El legado del nadaísmo

Para recordar el cumpleaños de Gonzalo Arango, retomamos este texto que publicó en Diners el poeta Cobo Borda cuando se cumplieron 20 años del nadaísmo.

Juan Gustavo Cobo Borda. Revista Diners de octubre de 1982. Edición 151

Una de las lamentaciones más frecuentes en la Correspondencia violada de Gonzalo Arango era la carencia de un órgano de expresión propio por parte del movimiento nadaísta, incluso en la época en que él colaboraba simultánea y regularmente en “El Tiempo” y “Cromos”. Quizás él sintiese, con razón, que no era allí donde se podía dar la batalla anti-convencional que propugnaba el grupo sino, ¡qué le vamos a hacer!, en la consabida y minoritaria revista de vanguardia. Es decir, en los ocho números de “Nadaísmo 70”, que de 1970 a 1971 intentaron sacudir el letárgico aire de nuestras ciudades, siempre tan provincianas intelectualmente a pesar del vertiginoso crecimiento urbano que las sacudía por aquellos años. Parecía la Norteamérica de Eisenhower o la Alemania “milagrosa” de Adenauer, trasplantadas a Colombia, a nivel espiritual, con los habituales veinte años de retraso. Eran los tiempos insípidos del Frente Nacional.

Eduardo Escobar, en un texto que bien pudiera titularse “Regreso al rugido”, decía: “No podemos aceptar que la sociedad modele nuestra personalidad, queremos manifestar la deformidad del alma. Y no con palabras. La palabra está desgastada y vieja Y podrida. ¡Abajo el pensamiento, todos estamos locos! Las palabras están perdidas en los cuadernos del poeta. Hay que bramar ahora, Y que terminen los engaños” (“Nadaísmo 70”, No. 2). El tono, a pesar de lo conocido, sonaba sincero, pero sus consecuencias podían ser temibles: una retórica exaltada; una diatriba contundente, pero eficaz sólo una vez. El público comenzaba a padecer la ansiedad permanente del consumo; la avidez inextinguible de la novedad diaria, incluso en el campo cultural. Los nadaístas la satisficieron, durante varios años, con un ingenio desenvuelto y una capacidad indudable para el reciclaje.

El movimiento moría y renacía, sin tregua, acompañado siempre por la pirotecnia deslumbrante de unos slogans publicitarios, de primera calidad. No era extraño, entonces que la plana mayor del grupo ocupara puestos de copy en las agencias publicitarias; y que X-504, J. Mario, Eduardo Escobar, Pablo Gallinazo y Amílcar Osorio combinaran la promoción de productos comerciales con el lanzamiento, también impactante, de su propia mercancía: la literatura nadaísta, en todos sus aspectos.

No había, en verdad, muchas cosas en que creer, pero sí se vislumbraban nuevos caminos para perderse. De la protesta contra la matanza de indígenas en Planas – una subcultura marginal- como lo era el nadaísmo- a la exaltación del erotismo; del impacto del mayo francés a los efluvios malolientes del hipismo; de la solidaridad con la revolución cubana -caso Padilla- hasta el intento, más bien esporádico y poco coherente, de producir un replanteamiento, a nivel teórico, en la concepción que se tenía de lo literario. Una palabra vital y espontánea, visible más en la correspondencia que en la ficción; una palabra novedosa y pugnaz que alcanzó a influenciar el periodismo y que, como su utópico afán de establecer una comuna en la isla de San Andrés, subsistió apenas a nivel de la ensoñación y no de la onerosa realidad.

La publicación, en la mencionada revista, de poemas de Cavafy, Vinicius de Moraes o Coronel Urtecho proseguía, en el tiempo, la divulgación de la beat generation norteamericana o la Antología de la poesía surrealista, de Aldo Pellegrini, efectuada en el decenio anterior. Pero sólo ahora, diez 0 doce años después del clima que describo, comenzamos a ver ordenado el trabajo propiamente creativo del grupo. Lo cual no quiere decir, en definitiva, nada distinto a aquello que ya sabíamos: que no existía una vida normal para las letras colombianas. Que un poeta no tenía la posibilidad de ver editados sus productos, poniéndose en contacto con el hipotético. Que había, si, impresoras, pero no una industria editorial

Así, por ejemplo, en ese delgado Extracto de poesía (Colcultura, 1982), que acaba de publicar Jaime Jaramillo Esconar, encontramos, por fin, la decantada validez de su propuesta. La quintaesencia de su afirmativo rechazo. Sin lugar a duda lo mejo que el nadaísmo ha conseguido, a nivel poético. Al leerlo se alcanza a percibir, como logro, la fermentación inquieta que el grupo había producido dentro del horizonte de la literatura colombiana, a partir de los años 60. Para engendrar un buen poeta, veinte años no es nada; y las literaturas consolidadas requieren de varios siglos para escalonar sus jerarquías, y mantener el flujo constante de una tradición viva.

