Filarmónica Joven de Colombia: una apuesta por la inspiración

La Filarmónica Joven de Colombia es una iniciativa liderada por la Fundación Bolívar Davivienda que se ha presentado en varios escenarios del mundo y ha sorprendido a los expertos. Se prepara para su debut en el Rheingau Musik Festival de Alemania y en el Styriarte de Austria.

Teatro Colsubsidio Roberto Arias Pérez, Bogotá, 2015. Andrés Orozco Estrada, el director, dibuja un círculo invisible con las manos y lo cierra con la punta de su batuta. Do, si sol mi si la, contesta el fagot disolviendo cada sonido en el siguiente, juntándolo en una sola línea diáfana que moldea a su antojo. Los arcos de los violines suben y bajan hipnóticamente. Rítmicos, certeros, constantes. Las manos del director se abren dibujando oblicuos en el aire y, entre la orquesta, algunos pies disimulados zapatean el pulso con timidez. Hombros tensos, miradas agudas y una batuta que ordena: Si, si, do re mi, re do si. La Filarmónica Joven de Colombia obedece en fortissimo, en coro, en un grito incontenible que hace estallar, entre las palmas abiertas Orozco, La consagración de la primavera de Igor Stravinsky.

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“La primera vez que vi tocar a la Filarmónica Joven de Colombia quedé impresionado y me dije: no, yo tengo que estar en esa orquesta. Fue en Medellín, en 2011. Comencé a prepararme y al año siguiente presenté la audición sin esperar nada. O tal vez quedar en lista de espera. Cuando llegó la carta con el resultado, ni siquiera pude leerla completa, fui directo al final, al párrafo que decía: felicidades, has sido seleccionado para ser parte de la temporada 2012-2013”, cuenta Cristian Jaramillo. “En ese entonces tenía 19 años. Ahora tengo 24 y me faltan dos semestres para graduarme como contrabajista de la Universidad de Antioquia. Comencé estudiando violín a los ocho. Yo estaba en la Red de Escuelas de Medellín y en esa época, para asignar los instrumentos te miraban la cara y te medían las manos. ‘Tenés cara de tubista, cogé esa tuba’. Yo era pequeño y me dieron un violín. No pensé nada, tengo que confesar que no conocía sino violines y violonchelos. Me fui a estudiar juicioso y en la recepción de la escuela vi un contrabajo. Tan grande, tan imponente. Le dije a la secretaria: no, yo mejor quiero tocar ese. Me insistieron en que no iba a poder, en que yo era muy pequeño y el instrumento muy pesado. Yo estaba enloquecido, fui por una silla, me paré encima y les dije: si me toca así, pues así lo hago. Esa vez no logré nada. O bueno, sí, un regaño y que me devolvieran al violín. Pero a los catorce yo ya era casi un hombre. Había crecido más que mis compañeros, tenía manos grandes y el cuello muy grueso. El violín me resultaba incómodo y el contrabajo parecía hecho a mi medida. Le pedí al director de la Orquesta que me dejara cambiar de instrumento. Él me miró de arriba abajo y me dijo: ‘Bueno, probemos’. Algo hizo clic. Comencé a estudiar mucho y avanzar muy rápido. Todo se fue dando, solo tuve que esperar un poquito. Es que lo que es de uno, es de uno”.

Andrés Orozco Estrada, director de la Filarmónica Joven de Colombia

Amor por la música
La Orquesta Filarmónica Joven de Colombia es sencillamente música. En 26 países, en las manos de 376 intérpretes y en más de 130 escenarios. Es una orquesta de jóvenes que ha pasado por São Paulo, New World Center of Miami, Fort Worth Dallas, Houston y que en julio llegará a Europa por primera vez. Es una apuesta liderada por la Fundación Bolívar Davivienda que, en palabras de Fernando Cortés, su director, “trabaja para inspirar a los jóvenes, para inspirar al mundo”.

