Cien años de Juan Rulfo

“Con solo dos libros, El llano en llamas, cuentos, y Pedro Páramo, novela, Juan Rulfo era una leyenda en todo el continente.”

“El silencio de Rulfo, quince años sin publicar, se liga con su prosa: contención, rigor, forma breve, fragmentaria. A la vez su silencio ayuda a entender la escritura de Rulfo, deja ver su verdadera dimensión”.

Esto lo escribió Ricardo Piglia en sus diarios de 1969. Con solo dos libros, El llano en llamas, cuentos, y Pedro Páramo, novela, Juan Rulfo era una leyenda en todo el continente. Marcó a Gabriel García Márquez en esa sonámbula comunicación con los muertos y esos áridos paisajes donde el cacique, hombre de todo el poder, no podía vivir el amor y terminaba convertido en un montón de piedra.

Lo había esterilizado su omnipotencia. Pero también allí niños, perros, curas, campesinos sin tierra deambulaban migrando y padeciendo los bandos enfrentados de los caudillos de la Revolución mexicana y su prometida reforma agraria ante tantos baldíos y tantas haciendas cuyas tierras no tenían límites.

Pero quizás el telón de fondo era el zumbido cuchicheante de todas esas viejas embozadas con pañuelos y que habían sido, cuando jóvenes, amantes de Pedro Páramo y cuyos hijos retornarían al pueblo tratando de cobrar la herencia. Pero ese pueblo, Comala, en la mera boca del infierno, ya había abandonado los mapas y ahora era, como en el caso de Faulkner, solo un condado propiedad de la voz del narrador. De ese mismo Rulfo que había fotografiado la aspereza de su comarca. Esas cordilleras que durante décadas mintió que serían el tema de su hipotética novela sobre la rebelión cristera, que ya Graham Greene había publicado.

Confesiones de un hombre atormentado por los remordimientos, Rulfo cargaba familiares asesinados y colgados de los árboles, pero su pasión por la música, los fríos novelistas nórdicos y la poesía clásica española hicieron que esos murmullos de cementerio, esos silencios de quienes hablan solos ante un fuego a punto de extinguirse, subsistieran frágiles igual que los huesos de Juan Rulfo que, un siglo después, aún se yerguen enteros ante el avasallador desgaste del tiempo. Un siglo es buena prueba para cualquiera.

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