Así era la rumba de la costa en los años 20

Las primeras orquestas y conjuntos que le abrieron el camino a la música caribe y el jazz en Cartagena, Barranquilla, Ciénaga y Santa Marta

Revista Diners de marzo de 1989. Edición 228

Erase una vez en 1920 que Cartagena tenía la orquesta de Pacho Lorduy, la mejor de la ciudad según algunos viejitos de la época. Tenía violín, flauta, saxo, clarinete, contrabajo, batería, piano y cantante, es decir, un formato de sonidos finos para oídos elegantes, como los de los intelectuales del Areópago cartagenero como Fernando De la Vega y Jorge Artel, quienes mucho bailaron con esta orquesta hoy injustamente olvidada.

El viejo Pacho murió sin el reconocimiento social merecido a un artista porque los músicos de entonces, como los de ahora, eran la quinta rueda del coche, algo útil para divertimientos y fantasías nocturnas pero sin que realmente fueran valorados como seres humanos creadores. La historia de esta amable orquesta cartagenera de otros
tiempos está por escribirse.

Si la orquesta de Pacho Lorduy se recuerda hoy es porque sirvió de escuela para dos grandes valores musicales del Caribe colombiano: Adolfo Mejía y Ángel María Camacho y Cano. El primero, considerado por algunos como el mejor compositor de música clásica que haya tenido el país, era un flautista adolescente que a veces sustituía al pianista principal, haciendo aprendizaje de música popular antes de viajar a Francia para completar su educación clásica, como tiene que ser en todo músico caribeño que se respete. Y el pianista principal era Ángel María Camacho y Cano, hombre de Arenal, abogado, astrólogo, seminarista, escritor de poesía y zarzuela, quien haría historia musical, aunque de manera distinta a Mejía. Al buen Adolfo, hombre de Sincé, casi sin querer se le inmortalizó “Cartagena, brazo de agarena”, bolero nacido en una amanecida bogotana y hoy visto como representativo de la ciudad.

En 1923, terminados sus estudios de derecho, Ángel María fue nombrado juez en San Andrés y Providencia, lo cual se interpretó como un insulto porque las islas eran vistas por entonces como el fin del mundo. Preocupado, consultó a su profesor Aníbal Osario, de la Universidad de Cartagena, quien le respondió: “Sígase por los dictados de su corazón”, fórmula enigmática para occidentales, no para caribeños. Y así fue, para fortuna de la humanidad. Camacho y Cano estuvo varios años girando entre Sincelejo, Montería, Medellín y Barranquilla, donde hizo contacto con Don Ezequiel Rosado, comerciante de lámparas y otros artículos de lujo, miembro de la importante Sociedad de Mejoras Públicas y agente de Brunswick Records, una casa disquera norteamericana con sede en Nueva York. En una audición privada, Camacho interpretó cerca de quince números antes de interrumpirle Don Ezequiel: “Ya no sigas más-le dijo-, ya te conozco perfectamente bien; lo único que puedo decirte es que vayas a tu casa y alistes las maletas. Si te falta plata yo te presto, te compro maletas nuevas; te vas para Estados Unidos. Yo te hago un préstamo para que no te haga falta nada; no te preocupes, yo sé que me vas a pagar”. Luego de firmar un contrato que lo comprometía a grabar treinta canciones para la Brunswick, se fue para Nueva York.

Ahí se encontró con el inmortal Rafael Hernández, quien le ayudó a contratar los músicos que conformaron el Grupo Camacho y Cano -trombón, trompeta, piano, bajo y batería- con el cual grabó, además, dieciocho canciones para la Columbia Records, utilizando el seudónimo de Rafael Obligado, siguiendo una práctica muy extendida
entre los músicos latinos de Nueva York para mejorar sus ingresos y evitar una eventual demanda judicial por su disquera contratista.

De esta época es “Óyeme Lorenza”, su porro más conocido, que sería cantado por Juan Pulido en La Habana con éxito resonante; igualmente célebre es su arreglo del vals “Tristezas del alma”, escrito por su paisano Lucho Rodríguez Moreno. Era el año 1928.

