Los suicidas del fin del mundo, un libro apasionante y desgarrador

El primer libro de la periodista argentina Leila Guerriero, publicado en 2006, cuenta una historia desgarradora de un pueblo perdido en la Patagonia

Los suicidas del fin del mundo
Leila Guerriero
Tusquets Editores
230 páginas

Los suicidas del fin del mundo es de esa clase de libros que uno no puede dejar de leer y solo quiere devorarlo en una sola sentada. Quizás es porque toca un tema tan doloroso y complejo como el suicidio y uno quiere tratar de entender por qué pasó lo que pasó.

La trama transcurre en Las Heras, un pueblo de la provincia de Santa Cruz, perdido en medio de la Patagonia argentina, donde 22 jóvenes se suicidaron entre 1997 y 1999. Así, sin más, iban apareciendo, uno tras otro, ahorcados o con un tiro, un día antes del inicio del nuevo milenio, luego de cenar con sus padres o después de hablar con su mejor amigo.

Leila Guerriero (Junín, 1967), una de las mejores cronistas latinoamericanas en la actualidad, reconstruye con el rigor del periodismo y su contundente pluma narrativa, esas horas previas, esas historias de vidas, esos instantes de quiebre. El relato resulta desgarrador.

En una entrevista realizada por Juan Miguel Álvarez, publicada por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, Guerriero cuenta que se encontró con el tema de una manera casual. Por ese entonces, trabajaba en el periódico La Nación y le llegó un correo electrónico de una ONG llamada Poder Ciudadano, en el que le contaban sobre un programa de resolución de conflictos para jóvenes. Uno de los lugares donde lo iban a aplicar era justamente en Las Heras, porque tenía desempleo muy alto, alcoholismo, embarazo adolescente y el suicidio de 22 jóvenes. Era 2001 y la historia le llamó profundamente la atención, pero solo hasta marzo de 2002 pudo viajar e ir por su propia cuenta.

A partir de una larga investigación, varios viajes posteriores y decenas de entrevistas, publicó en 2006 este, su primer libro, y encontró que no había una sola respuesta. Solo están los hechos, una descripción de ese macro personaje central, que es el pueblo, un lugar solitario, frío, donde el viento no permite ni caminar; un espacio lleno de inmigrantes que trabajaban en una empresa petrolera, pero que se desvanece ante la crisis petrolera; donde no hay mucho que hacer, donde las ilusiones se opacan. Y esa punzante descripción se va alternando con la historia de los familiares, los amigos y los vecinos de los fallecidos, que cargan con ese dolor, tan difícil de sacar y de expresar, y que también viven su propio drama.

Algunos dicen que los suicidios fueron producto de una secta satánica y que había hasta una lista detallada de los que iban a morir; otros creen que no tenían ningún tipo de conexión un suicidio con otro, simplemente, cada uno cargaba con sus propios problemas. Al final, solo queda la indiferencia de la capital, Buenos Aires; el desazón de unas pocas iniciativas que intentaron ayudar a los sobrevivientes, pero que nunca despegaron, y una esperanza vaga de que algo haya cambiado en los años siguientes.

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