Heavy Metal: ¿un virtuosismo musical?

Los fanáticos del rock en español no lo pueden oír. Según ellos es estridente, agresivo, sucio, satánico….

Revista Diners de junio de 1989. Edición número 231

Ni todo lo que se conoce hoy como rock en español es rock, ni a un rockero tiene por qué gustarle el metal, como tampoco es lo mismo un punkero que un niño pop. Hay que precisar. Porque si el sonido resulta diferente, el movimiento juvenil que lo acompaña no se queda atrás: un metalero es por definición y pinta distinto de un rockero en español, que algunas veces sólo se comporta así por moda o por programa de fin de semana.

El rock es una música en constante cambio. Sin embargo hay estilos de rock que tan pronto alcanzan el éxito comienzan a repetirse. Por eso las bandas de metal se cuidan de hacer videos, aparecer en la televisión o figurar en las listas de los superéxitos. Son underground no por el bajo volumen de ventas sino por la forma violenta de provocar los oídos acostumbrados al sonido de las baladas.

Las invocaciones al diablo, la fascinación por la muerte y la defensa del capitalismo, precisamente por ser el metal una prueba de su más grande explosión, son algunos de los temas que armonizan con un ritmo que para muchos es sólo ruido. Pero en ocasiones resulta el producto de músicos formados en conservatorios, cuyo virtuosismo en la interpretación de la guitarra se compara al que grandes maestros como Narciso Yepes.

El ímpetu musical del metal contrarresta el marasmo en que caen algunas agrupaciones, que no experimentan por temor a matar la gallina de los huevos de oro. Por el contrario, la música pop se hizo tan popular como los best-sellers, porque gusta tan fácilmente como se compone. Pero con el renacimiento a finales de los setentas del rock pesado y el rock metálico, se regresó a la estructura del rock and roll, de guitarras, bajo, batería y cantante. Se dejaron a un lado las excentricidades tecnológicas para dar paso a nuevas técnicas de interpretación de la guitarra, instrumento fundamental de todo el movimiento metalero.

Un camino no tan largo

Despacio, algunas veces sin muchos aspavientos más mediáticos, otras agrupaciones, especialmente en Europa, siguen buscando nuevos sonidos: MotorHead, desde hace más de quince años; Black Sabbath, Led Zeppelin y AC/DC., en rock pesado; y Jethro Tull, Emerson Lake and Palmer, Pink Floyd, en el rock de tipo experimental.

Simultáneamente surgen nuevas formas de protesta que van en contra no sólo de la sociedad sino de otros movimientos juveniles. Frente al proyecto mesiánico de los hippies aparece la “muerte joven” promulgada por los punk. Ya no será paz y amor sino anarquía y asco: a las flautas y las flores los punk responden con chaquetas de puntillas y papel higiénico colgado de las solapas, a la vida en comunas se enfrenta la convivencia violenta y parasitaria con la sociedad, ya sea bailando encima de las tumbas o armando motines en los desfiles del Papa.

El baile también cambia. Aparece el pogo, una danza de patadas y puños que dura tanto como la música, pues una vez suena el último acorde el baile se detiene. Pero aunque el punk atrae gente, todavía quedan muchos grupos buscando un ritmo que los identifique. En New York, por ejemplo, músicos desconocidos, amparados bajo el más completo anonimato, aprovechan los corredores del Metro para improvisar. Con el dinero que recogen organizan conciertos piratas y mantienen el oído pendiente de los nuevos discos, que acaban de salir en Europa, y de los viejos que todavía tienen algo que enseñar como Jimi Hendrix. El resto del dinero será para la cerveza.

Pronto la diferencia entre metal y punk se hace evidente; al hardcore, nacido en los pub punk londinenses, los metaleros agregan nuevos elementos musicales. Y mientras los punk siguen bailando al ritmo del bajo, los metaleros comienzan a buscarle nuevos sonidos y velocidades a la guitarra. Las letras de las canciones también son distintas. A la total anarquía del punk, los metaleros responden con una nueva energía orientada hacia un cambio de actitud: “despierta, la ley no puede controlar tus ideas” (Anthrax). Se recupera el satanismo, sin ningún tipo de interés religioso, sino más bien como una forma de provocar reafirmando esas zonas prohibidas de la vida.

De aquí en adelante la velocidad será el motor que impulsa la creación de nuevos ritmos. Aparecen el trash (basura), el death metal (metal de la muerte), y el crossover, de una velocidad cercana a la de la luz.