La orquesta existe desde 2010, pero su historia comienza mucho antes. Hace 25 años, cuando César Gaviria era presidente, Ana Milena Muñoz, la primera dama, quiso replicar el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles de Venezuela, un programa educativo que plantea la música sinfónica como lenguaje de inclusión, diversidad y desarrollo. Ana Milena unió, entonces, los esfuerzos del gobierno Gaviria con los de algunas empresas privadas y materializó una idea que cada vez suena con más fuerza: la Fundación Batuta.

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El 22 de septiembre de 1991, 354 niños viajaban desde diferentes lugares del país para tocar en Bogotá. La Orquesta Batuta estaba lista y solo faltaba que sus integrantes, que venían de Cali, Bucaramanga, Medellín, Pereira, Manizales, Ibagué y Tunja se encontraran en la Plaza de Bolívar. A ese primer concierto le siguió la creación de orquestas en cada ciudad; el nacimiento de la agrupación Allegro que por varios años representó a Batuta internacionalmente; proyectos como Déjate tocar por la música y Música para la reconciliación destinados a los jóvenes víctimas del conflicto armado, la Orquesta Metropolitana Batuta Bogotá, y conciertos en Berlín, Italia y Nueva York. Actualmente, la Fundación tiene 45.000 niños, 197 centros de formación, 45 orquestas y 25 años. “Después de casi 18 años de trabajo nos llegó el momento de volver a crecer. Vimos que era necesaria una orquesta sinfónica, una de jóvenes que inspiraran al mundo: la Sinfónica Joven de Colombia”, dice Cortés.

“Yo tenía siete años cuando me enamoré de la música. Mis papás me llevaron a un concierto de la Fundación Batuta en el que la orquesta tocaba piezas colombianas. Aunque ya no puedo recordar exactamente cuáles, recuerdo que algo muy fuerte se despertó en mí, algo que me acompaña todavía. El violín me llegó después. Tres años más tarde escuché a un estudiante de la Fundación tocar un par de obras del método que escribió Shinichi Suzuki. Son obras sencillas y es un método de enseñanza, pero la música es música y el violín es violín. Me enamoré por segunda vez”, afirma Andrés Felipe Romero.

“Soy músico, soy violinista. Me gradué de la Universidad Nacional. Toco con la Orquesta Filarmónica Juvenil de Cámara y soy parte de la Filarmónica Joven de Colombia. No fue fácil estar en ‘la joven’. Me presenté tres veces antes de pasar. Pero han sido tantos los aprendizajes que no puedo contarlos. He tocado Petrushka, el ballet de Stravinsky, en giras nacionales. Me he subido en escenarios de Houston, Cartagena, Santa Marta, Armenia. Y sobre todo, me he encontrado con gente que tiene los mismos intereses que yo. Con buenos músicos y buenas personas. El violinista que más admiro se llama David Óistrakh, ya se murió, era ruso. En general, prefiero la música rusa, es muy emotiva. Pero si se me apareciera un genio y me dijera que puedo quedarme con los talentos de tres violinistas, le pediría el virtuosismo de Niccolò Paganini, el carisma de Salvatore Accardo y la disciplina de Óistrakh. También su amor por la música, porque al final de día, eso es lo único que queda”, explica Romero.

La Filarmónica nació en 2010, pero su historia se remonta a 1991 y al proyecto Orquesta Batuta

El nacimiento
“Creamos la Filarmónica Joven pensando en una plataforma capaz de visibilizar todos los esfuerzos del país alrededor de la música sinfónica”, afirma Fernando Cortés. La Orquesta nace en alianza con la YOA Orchestra Of The Americas, una iniciativa liderada por el New England Conservatory y la empresaria Hilda Margarita Ochoa-Brillembourg. El modelo es el mismo para las dos: una residencia artística que termina con una gira de conciertos. Cada año, los aspirantes se postulan a través de una serie de audiciones y un grupo de jurados, que para el caso se llama Faculty, elige los futuros integrantes de cada temporada: diciembre-enero, junio-julio para la Filarmónica Joven, y julio-agosto para la YOA.

