Aves de paso: entrevista con el escritor Eduardo Peláez Vallejo

Diners conversó con este ex criador de caballos, que escribe sin concesiones ni cálculos comerciales.

Un anuncio lapidario abisma en las primeras páginas al lector de Aves de paso (Alfaguara, 2017), desde un inicio la fatalidad se cierne sobre el relato, y sin ambages: transcurren entonces las vidas y posteriores —y prematuras— muertes de dos hermanos del autor, Ricardo y Marta Luz. Tal cual, sin ficción.

Así, por momentos descarnadas, son las novelas de Eduardo Peláez Vallejo. También precisas y detallistas, preñadas de agudas observaciones, en impecable prosa. “… borrados en la neblina, unos hombres de ruana y sombrero parecían en asamblea de fantasmas”.

Hacia el final, sin embargo, un giro inesperado rompe la línea de la trama. A la familia antioqueña, la propia del autor, la sacude la aparición de un familiar que conecta los hilos entre Medellín y París, dispersos años atrás.

Peláez Vallejo (1949) empezó a publicar hace no mucho su obra, compuesta ya por un libro de retratos y tres novelas, de difícil catalogación estas últimas, justamente por el contorno borroso de su ficción, asentada en la memoria personal.

Novelas que discurren en su ámbito más cercano: un relato sobre el padre (Desarraigo), otro alrededor de lo ecuestre, pasión y oficio de buena parte de su vida (Este caballero a caballo), y la reciente Aves de paso. “Lo que yo hago literariamente es lo que soy… Yo lo que hago al escribir es sacar lo que soy de la entrañas y ponerlo en las hojas del cuaderno donde escribo”.

Amigo íntimo de Manuel Mejía Vallejo. “Está presente en mí permanentemente, es una especie de padre literario, o mucho más: padre y madre y abuelo literario”.

Escribe a mano en cuadernos que manda a hacer: grandes, rayados, en papel opalina grueso para poder acoger la tinta de la pluma.

Entonces, habla de intuición. Gracias a ella prefigura varias de sus historias. Una idea que lo visitó por años no solo cierra Aves de paso sino que corona también un ciclo familiar. La sentía flotar, según dice, “como una luz en el firmamento, de esas que titilan.

– Aves de paso arranca con un poema de José Emilio Pacheco que da título al libro. ¿Por qué ese poema es el primer capítulo y no simplemente un epígrafe?

R: El libro empezaba así ‘El poema Aves de paso del mexicano José Emilio Pacheco, 1939-2014, hace parte de esta historia’.

Realmente el poema hace parte de la historia. Contiene lo que cuenta el libro, que son las historias de aves de paso que van pasando y poco a poco van muriendo… y es una concepción del tiempo maravillosa, el tiempo no pasó, según el poema. Pasamos nosotros, sólo nosotros somos el pasado. Aves de paso que pasaron, y ahora poco a poco se mueren.

Es un tiempo estático… casi una eternidad… casi una atemporalidad, que es lo que sucede en este caso: personas que pasan por el tiempo –por ejemplo los personajes principales Ricardo y Marta Luz, mis hermanos–, y se lo devoran muy rápidamente. Se tragaron su tiempo. Volaron más rápido de lo normal, y se fueron.

Entonces ese poema es parte de la esencia del libro.

– Es una novela, pero también es una memoria. Es y no es ficción. ¿Es tan importante el canon sobre los géneros?

R: Para mí no tiene ninguna importancia esa clasificación… esas clasificaciones son imprecisas, caprichosas.

Si se trata de ficción o de no ficción, que podría ser la definición entre novela y memoria, entonces simplemente la respuesta es muy sencilla: hay cosas que son ficción y cosas que son recordación. Porque ya el asunto de la memoria es un poco más complejo.

La primera frase de Este caballero a caballo (2013) dice: “Mi memoria linda con la imaginación, los sueños, la realidad y el olvido”.

Eso de la memoria como un retrato del pasado, creo que no existe. Al menos en el caso mío la memoria, mi memoria, es una mezcla de imaginación, sueños, olvidos, realidades, deseos.

Si me dicen que soy novelista, me sonrío. Si me dicen que soy memorialista, también me sonrío. Son nombres, y los nombres no están marcados por equivocación ni por acierto, son nombres. Son caprichosos relativamente.

Lo que interesa realmente de mi escritura sería decir de dónde viene. Yo me hago introspección, me vuelvo hacia mi interioridad y trato de que esa interioridad salga en las palabras que se me van escribiendo. Yo me siento a escribir y las palabras se me van escribiendo.

Mi escritura es “enmimismarme” y las palabras me contienen. Me dicen, me son, inclusive. Entonces no importa si es novela o memoria.

