y por poca plata –a partir de 2.000 yenes, que equivale a unos 55 mil pesos–.

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Desde luego que no son la mejor opción para probar a descansar en un futón sobre un tatami en estancias separadas por un shoji –puerta corredera de papel traslucido pegado a una frágil rejilla de madera–. Resulta interesante contemplar la utopía tecnología a la que da vida la torre de cápsulas Nagakin. Una estructura en la que sus módulos –que recuerdan a lavadoras– son intercambiables y sustituibles, muy acorde con la orografía sísmica del país. Otras curiosidades hoteleras son los Love Hotel –con todo tipo de disfraces y artículos para que los huéspedes disfruten de una velada sexual carnavalesca con reminiscencias manga– y la “crying room” del Mitsui Garden Hotel Yotsuya, una habitación para derramar las lágrimas que se ocultan en público, extravagancias cotidianas por estas latitudes. También reducidos son los garitos de Golden-gai. Su aforo no alcanza los 10 parroquianos, pero por su precios es como si cupieran el triple –hay que pagar un cargo por ocupar un sitio, más el precio de la consumición–.

Algo más que pescado crudo
Si se quiere conocer la ajetreada lonja de pescado de Tsukiji toca madrugar. Aquí se subastan –bien temprano– los lotes de atún que surten al país. Las mismas remesas de pescado fresco nutren a los pequeños locales de comida de alrededor pudiendo desayunar al más puro estilo del Nautilus. Un poco de curiosidad, de inquietud y verá que los cefalópodos saben montárselo bien. Un vistazo a la estampa shunga El sueño de la mujer del pescador del artista Katsushika Hokusai sirve para hacerse una idea. Si se le altera el pulso no se preocupe, es que está muy bien dibujada.

En esta incongruente ciudad se suceden los 267 restaurantes con una, dos y hasta tres estrellas Michelín y los establecimientos de comida que exhiben réplicas de platos hechas con cera. La capital nipona es uno de los lugares de peregrinación gastronómica por excelencia del planeta. Washoku –cocina tradicional japonesa–, tempura, sushi, udon, ramen, carne de Kobe, chanko-nabe –guiso que ingieren los luchadores de sumo– y el fugu –pez globo, pez que contiene tetrodotoxina, una potente y mortal neurotoxina–. Los japoneses dicen “Fugu wa kuitashi, inochi wa oshishi”, que significa algo así como; quiero comer fugu, pero no quiero morir.

Los denominados izakaya, donde los autóctonos acuden a beber y picar, suelen encontrarse escondidos en callejones –yokocho– adyacentes a las avenidas principales. Resultan curiosos para los occidentales los establecimientos en los que el pedido de la comida se hace a una máquina, lo mismo sucede con los restaurantes en los que una simulada cadena de montaje gira portando platillos de sushi y el comensal coge el que desea, mientras los cocineros preparan más y más piezas. En todos estos negocios no falta, a modo de cortesía, una toallita húmeda esterilizada al vapor –oshibori–, una jarra de agua para refrescarse y té.

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Barrios con historia
En Sendagi pululan a sus anchas los que dan buena cuenta de una raspa de sardina; los gatos. Este rincón de la ciudad hace parte de los barrios históricos “shitamachi” de Tokio. Entre templos, santuarios, calles comerciales y la encantadora escalera de Yukake Dandan, se sucede un agradable y tranquilo paseo fuera del radio de alcance de las sombras que proyectan los rascacielos de Shinjiku y Ginza. Ese ambiente sereno y lleno de pausa también se puede disfrutar en el vecino Parque Ueno. Pero para revivir los tiempos en los que Tokio se llamaba Edo, nada como adentrarse el turístico lugar de Asakusa.

Los Jardines del Palacio Imperial, muy próximos a la representativa y renacentista Estación de Tokio, construida en de ladrillo color rojo, constituyen una agradable mancha verde en la que pasear sin la sensación de agobio que produce estar siempre rodeado de un montón de gente. Algo similar ocurre en el frondoso y sagrado recinto de Meiji Jingu Shrine. La misma quietud insinúan las láminas sansui, con sus paisajes a base de montañas y agua, y que se pueden comprar en los alrededores de la estación de metro de Jimbocho, donde también hay tiendas de libros usados y antiguos.

Baldosas amarillas hacia el futuro
Con el paso de la era Edo a la Meiji (1868) Japón se occidentalizó. Con los 49 segundos que se emplean para cruzar los cinco pasos de cebra de Shibuya basta para darse cuenta de que ese cambio lo hicieron a conciencia. En esta intersección, que simula una pasarela de moda, van a desembocar modelos de incógnito con sus excéntricos atuendos. Los otakus –expertos en un tema, los hay que se caracterizan de los personajes de ese campo que dominan– de la calle comercial de Takeshita y de la zona de los video-juegos de Akihabara; los presos de la moda del barrio de Harajuku y de las periféricas localidades de Shimo-kitazawa y de Kichijōji, así como los adictos a las grandes firmas de diseñadores internacionales de la calle Omote-sando y del barrio de Ginza. Sin olvidar a las mujeres que lucen de manera elegante y delicada sus quimonos. Aviso a navegantes, no sirve vestirse de Muji y Uniqlo, marcas made in Japan, para ser un tokiota más. Hace falta mucha osadía y no tener fobia al sentido del ridículo.

Tokio emula “Una sonrisa que intenta demostrar que no abriga ninguna mala intención” –After Dark de Haruki Murakami–. Tokio, que es caótico, pero no bonito, sí regala una atmosfera determinada –como el resto de Japón– para que la lengua japonesa pronuncie hermosos conceptos, como el de kokoro –corazón, mente, alma, espíritu, pensamiento, etc.– iluminados por millones de chips que conectados hacen refulgir una luz de colores que brilla con la máxima intensidad en la Vía Láctea. Como si Tokio fuera una estrella más.

Información práctica

Turismo de Tokio
http://www.gotokyo.org/es/

¿Cómo ir?
La compañía Turkish Airlines (http://www.turkishairlines.com/en-es), con código compartido con Avianca, tiene 21 vuelos a Tokio y Osaka desde Madrid y Barcelona, con una escala de duración entre dos y cuatro horas en Estambul.

¿Dónde dormir?
Ginza Grand Hotel (http://www.ginzagrand.com)
Keio Plaza Hotel (http://www.keioplaza.com), con la posibilidad de hospedarse en la habitación especial Hello Kitty.
Airbnb (https://www.airbnb.es), la mejor opción para alojarse en un apartamento tokiota y ser uno más del vecindario.

¿Dónde comer?
Issaigassai Taiyomitaini Kagayaku (Todo brilla como el sol) http://isgs.jp/ Acogedor restaurante para degustar pez globo –fugu–.

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