Cementerios de neón y los muertos que regresan a la vida

La novela más reciente de Andrés Felipe Solano nos recuerda la olvidada misión que envió el gobierno colombiano a la guerra de Corea a través de una búsqueda en el presente.

Hace más de 60 años, Colombia fue el único país latinoamericano que envió tropas a Corea del Norte para apoyar un conflicto que marcó el inicio de la Guerra Fría. Así fue como desde 1951 llegaron cerca de 4.700 soldados para apoyar el llamado de la ONU después de que Corea del Norte invadiera Corea del Sur. En 1953 la guerra acabó y a Colombia no regresaron 196 soldados y más 400 fueron heridos en esos años.

Mi tío que fue a la guerra de Corea. Volvió muy disminuido, su mente ya no era la misma – me contaba mi mamá- al volver, tenía múltiples pesadillas y el insomnio se apoderó de el por muchos años. Cuando fue a la guerra tenía 19 años y era un joven bastante desubicado, su vida y existencia no lo satisfacían, así que básicamente se alistó porque quería morir, seguramente vio en esta opción una manera fácil de hacerlo con diferente valentía a la que necesita un suicida. No murió, sobrevivió a la masacre. Volvió con un insomnio insoportable que no se sabe si prefería a sus pesadillas. De todo esto se libraba tejiendo una alfombra, y reeditando sus apuntes cuando estudiaba contaduría en la Universidad San Buenaventura de Cali. Llegó a ser un hombre exitoso e integro en el ejercicio humano.

Toda esta historia personal seguro no es de su incumbencia pero a mi me volvió a la cabeza por que en Cementerios de Neón, la novela de Andrés Felipe Solano, también hay un tío, el Capitán (Agustín Salgado) un veterano de la guerra coreana. Un sobrino, Salgado, que vive en Seúl. El maestro Moon, un veterano coreano de la guerra que fue traductor del batallón colombiano y que montó una escuela de taekwondo en Bogotá. Y el aborrecible personaje Vladimir Bustos con el que todos los anteriores están relacionados.

La novela es hermosa, no solo si se tuvo un conocido veterano de Corea, si no porque es bueno ver como alguien pudo relatar de manera anecdótica una historia que pocos sabemos en este país, mirar desde otros ojos la vida de los sobrevivientes y las huellas que dejó este episodio en la vida de esos jóvenes colombianos que lucharon por una causa ajena.

A través de Salgado y la visita inesperada de su tío favorito a Seúl para buscar a un personaje, el autor viaja en el tiempo presente y pasado de ambos.

La soledad de los protagonistas está marcada entre el relato, entre las descripciones de los lugares. Entre Corea del Sur, Seúl y su ritmo taciturno, sus costumbres, paisajes, comida, personajes locales. Entre Bogotá y las escenas encerradas en la academia de taekwondo que fundó el señor Moon, años después de la guerra, Honda (Tolima) y una gran casona con piscina.
La historia de amistad entre Moon y el Capitán marca la vida de Salgado en su adolescencia. La lealtad que da esa amistad marca la búsqueda de ambos en Corea. La necesidad de encontrar a Vladimir -un fanático de la cultura coreana- reúne a tío y sobrino, los obliga a hablar de temas escondidos y los convierte en improvisados detectives.

En esta historia hay espías, soldados, batallones, amigos, valientes, muertos, enamorados, envidiosos, alcohol, tabacos de la cuba comunista, diplomacia colombiana en Seúl, importadores de pelucas, fabricantes de piscinas, puertorriqueños, japoneses, prisioneros, apostadores de velódromo, mancos, comunistas, biólogos y mucho más.

Por mi lado solo hay flores para esta narración con un final inesperado, borroso y casi perfecto. A veces se tiene la sensación de que quedan cabos sueltos, pero justamente mucho de eso es la magia. Así que los invito a leer de principio a fin.

Pensando en todo el conjunto siempre me queda la duda de la existencia real de este veterano colombiano, el Capitán, de si el reúne varios personajes o si fue solo uno ¿de que si alguna reunión estuvo con mi tío y llegaron a tomarse unos tragos, mientras aplaudían algunas condecoraciones?

Mi tío sobrevivió a Corea y murió atropellado a sus 70 años tratando de pasar una avenida seguramente creyéndose inmune a todos los maleficios después de sobrevivir a una guerra. Yo lo había olvidado.

Él, como muchos de los veteranos aquí en Colombia reposan en cementerios que no son de neón pero que los hacen brillar por su ausencia, afortunadamente existe este libro para revivirlos.

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