Estos últimos son ritmos imposibles de bailar debido a las velocidades con que son interpretados. Porque esta música, como nos decía un metalero criollo, “se vive con el acelerador a fondo”.

De las cloacas al Grammy

Aunque podemos estar seguros de que habrá metal para rato, este sonido de alguna manera coronó. Las casas disqueras ya tienen sus ojos puestos en agrupaciones como Metallica y Anthrax, a las cuales ofrecen la ampliación del mercado, las mejores técnicas de grabación, además de videos y premios. Corren el riesgo de perder la intención original, la de ser vanguardia, y de producir música predecible, pegajosa, que no implique muchos contratiempos comerciales. Se trata de la suprema seducción por una cierta estabilidad musical, que algunos insisten en llamar madurez, y que en muchos casos es más fuerte que la necesidad de estar siempre innovando.

La amenaza, en el caso de las bandas de metal, es la de perder su identidad frente al heavy, un ritmo menos peligroso comercialmente por su larga trayectoria en el mercado. Esto explica la frustración de muchos metaleros al enterarse de la nominación de Metallica para el Grammy, pues así uno de los grupos más importantes del metal puede terminar como otra “bandita de heavy”.

Pero, más allá de estos problemas netamente económicos a los cuales la música no puede permanecer ajena, el aporte del metal esta ya hecho: un mayor virtuosismo en la interpretación de la guitarra y la batería, riqueza en los ritmos, uso acentuado del doble bombo, explotación de la voz gutural y nuevas escalas en la guitarra. El rumbo está fijado. Otros serán los músicos encargados de crear a partir de aquí, y otros los jóvenes dispuestos a denigrar de las cruces y los diablos con los que se divierten los metaleros.

Metal nacional

Las primeras grabaciones de metal en español que se conocieron en Bogotá llegaron escondidas en los fijacks de los soldados reclutados a la fuerza en Medellín, quienes más tarde los prestaban a los “pelados” del barrio con la condición de que estos abrieran sus ventanas y le subieran el volumen al equipo. El préstamo se hacía bajo la promesa de máximo cuidado, pues esas cintas eran el único recuerdo de la época en que organizaban bailes encima de las tumbas, se drogaban con pepa de cacao y armaban peleas a machete con los punk. Sin embargo hoy, reducidos a vigilar casas en el norte, les toca suspirar como señoritas y fingir que en vez de fusil tienen una guitarra eléctrica.

El metal, al igual que otros movimientos juveniles inspirados en la música, forma sectas donde la intolerancia musical también dicta otro tipo de odios: a los plásticos por sus baladas, a los hippiolos por sus grupos de vieja guardia y a los mochilungos por chiflar al grupo ruso de rock pesado que estuvo en gira por Colombia.

Aun con los punk, sus parientes más cercanos, la convivencia es violenta en Medellín y no siempre pacífica en Bogotá.

El auge del rock en español en nuestro país no es más que el éxito de algunas bandas de pop en español como Compañía Ilimitada, Sociedad Anónima y Pasaporte. Las agrupaciones de metal como Neurosis, Darkness, Apocalipsis, Parabellum, Reencarnación, Amén y Némesis en el metal, y la Pestilencia en punk, son aún desconocidas para el gran público. Sin embargo estos grupos no paran de dar conciertos y sus grabaciones se pasan de mano en mano, de “parche en parche”, mientras esperan que la incipiente industria que se está formando los favorezca de alguna manera.

Son optimistas porque hay razones para estarlo. Primero que todo porque el desfase musical de varios años que tenía la juventud colombiana a comienzos de la década del 70 ya se redujo a un par de semanas. Los discos importados se consiguen en la Avenida l9 y, como ya se sabe, basta con que un LP llegue a Bogotá para que pronto las grabaciones piratas inunden el mercado. Además se comienzan a organizar conciertos con grupos relativa importancia como Quiet Riot.

Tarde, es cierto, pero quizá a tiempo para que nuestros músicos renueven sus técnicas de interpretación, descubran nuevos estilos y evalúen su grado de profesionalismo. Porque las radiografías y los tarros de basura con que los punk construyen las baterías están bien para los pogos en los cementerios, no para la música. Por eso ya hay metaleros colombianos estudiando en Londres y “pelados” de 15 y 16 años solfeando en las busetas o escuchando el Concierto de Aranjuez para mejorar sus punteos. Los jóvenes por fin comprendieron que hay que formarse porque la música la hacen los músicos y no basta con las ganas o las buenas intenciones.

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