El libro de Jaramillo Escobar se abre con un breve poema, “Ruego a Nzame”, en el cual se oye un eco auténtico del Rimbaud perdido en Abisinia, traficante de armas frente a su precaria tienda de campaña. El Rimbaud de las caravanas, de Adén y Menelik, purgándose de la lepra europea.

“Dame una palabra antigua para ir a Angbala,
con mi atado de ideas sobre la cabeza.
Quiero echarlas a ahogar al agua.
Una palabra que me sirva para volverme negro,
quedarme el día entero debajo de una palma,
Y olvidarme de todo a la orilla del agua.
Dame una palabra antigua para volver a Angbala,
la más vieja de todas, la palabra más sabia.
Una que sea tan honda como el pez en el agua.
iQuiero volver a Angbala!

En una carta fechada el 25 de febrero de 1880 en Harare, Rimbaud explicaba su silencio: “El motivo principal es que nunca encuentro nada que contaros. Viviendo en uno de estos países nunca hay nada que contar. Desiertos poblados de estúpidos negros, sin caminos, sin correos, sin viajeros: ¿qué queréis que os escriba? Que nos aburrimos, que no sabemos que hacer, que nos embrutecemos; que todo el mundo está hasta la coronilla, pero que nadie puede irse. Eso es todo lo que se puede contar; y como no resulta divertido lo mejor es callarse”.

La situación, como se ve, no difería mucho de la colombiana, por la época en que Jaramillo Escobar redactaba sus textos. Textos que nos decían, por ejemplo: “Varios años permanecimos extraviados en las calles de la ciudad, sin lograr encontrar la salida para el regreso, /porque los poemas eran engañosos y describían equivocadamente los planos”.

La palabra como oasis, como frescura primordial, raíz del reino perdido: en el ruego que este poema formula está no la Acuarimántima “azulea”, “nebulea”, que dibujara Barba; esa “Ciudad del bien, fastuosa, legendaria”, como una ”Jerusalén de poesía;:, sino una utopía distinta.

“En cualquier parte donde nos encontremos ya hemos llegado”, añade Jaramillo Escobar, y por ello su territorio afectivo no varía. Oscila entre la afrentosa pobreza de un escenario urbano -suburbios, estaciones de tren, oficinas públicas, celdas, ascensores y, cómo no, lejanas playas y castillos imaginarios de vidrio- y el devorante ámbito de la selva chocoana, al cual se entrega en un abandono, que es redención, para obtener “uñas de mineral, cabellos de vegetal y cuerpo de animal furioso decidido a vivir”. La poesía, como afán de conseguir lo que los roñosos y apresurados días nos impiden; la poesía como cumplimiento de todo lo que hay de precario, y desabrido, en nuestros sucios oficios.

Eduardo Escobar, en un texto titulado “Pesimismo del bueno” (“Nadaísmo” No. 5; p.41), en el cual partiendo de su lectura de Aime Cesaire, contrastaba sus respectivos orígenes: “Nosotros, pobres poetas de la clase media, ni siquiera tuvimos un padre esclavo ni una madre puta”, concluía su razonamiento con esta aseveración: “Nuestra vida fue siempre la tibieza de los que serán vomitados por su boca”. Si la boca de Dios los había expulsado del cielo, era. evidente que el diablo -apellídese Revolución o Poesía- no parecía incorporarlos del todo a sus huestes, condenándolos a la vacuidad de una existencia errática. A pasearse por “pasillos intermedios entre el infierno y el paraíso, sin casi luz pero tampoco a oscuras perfectamente, sin saber si bajar aun o ascender. Cualquier movimiento es en nosotros traidor. ¿Cuál nuestro camino? Ni proletarios ni burgueses, ni ángeles ni demonios, estamos divididos entre el dolor y el goce. Pienso si hubiera sido mejor una infancia perfectamente indeseable. Por lo menos así tendríamos sin equívocos trazada una estrategia. De todas maneras, hasta de vacío, es posible llenar el saco de la vida”.