El proceso en Colombia comienza con 1.200 inscritos, se reduce a 400 audiciones y termina con 100 jóvenes músicos elegidos. La historia se repite cada año, la selección solo asegura a los intérpretes su atril por una temporada. Sin embargo, no existe límite de veces para audicionar, el único requisito es ser colombiano. “Uno supondría que los seleccionados son siempre los mismos, pero hemos descubierto, para nuestra satisfacción, que el grupo se renueva constantemente. Son muchos los que trabajan duro por entrar y muchos los que se esfuerzan por mantenerse”, dice Cortés.

La Orquesta está bajo la dirección artística de Andrés Orozco Estrada, quien además de ser voz definitiva en la elección del repertorio, hace las veces de guía musical en cada residencia. Por supuesto, no es el único. La batuta ha estado en manos de distintos invitados, entre los que se encuentran el venezolano Carlos Izcaray, el italiano Salvatore Accardo y el ya fallecido Matthew Sydney Hazelwood, director principal hasta el 2012.

Esta temporada, la Orquesta saldrá el 26 de junio de Kassel, Alemania, y diez días más tarde llegará a Graz, Austria. Pasará por el Styriarte y el Rheingau Musik Festival, compartirá escenario con la soprano Juanita Lascarro y el chelista Daniel Müller-Schott, y hará sonar La consagración de la primavera, de Igor Stravinsky. La misma que en el 2015 le valió tantos elogios y aplausos por parte de la crítica. “Esa es mi obra favorita. Ya la hemos tocado antes, pero cada vez la disfruto más. Cuando suene allá, seguramente se me van a escurrir las lágrimas”, dice Cristian Jaramillo, el contrabajista.

“Pronto seremos más”
“Yo vengo de un pueblo, de Marsella, Risaralda. Y en los pueblos uno no toca el instrumento que quiere, sino el que le dan. Para mí, primero, fue un trombón. Después, un eufonio. Y luego el director me dijo: ¿se le mide a una tuba? Como son pocas las mujeres tubistas, muchas veces tuve que escuchar que el instrumento era muy grande, que era de hombres, que yo era muy pequeña. Nunca me importó, a mí me gustaba tanto y me hacía tan feliz que esas cosas quedaron siempre en un segundo plano”, dice Manuela Díaz.

“Nunca he tenido como compañera de fila a una mujer. Es más, no hay muchas orquestas con mujeres en la tuba, pero la Filarmónica Joven de Colombia me tiene a mí y yo tengo tres pupilas en la escuela de formación donde trabajo. Pronto seremos más, estoy segura. Yo iba a ser enfermera. En mi familia no entendían mucho eso de vivir de la música, para ellos no era una opción. Sin dejar de tocar, comencé a estudiar enfermería y en esas estaba cuando la Banda Sinfónica de Pereira abrió audiciones. Me presenté sin decirle a nadie y pasé. Me fui para la casa y les dije a mis papás: voy a vivir de la música. De eso hace ya cinco años. ‘La joven’ es para mí una inspiración. De eso se trata todo. Tengo 23 años y vivo de la música. Tengo 23 años y vivo por la música”.

De vuelta al inicio
Teatro Colsubsidio Roberto Arias Pérez, Bogotá, 2015. Si si si la la la, la melodía se escurre en la voz de los metales. El pecho de Andrés Orozco se eleva con una inhalación y sus brazos extendidos dibujan un triángulo en el aire. A los golpes impredecibles del bombo, la orquesta responde con frases asimétricas. Con ritmos dispares y enfurecidos. Con acordes imponentes que se sobreponen unos a otros llenando silencios. Un, dos. Un, dos, tres. Gesticula el director con vehemencia. La orquesta se detiene en una corchea seca y de las flautas se escapa un adorno floreado. La batuta lanza su estocada más certera y suena, en fortissimo, el acorde final. Re, la, sol, mi. Por un segundo no pasa nada, luego la música muere en un aplauso largo.

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