Por el Himalaya de peregrinación

Un paseo por la frontera india para descubrir el origen del río Ganges y la majestuosidad de una cordillera infinitamente grande.

Mi primer viaje a India fue algo al azar. La mayoría de las personas conocidas que habían ido antes, coincidían en que lo mejor era no tener un itinerario definido, sino llegar allá y trazar en el camino. Aterricé en Delhi, tomé un tren hacia Haridwar y seis horas después estaba en un ashram disfrutando del verano indio a orillas del río Ganges. En los tiempos libres pensaba cuál podría ser mi próximo destino. Durante el viaje había visto, en ambos sentidos de la carretera, numerosos caminantes vestidos de anaranjado, que cargaban mochilas y tarros plásticos azules con símbolos en hindi. Todos ellos, aprendí, eran peregrinos que iban hacia las montañas para hacer un viaje muy importante en la vida de un devoto al hinduismo, el peregrinaje de Char Dham. Consiste en visitar cuatro lugares sagrados en el Himalaya: Yamunotri, Gangotri, Kedarnath y Badrinath. Esto despertó mi curiosidad y como quería conocer esta enorme cordillera, había encontrado la disculpa perfecta. Revise mi guía y con mi compañera de viaje decidimos ir al más cercano de ellos, Gangotri, pueblo base para caminar hacia Gaumukh, el glaciar donde nace el río Bhagirathi, uno de los principales afluentes del Ganges que atraviesa gran parte del oriente de la India y desemboca en la bahía de Bengala. El río representa a una diosa, la maa Ganga (madre Ganges) y, como tal, es adorado a lo largo de su curso, en el que va aumentando su nivel de contaminación a medida que se aleja de las montañas, sin que eso disminuya su valor para los devotos, quienes lavan sus pecados y depositan en él las cenizas de sus muertos… entre otras cosas.

Desde Rishikesh tomamos un bus a Uttarkashi. Fueron siete horas ascendiendo una angosta carretera por las montañas. El conductor presionaba la bocina sin piedad y esquivaba los vehículos que descendían, mientras nosotros nos aferrábamos al asiento y respirábamos profundo al son de un bus que coqueteaba peligrosamente con el precipicio. Pasamos la noche allí y, a la mañana siguiente, tomamos un jeep hacia Gangotri. El recorrido duró cuatro horas, en las que estuvimos acompañados de unos peregrinos que nos invitaron a tomar té chai en cada parada y al llegar nos ofrecieron su habitación de hotel; la hospitalidad india en todo su esplendor. Amablemente rechazamos la invitación y encontramos un hostal donde pasar la noche.

Salimos temprano siguiendo las escaleras que llevan al parque nacional y empezamos a subir, convencidos de que volveríamos esa misma noche. En la entrada, un sij con un maletín colgado en su cuello, a la manera de los vendedores callejeros de nuestro país, exhibía todo tipo de pastillas, Paracetamol, Voltaren… “Esto no va a ser tan fácil como creía”, pensé. A lo largo del valle ascendimos por un bosque de pinos, disfrutando de las montañas y siguiendo el curso del río que algunas veces se veía y otras solo se escuchaba. Nos cruzábamos con centenares de peregrinos sonrientes que gritaban frases de adoración a Shiva y a la maa Ganga. Transmitían la felicidad de estar cerca de uno de sus lugares más queridos. La parte más complicada del ascenso fue una ladera rocosa donde el viento soplaba durísimo y hacía caer piedras sobre el sendero. Era necesario tener paciencia, mirar hacia arriba y en el momento en que el viento amainaba pasar corriendo para evitar terminar “descalabrado” en el fondo del valle. Luego de este paso y 14 kilómetros después de Gangotri, llegamos al campamento de Bhojbasa (a 3.775 metros). Ahora podíamos ver el valle que lleva al glaciar con los picos rocosos de las montañas cubiertas de nieve. La caminata tomó más de lo esperado así que fue necesario pasar la noche allí.

Apenas salió el sol y desapareció la neblina caminamos los cinco kilómetros restantes en medio de un valle árido y lleno de rocas. Yo me sentía en otro planeta, todo era muy seco; a medida que nos acercábamos, en el piso se hacían visibles las marcas que señalaban hasta dónde había llegado el glaciar en las décadas previas. Resultó impresionante ver cómo el paso de los años y el calentamiento global habían disminuido su tamaño. Cruzamos una montaña de rocas y allí estaba Gaumukh, naciendo de la montaña, bajo el pico del Bhagirathi, una gruta de unos cuatro metros de alto cubierta de hielo, que se desprendía en pedazos con el sol de la mañana. Caminé lo más cerca que pude, buscando entrever en la oscuridad el origen de la maa Ganga encarnada en el agua que corría entre mis pies. Lavé mis manos, mi cabeza y tomé un poco de agua en mi cantimplora. Un recuerdo que aún conservo de cómo, a veces, soltar el control y entregarse al azar nos puede llevar a los lugares más extraordinarios.

Sobre el Autor

Bogotano. Arquitecto de profesión. Estudiante e instructor de yoga; apasionado por la música, la guitarra y la lectura.

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