Ya estoy acostumbrado: en la vida en todo lo que he hecho, me ha tocado eso de ser poco clasificable. Viene de que soy un hombre solitario; la soledad imprime personalidad propia, de alguna manera originalidad.

– En la presentación del libro en Medellín usted mencionó algo en relación a las distorsiones del recuerdo, de la razón, del deseo. De hecho, en algún pasaje el autor-personaje dice: “En la memoria el patio de la infancia siempre está florecido”…

R: ¡Claro!, y hay deseos en reversa. Por ejemplo: yo deseo hacia el pasado que el amor de Marta Luz del cual nació su hija hubiera sido amor y no una simple aventura de estudiante de universidad de los años 60. Los deseos tienen la misma posibilidad de jugar en el tiempo, ahí vuelve el poema de Pacheco: el tiempo no es el que pasa, pasamos nosotros por el tiempo, y podemos regresar también. De hecho la memoria tiene mucho de regreso, pero los deseos no sólo son hacia el futuro sino también hacia el pasado. También se salen del tiempo… en fin, el tiempo es un medio que se puede recorrer en todas sus direcciones, y pueden inventarse formas o parajes de él a través de las vivencias.

– El primer libro fue de perfiles… ¿Qué tanto de retratista hay en su prosa?

R: Todo. Toda mi prosa hasta ahora, todo lo que he escrito, son retratos. Yo creo que la gran literatura, o al menos la que me gusta a mí, está cargada de retratos, basta leer a Flaubert, a Balzac, a Isaac Bashevis Singer… basta leer a Víctor Hugo (Los miserables)… Cien años de soledad, ¿cuántos retratos tiene? Casi toda la gran literatura que yo haya leído, tiene retratos y se basa en retratos. Por la sencilla razón de que cuando uno está hablando de personas (reales, imaginarias o recordadas) siempre tiene una idea sobre esas personas, o unas sensaciones o unos sentimientos, o una mezcla de todas esas cosas.

– El libro acude a menudo a reflexiones sobra la intuición. El desenlace de Aves de paso le rondó por años en la mente, incluso antes de conocerlo de manera oficial.

R: La intuición es lo que más certeza me da, a mí al menos me da más certeza la intuición que la visión o que la conclusión después de un proceso de razonamiento, un proceso lógico. El modo de conocimiento más certero para mí y el que no me falla, es la intuición.

– Sobre el proceso de escritura, ¿cómo madura una historia en la cabeza antes de ir al papel? ¿Hay escritura cuando no hay un tema manifiesto?

R: Yo solamente escribo cuando tengo historia. En el primer libro, Retratos (2001), me llamó el editor de la colección Celeste de la Universidad de Antioquia. Y ya sobre pedido, me senté y escribí los retratos.

Desarraigo me llegó mucho tiempo después, más o menos hacia 2008: hubo una noche, el 28 de octubre a las tres de la mañana me despertó una frase: “Antes de cruzar el río San Jorge, en la canoa de madera de un remo, mi padre escribió su última carta”. Ese es el comienzo de Desarraigo. Ese día hacía setenta y pico de años que se habían casado mis padres en El Retiro y hacía 17 o 18 años que había muerto mi mamá, en Medellín. Recordé que esa fecha tenía esas dos conexiones y sentí que esa frase era el comienzo de la historia de mi papá.

Me levanté, prendí la luz, me senté y escribí la frase. Y en ese momento supe que estaba haciendo el libro. Otra vez la intuición. Me acosté, esa noche me aparecieron algunas frases más. En todo el proceso me pasaba muchísimo eso: me tenía que levantar a escribir una frase. El libro se me iba escribiendo en el inconsciente, si eso existe, si eso es algo… Ahí el libro se estaba escribiendo solo, sin ninguna disciplina. Sin nada. Yo averiguaba datos, sobre todo con un hermano, Vicente, que le tocó vivir eso más que yo.

Este caballero a caballo fue lo mismo. Un día me senté a escribir esa primer frase: “Mi memoria linda con la imaginación, los sueños, la realidad y el olvido”. Ya estaba retirado prácticamente del todo de la cría de caballos. Me pasó, qué pena la comparación, como a (Joseph) Conrad con El espejo del mar: Cuando se retiró del mar pudo escribir sobre el mar. Pude empezar a escribir de los caballos cuando me retiré.

– ¿Cómo es su relación con el lenguaje?

R: Escribir es relacionarse con el lenguaje; para otros escribir es relacionarse con la gloria; para otros es relacionarse con la plata; para otros es relacionarse más con la historia que se está contando. Lo que importa es la palabra, cómo se van juntado las palabras en forma de imágenes, paisajes de palabras, paisajes visuales y sonoros, frases, para mí eso es la escritura.

La relación con la historia como tal, no es tan importante. Lo importante es cómo uno va manipulándose a sí mismo con las palabras; las palabras son principio y fin de la escritura, en mi modo de sentir.

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