Si la escritura ya no servía, ¿qué vía seguir? Cuestiona la propia escritura: parodiarla, hasta el límite. De ahí el tono bíblico que emplea Jaramillo Escobar. Evangelios apócrifos, proverbios como los de Blake, mediante esta evasión rigurosamente controlada, gracias a esos espurios reyes de Dinamarca, a los cuales se refiere, él llega a ser inquietamente colombiano. Logra subvertir el trivial esquema mediante el cual nos defendíamos del caos, afirmando la impersonalidad como un valor superior a la conmiseración y el sentimentalismo. La derrota no se convirtió en tango, sino en algo duro e implacable, como duras e implacables eran las condiciones en que se planteaba el combate.

“Jamás huir”, afirma decidido. “Si el lobo os alcanza y os devora saboread al lobo pero no huyáis. / Que vuestro placer de ser comidos/ sea más grande que el del lobo”. Después de los años de la violencia; de la convivencia con la barbarie que recorría ciudades y campos, esta generación que había observado cómo ella se convertía en una costumbre diaria, expresaba su reacción por medio de poemas como éstos, de una claridad enceguecedora. Ellos iniciaban el riguroso debate con el único interlocutor que parecía válido: la misma muerte.

Hay en ellos, como lo dijo Álvaro Mutis, un manoseo tan constante que sólo este contacto mantenido a lo largo de tantos días, explica el conocimiento perturbador e inquietante de la misma que ostenta la poesía de Jaramillo Escobar. “Yo afirmo la Muerte con mis doce pares de costillas”, y al decirlo, nos demuestra que ni la negación ni la ignorancia logran anularla. Por el contrario: es mejor vivirla a fondo; hacerse amigo del sepulturero.

Puebla por ello sus páginas de presidiarios y asesinos; de intérpretes y sofistas; de animales monstruosos y de seres extraviados en la fiebre de su errancia. La lógica deviene absurda, y todas las opciones conducen a un callejón sin salida.

Es un diálogo desapegado con un adversario de una frialdad irrefutable. Sólo resta, ante él, la broma, el sarcasmo, la ira también fría. Como los objetos relucientes que iluminan sus textos –un poliedro de acero, un cristal de murano, una lezna, un cuchillo- en las facetas de los mismos las afirmaciones y las negaciones se reflejan, exasperándose sin tregua. “Acta de testigos”, “Proverbios de los charlatanes”, “Diálogos de los intérpretes”: ingresar a esos textos es sumergirse en un pasillo de espejos; o en una discusión bizantina. “Hablar, hablar, hablar”: para rastrear la muerte. Enredar todos los conocimientos- “Hoy en día está de moda saber mucho”- hasta caer ahogados en la trama que ellos sugieren.

La retórica, enfrentada a su vana agilidad, a sus argucias estériles, se vuelve irrisoria. Denuncia el vacío en que malvivimos: “La pregunta es siempre igual, pero todas las respuestas son distintas. /La clave no está en la pregunta ni en la respuesta, sino en nosotros mismos”.

Poemas perfectos, ellos volvían explícito como siempre adoramos lo que no comprendemos, hablamos de lo que no sabemos, y convertimos cualquier insignificancia en objeto de culto, olvidando lo más esencial: que la muerte nos husmea los talones, ¿no les parece a ustedes?, como el mismo Jaramillo Escobar pregunta, con profunda ironía, al fin de su libro. Poeta o monstruo visitado por una ballena, la poesía de Jaime Jaramillo Escobar era capaz de sostener ese agnóstico y a la vez, fervientemente místico diálogo con una trascendencia -la Muerte- que logra el milagro de emparejar todas las ambiciones mediante su democrático oficio. Por ello su libro que como toda poesía válida hoy en día afirma que “la tierra es nuestro único cielo”, se plantea como uno de los polos de referencia ineludible, al intentar cualquier esbozo de la situación actual de la poesía colombiana. El otro es, evidentemente, Mario Rivero, al cual ya me he referido en el prólogo a sus Baladas (Colcultura, 1980).