La Barranquilla de entonces

A comienzos de los años veinte, la música costeña no disfrutaba del favor de las clases altas barranquilleras, consumidoras de los figurines de la “belle époque” europea y en los cuales se inspiraba para copiar la frivolidad londinense o parisina del momento. Esto, que hoy parece un poco extraño, se explica porque eran clases originadas en una inmigración extranjera incrustada en una ciudad sin pasado colonial, por lo cual apenas era lógico que carecieran de mayor apego por los ritmos vernáculos y se prefieran ritmos de origen europeo como el vals, o de origen cachaco, como el pasillo.

Sin embargo, eran muy sensibles frente a lo que triunfara en los centros metropolitanos internacionales y, por esto, tal vez Barranquilla se cuente entre los primeros sitios por fuera de los EE.UU. en apreciar el jazz. Esto ocurrió en 1923 cuando el Club ABC contrató para los carnavales a la primera orquesta extranjera de música popular que llegó por acá: la Panamá Jazz Band, y con ella, el jazz y el charleston, a más de un cierto revuelo en las costumbres rumberas de las clases altas barranquilleras.

¿Qué sonaba en la Barranquilla de entonces? Música del interior, europea, y norteamericana a partir de 1923, sobre todo en los ambientes de las clases altas. Pululaban ritmos como foxtrot, one-step, bambuco, vals, mazurca, polka y tango. Una noticia promocional aparecida en la prensa local el2 3 de octubre de 1928 da muchas pautas para imaginarse aquel universo sonoro: “Mariano Meléndez puede ser feo, pero cantar, canta y canta bien. Dígalo si no el disco del encabezamiento que se nos agotó”. Se refiere la nota a un vals triste llamado “No importa que de ti me aleje”. Afortunadamente para los de antaño no existían los complejos mecanismos publicitarios que hoy venden no solo la voz del cantante sino su cara, sus dientes, los lugares comunes que puedan brotar de su cerebro, y los chismes reales o supuestos sobre su vida sexual. En aquel entonces se podía ser feo y triunfar; tal vez por eso había buenos vocalistas.

De todos modos, resulta curioso imaginarse a la ardiente Barranquilla enloquecida por un vals criollo.

No existían, por esos años, listas de éxitos o “hit parade” que nos indiquen hoy cuáles eran los sucesos musicales del momento. Para saber esto, el investigador de historia musical debe recurrir a otras fuentes. En efecto, como no existía industria fonográfica colombiana, los discos se importaban a través de dos agencias: la ya mencionada Brunswick Records de Don Ezequiel Rosado, y la RCA Víctor, del venezolano Emigdio Velasco, dueño de la tradicional y ya desaparecida Foto Velasco. Los importadores publicaban regularmente en los periódicos las listas de discos recién llegados, y ellas nos proporcionan hoy informaciones valiosas sobre las preferencias musicales de la época. Por ejemplo, una noticia del 30 de agosto de 1928 comentaba “No olvidar que Ramona, de Dolores del Río, es el disco que está haciendo furor en Estados Unidos. Estamos sacándolo de la aduana”.

También gustaba mucho “Río Rita”, célebre foxtrot salido de unas no menos célebres película y comedia ligera norteamericanas del mismo nombre, de esas canciones de Tin Pan Alley que buscaban colorear de rosado optimista la dura realidad de las fricciones presentes en la vida fronteriza de México y Estados Unidos. Un éxito a nivel mundial originado en Europa, “La novia de Tutankhamon”, inspirado en la recién descubierta momia del faraón egipcio, generó una verdadera epidemia entre las “niñas bien” de la Costa, quienes se esmeraron formando coreografías con brinquitos de momia, y pusieron de moda los peinados faraónicos y los vestidos con motivos egipcios.

