«Rendición» de Ray Loriga: una distopía atípica

Para los seguidores de la obra de Ray Loriga, «Rendición» es, sin duda alguna, una obra tan disruptiva como madura.

Hace poco más de 20 años, cuando leí «Héroes», una de las primeras novelas de Ray Loriga, hice un ejercicio tal vez cursi: la transcribí completa. De allí en adelante, mientras crecía, seguí leyendo los libros de Loriga y viendo cómo su obra se alejaba de aquellas páginas que copié a mano y que todavía existen por ahí, en un cajón que casi nunca abro; de la mano de Loriga conocí a John Cheever, Raymond Carver, a los grandes, gracias a sus recomendaciones y a sus columnas. Si algo caracteriza a este autor es la capacidad de combinar la precisión de las palabras, la elaboración de metáforas refinadas y la huella de sus propias lecturas en cada página; además de Kafka y Orwell, como señala el jurado del Premio Alfaguara, la presencia de J.G. Ballard en su última novela es poderosa e incuestionable.

Uno de los aspectos más llamativos de las distopías tradicionales, esos relatos de un futuro en el que el sueño del progreso se convierte en pesadilla, es que nos muestran cómo, a pesar de lo adversas que sean las circunstancias, del totalitarismo y la homogeneización a la que nos podamos encontrar sometidos, hay una parte indomable del espíritu humano que se rebelará y reclamará su derecho a elegir libremente, a construir su propio destino.

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En una sociedad de control como las de “Un mundo feliz” de Aldous Huxley o “El cuento de la criada” de Margaret Atwood —de renovada popularidad gracias a la serie de televisión producida por Hulu este año—, el protagonista se encarga de mostrar a los lectores las fisuras, las imperfecciones del progreso en aras del cual ese mundo ficcional se ha construido.

La distopía como género de la ficción funciona como una advertencia sobre lo que podría pasarnos si permitimos que la fe desmedida en la tecnología, el control de los medios de comunicación, la xenofobia o cualquiera otra de las tendencias imperantes en el panorama político de nuestra época, se conviertan en la norma y no dejáramos espacio al pensamiento divergente.

La ficción futurista de la narración distópica se burla del presente, pero también nos da mecanismos para evitar que lo imaginado se convierta en profecía. Pero, ¿qué pasa cuando no se logra la redención? ¿Qué nos queda cuando la realidad nos vence? ¿Cómo asumir que nos hemos convertido en un obstáculo para el progreso de un mundo que bien podría pasar de nosotros?

Estas preguntas atraviesan la lectura de “Rendición” la novela del español Ray Loriga galardonada con el Premio Alfaguara de Novela 2017 y que el jurado describió como «kafkiana y orwelliana».

Dividida en tres partes, «Rendición» nos relata los hechos sucedidos después de una guerra de diez años. El primero de estos es el éxodo hacia una prometida Ciudad Transparente hacia la que se dirige el protagonista, de quien nunca sabemos el nombre, su mujer —quien antes fuera su patrona— y un niño a quien llaman Julio, que simplemente aparece un día en la casa de la pareja en la ausencia de los dos hijos verdaderos que partieron a pelear esa guerra de la que tampoco conocemos bandos ni razones.

Obligado a dejar todo atrás, el hombre parte hacia esa ciudad de la que lo único que se sabe es que cuenta con los recursos que tanto necesitan y a la que todos los paisanos de su villa, incluso los adinerados y poderosos, deben partir.
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El recorrido hacia esa ciudad de maravilla saca a relucir, como es de esperarse, lo mejor y lo peor de la naturaleza humana, a la vez que permite al lector hacerse una imagen del carácter del protagonista: un hombre simple que cuida de los suyos, cumple con sus responsabilidades y respeta el orden que rige su mundo. Nuestro protagonista está bien con el hecho de que sus hijos hayan partido al frente, está bien con el hecho de que haya unos «dueños del agua» que especulan ante su escasez; pero sobre todo, está bien consigo mismo, dedicado a esperar con humildad y calma.

En la segunda parte, con la llegada a la Ciudad Transparente donde no hay intimidad ni conflictos y el destino único parece ser la alegría gratuita, la calma de nuestro narrador se transforma en incomodidad. Ese mundo de certezas en el que todo ocupa el lugar que le corresponde y cada uno tiene lo que merece sin ser juzgado o presionado, se convierte en el escenario de la peor de las pesadillas, la del aburrimiento. El despertar de la conciencia del protagonista nos conduce, sin embargo, a un final inesperado, en el que la palabra «rendición» cae con todo su peso sobre él y sobre los lectores.

Para los seguidores de la obra de Ray Loriga, «Rendición» es, sin duda alguna, una obra tan disruptiva como madura. La novela cuenta con las contundentes imágenes poéticas a las que nos tiene acostumbrados; esas que hacen que todos sus libros terminen casi subrayados por completo. La facilidad de Loriga para condensar la gloria y el desencanto de la cotidianidad en una sola frase es una cualidad que permanece estable a lo largo del libro.

Sin embargo, este Loriga abandona la ciudad, el ruido, las referencias pop, para involucrarnos en el viaje de un personaje rural, simple, cuyo tránsito más importante es el que hace hacia su propio interior; lo que encuentra allí no es la liberación, el heroísmo o la redención: este es un hombre que comprende su propia insignificancia y en cierto sentido la abraza, se rinde ante ella.

A diferencia de otras utopías de pesadilla, «Rendición» no nos da una estrategia para vencer al mundo sin que relata paso a paso la manera en que este nos derrota.

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