Cartas de Julio Cortázar

En el año 2000 la editorial Alfaguara presentó en tres tomos, la correspondencia completa del autor de Rayuela. Las cartas se encargaron de construir su perfil, con sus dudas, sus fobias y su desbordante capacidad creadora.

De la Revista Diners para no olvidar al cronopio mayor. Revista Diners de octubre del 2000. Edición 367

Querido Julio:

Perdóname por no haberte escrito antes, pero la lectura de tu nueva carta, en tres tomos, me tomó más tiempo del que crees. Es que 1.835 páginas no se leen en una noche.

Te dará gusto enterarte que ya superaste en fama a Leopoldo Lugones y a Arturo Capdevila. Al primero lo leen algunos intelectuales, pero a don Arturo…, como bien lo creías, sólo duerme en las bibliotecas. En cambio a ti Julio, si vieras con qué desespero te devoran estudiantes, amas de casa, oficinistas y viejos lectores. Lo de Rayuela no deja de ser extraño. Cada vez que alguna mujer lo lee quiere que la llamen “La Maga” y hasta empieza a hacer estragos con los tubos de pasta dentífrica. No te imaginas cuántos muchachitos siguen tus parisinos pasos y se exilian voluntariamente en Francia “porque allá aprendió a escribir Cortázar”.

Perdóname que no te escriba a máquina, como siempre lo haces, pero en estos días de fervor tecnológico podrían quemarlo a uno por no utilizar internet o una computadora portátil. Quisiera que me cuentes qué piensas del correo electrónico, ¿mandarías por ahí una carta? Me imagino que los lectores no están interesados en ver esta carta, por eso, Julio, prefiero dejarte espacio para que los asombres con tu lucidez de juguetería, para que sean tus cartas las que hablen de tus cartas. Espero que funcione esta estrategia y algún buen samaritano se atreva a comprar tu herencia, Julio. Vale tanto la pena este legado, que con seguridad, si estuvieras en condiciones, saldrías disparado a conseguir esos tres libros costaran lo que costaran. Felices noches de jazz y manuscritos, Julio.

Un abrazo y saludos a Carol.

Cartas fragmentadas
A Adelaida y Roberto Fernández Retamar

París, 29 de octubre de 1967

Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible.

El Che ha muerto y a mí no me queda más que el silencio hasta quién sabe cuándo, si te envié ese texto fue por que eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como si uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tú sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar, había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me avergüenza, porque hablo la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces

A Mario Vargas Llosa
París, 11 de diciembre de 1969

Mi querido Mario:

Pensar que estuvimos hablando de Arguedas en Londres, te acuerdas, y que ya estaba muerto. Curiosa mente, después de lo que me habías dicho de él, la noticia no me sorprendió demasiado, puesto que Arguedas repetía en su último mensaje lo que tú habías adivinado sobre su estancamiento. Pero nada de eso altera la gran desgracia que es su muerte, y en cambio prueba hasta qué punto él vivió y vivía para su obra, al punto de matarse frente a la imposibilidad de continuarla. A mí, ahora, me queda pendiente un diálogo con él que ya nunca tendré en este mundo, y como no creo en otro, y supongo que él tampoco, no volveremos a vernos.

A Sergio Ramírez
Octubre de 1980

Sergio, siempre te agradeceré un viaje en el que me diste la oportunidad irrepetible de ver una escoba en un avión.

A Herminia Descotte de Cortázar
París, 10 de noviembre de 1982

Carol se me fue como un hilito de agua entre los dedos el martes 2 de este mes. Se fue dulcemente, como era ella, y yo estuve a su lado hasta el fin, los dos solos en esa sala de hospital donde pasó dos meses, donde todo resultó inútil. Hasta el final estuvo segura de que se mejoraría, y yo también, pero en los dos últimos días solamente ella, por suerte, conservó su esperanza que yo había perdido después de hablar con los médicos.(…) No supo nada, no sufrió nada en ese momento final. La enterré el viernes en el cementerio de Montparnasse, que ella amaba mucho, y todos nuestros amigos estuvieron con ella y conmigo.

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