También se oyó mucho la famosísima “Leyenda del beso”, en versiones de Rodolfo Hoyos y de la Orquesta Internacional de Conciertos. El pasillo “Barranquilla” y el danzón colombiano “Pringamosa”, ambos del compositor barranquillero Cipriano Guerrero, se obtenían en discos importados y eran escuchados con buen suceso, así como las canciones de Libertad Lamarque, Pilar Arcos, Juan Pulido, Tito Schipa, Margarita Cueto y tantos más.

A todas estas, en los sectores populares reinaba la música típica de la Costa Atlántica, repudiada en los salones de las clases altas, sobre todo por las señoras y señoritas, porque con los señores y señoritos ocurría otra cosa. Ellos aprovechaban ciertas ocasiones, como el Carnaval, para efectuar cierto tipo de incursiones clandestinas y picarescas, siguiendo una importante tradición picante, vigente ya en tiempos de Simón Bolívar, y que significó un mecanismo de transmisión paulatina de los sonidos populares hacia las mansiones elitistas. Luego de sus aventuras y aventurillas, los señores y señoritos llevaban de vuelta a sus casas unos sentidos abiertos hacia una música que asociaban con el esparcimiento perfecto y la liberación total, ambiente descrito por José Félix Fuenmayor en Cosme, una novela de la época:

“En una pequeña sala se confundían numerosas parejas bailadoras. Los instrumentos de viento asordaban gloriosamente a los danzarines, orgullosos de aquel poderoso estrépito. Los hombres parecían contorsionistas de circo. Manejaban a las mujeres, en cuanto a la mecánica de los pasos, con la confianza con que un artesano se sirve de un utensilio, y en cuanto a lo demás, con desahogo de maridos. Las mujeres, bajando los ojos o mirando al soslayo, dejaban hacer. Ninguna espiaba a otra, porque todas se ocupaban en lo mismo”.

Mientras tanto, la isla de Cuba hacía su aparición triunfal en el escenario disquero internacional, y esto renovó antiguos lazos. Para los costeños la influencia cubana ha sido un hecho innegable desde el siglo XIX a través de contactos esporádicos que dejaron su huella duradera en el Magdalena, La Guajira, la región sabanera y la depresión momposina. Esta influencia se incrementó notablemente a partir de los años veinte cuando los cubanos comenzaron a grabar para las casas disqueras de los EE.UU. y rápidamente empezaron a desplazar a los ritmos europeos y norteamericanos, tanto en los sectores populares como en las clases altas.

Como dato curioso, vale la pena anotar que el éxito mundial arrollador de la música cubana hizo mucho para lograr que las clases altas barranquilleras finalmente recibieran en sus salones a los ritmos vernáculos de la Costa. O sea, que les prepararon la sensibilidad hacia el sabor caribeño, cosa que antes no estaba muy clara que digamos. Ya en el año 28, la influencia sonera empieza a sentirse con fuerza en las fiestas barranquilleras de fin de año.

Suenan “Te odio”, del legendario Sexteto Habanero, y un inmortal son pregón: “El Manicero”, en versión de Emilio de Grandy, cuyo único ejemplar conocido reposaba hasta hace unos pocos años en los venerables traganíqueles del desaparecido Bar Avenida en la histórica estación de Ciénaga. En esa oleada llegó también el Trío Matamoros, grupo sonero grande de la región oriental de Cuba, y después de Matamoros, después de oír “Son de la Loma”, “Juramento” “Elíxir de la vida”, “Regálame el ticket”, y muchas canciones gloriosas más, ya el oído musical barranquillero quedaría irremediablemente afinado hacia el Caribe.

La Ciénaga de las academias

En aquellos años el importante enclave bananero de Ciénaga vivía tiempos particularmente intensos. La exportación de fruta andaba bien, muchas familias de clase alta aprovechaban los barcos de la compañía bananera para mandar a sus hijos a estudiar a Europa (Francia y Bélgica, sobre todo) y, como signo de todo ello, la parte central de la ciudad se estaba llenando de casas art noveau y art déco, tal vez como homenaje inconsciente a lo que los jóvenes bananeros experimentaron en la vida cosmopolita de París y Bruselas. A partir de los diseños de un arquitecto francés de apellido Carpentier, se construyó la Plaza del Centenario, una de las más bellas y sensuales del país. No es casual, entonces, que aquí hubiera tenido lugar toda la fábula macondiana sobre el esplendor decadente en el trópico: mobiliarios europeos, bibliotecas de libros raros y curiosos, casas con teatro incorporado, salones donde se hablaba francés, familias de notables apellidos dedicadas casi que por vocación a la causa de la vida amable, etc.

La sensibilidad musical de estas élites era más que evidente. Ciénaga tenía Escuela de Música y Centro Artístico, además de varias bandas de música típica, una de las cuales se llamaba Armonía de Córdoba y fue fundada por el legendario Eulalio Meléndez con el auspicio de Jacobo Henríquez Ricardo, historiador y miembro de una de las familias notables, de origen corozaleño y con intereses en la creciente industria bananera. Esta banda tocaba en las “academias”, sitios populares al estilo cubano donde se bailaba con unas “académicas que cobraban una determinada suma por pieza bailada, en las cuales floreció la picaresca musical. Uno de los músicos más sobresalientes de esta banda, Andrés Paz Barrios, le cambió el ritmo a una puya vernácula de origen indígena para volverá cumbia con el nombre de “La cama berrochona”.

“Dormí, dormí, dormí
en mi cama borrachona
Anoche dormí con Juana
Y esta noche con la Mona”

La canción, de indudable contenido picante, se volvió inmensamente popular en el mundo “académico” de Ciénaga y, con el tiempo, se convirtió en el sonido representativo del pueblo con el nombre de “La cumbia cienaguera”. Por su parte, Eulalia Meléndez, director de la banda, después de haber compuesto “La piña madura” al finalizar la Guerra de los Mil Días, hizo sonar durante los años veinte su célebre “Helado de leche”. Además, cuentan (pero no está comprobado) que en 1928 sonaba “Buchipluma” en las cantinas de la estación de Ciénaga donde se reunían los obreros bananeros, Y que era uno de sus números favoritos. Lo cierto es que la canción asociada a la célebre huelga bananera de ese año era “El tambor de la alegría”, en versión de El Grupo de la Alegría, y resulta curioso comprobar que el 6 de diciembre de 1928 la prensa barranquillera informaba lo siguiente:

“El Tambor de la Alegría. Ese suculento y apocalíptico disco orofónico de Víctor No 81642 acoplado con Qué Bonito Viento para Navegar, interpretados ambos por el Grupo de la Alegría, llegó y en menos de media hora se rapó la clientela. Hasta aquí eso no tiene nada de particular pero resulta que en vista del pedido que tiene el estupendo disco, El Tambor de la Alegría, algunas personas lo han traído de Panamá y otras plazas para revenderlo a precio no equitativo. Y hasta aquí tampoco tendría esto nada de particular si no fuera porque El Tambor de la Alegría, el monumental y soberbio disco que tenemos al recibir de un momento a otro y en cantidades como para que nadie se quede sin él”.

Epílogo

La radio colombiana nació el 8 de diciembre de 1928 cuando Elías Pellet inauguró La Voz de Barranquilla. En las primeras emisiones estuvo casi prohibida la música costeña. Sin embargo, ya el viaje de Camacho y Cano a Nueva York estaba abriendo otros horizontes.

Pocos años después, la misma radio barranquillera dio lugar a las primeras orquestas caribeñas que sostuvo barranquilla: la orquesta Sosa, la Emisora Atlántico Jazz Band, entre otras. La histórica visita que hizo a Barranquilla en 1939 la célebre Casino de la Plata para inaugurar el Jardín Águila no solo coronó de laureles a la música caribeña sino que anunció la época de oro de la música costeña. Una época inolvidable.

Articulos Relacionados

  • Galería: el lado cómico del reino animal
  • El álbum navideño de Sia
  • Ya está aquí el tráiler definitivo de Las Chicas del Cable
  • X: la película de Maluma