Si la poesía de Rivero habla de la cotidianeidad vencida, y el ímpetu que se frustra, la de Jaramillo Escobar mira todo a través de una perspectiva distanciada. Aquí no hay ninguna posibilidad de llamarse a engaño. La tragedia ya sucedió y es irreversible. Y es en ellos, como en la pirueta bufa de J. Mario o en la búsqueda, a la vez religiosa y sacrílega, que por más de media docena de libros, ha realizado Eduardo Escobar, donde se concentra el legado vigente del nadaísmo, realizado en el decenio 60-70 y sólo ahora definido, con claridad. Podemos hablar, entonces, de los poetas que a partir de allí, y durante el decenio siguiente, comienzan a perfilar su voz.

Entre 1965 y 1980 se han publicado unos 120 libros de poetas nacidos después de 1945, nos informaba, no hace mucho, Isaías Peña Gutiérrez (“El Espectador”, Magazin Dominical, septiembre 5 “de 1982, p. 8). Lo que ni él, ni nadie, puede decirnos todavía es qué quedará de todo eso. Sin embargo, es lícito señalar algunas líneas generales.

1. La no existencia de un movimiento poético uniforme sino de individualidades aisladas. Algunas, como es obvio, comparten afinidades, referencias, Órganos de expresión, pero ninguna, en verdad, se ha afiliado a su programa o se ha aglutinado en torno a un manifiesto o una revista. Samuel Jaramillo, en “Cinco tendencias en la poesía post-nadaísta en Colombia” (ECO, No. 224-226, junio-agosto 1980) habla de la “generación sin nombre”, la anti-poesía, la poesía-política, la poesía de la imagen, y la poesía narrativa. La utilidad descriptiva de su clasificación alude más a influjos que al carácter específico de cada escritor. Se rivaliza, podría decirse, dentro de un más o menos gentil eclecticismo. Solitarios-solidarios escribió Octavio Paz hablando de su generación en Latinoamérica. Una fórmula semejante me parece todavía válida, para el caso colombiano.

2. De esta poesía ya es posible comenzar a efectuar análisis (y por consiguiente balances) más o menos sistemáticos. Al contrario de Jo que señalábamos sobre el nadaísmo, existe un corpus establecido. Obras como las de Giovanni Quessep 1939, (Poesía, Carlos Valencia Editores 1980), Jaime García Maffla 1944 (En el solar de las gracias, Universidad Nacional 1981) y Elkin Restrepo 1942. La palabra sin reino (Colcultura. 1982), poetas cuyos primeros libros puedan datarse hacia fines de la década del 60 se pueden considerar, para el efecto, como las primeras ediciones de de “sus obras completas”. Recogen el trabajo de diez años.

Si a ellos añadimos otros, cuya trayectoria es visible, por lo menos a través de dos o más libros, comenzaremos a sentar las bases para la futura antología. Pienso en José Manuel Arango (1937), Nelson Osorio (1941), Miguel Méndez Camacho (1942), Manuel Hernández (1943), Armando Romero (1944), Henry Luque Muñoz (1944), Raúl Henao (1944), Álvaro Miranda (1945), Edmundo Perry (1945), Harold Alvarado (1945), Hernando Socarrás (1945), José Luis Díaz-Granados (1946),Juan Manuel Roca (1946), Daría Jaramillo (1947), Helí Ramírez (1948), Samuel Jaramillo (1950), Aníbal Manuel Vanegas (1950), Santiago Mutis (1951). Rubén Vélez (1953) y Víctor Manuel Gaviria (1955). O autores de un solo libro como Jaime Manrique Ardila o Álvaro Rodríguez.

3. Otro punto, ligado al anterior, y que me parece importante resaltar, es la existencia de una producción poética femenina, particularmente valiosa no sólo como actitud sino que ya se concreta en realizaciones apreciables: María Mercedes Carranza (1945), los tres libros publicados por Anabel Torres (1948), Amparo Villamizar (1949), Mónica Gontovnik (1953), Renata Durán, Patricia Aguirre: Orietta Lozano
(1956), Margarita Cardona (1949) y Eugenia Sánchez (1953), reveladas estas dos últimas por Juan Manuel Roca en su selección de nuevos poetas colombianos: Disidencia de limbo, 1981

4. Existen, por lo menos, cuatro panoramas generales-el ya citado de Samuel Jaramillo, los de Darío Jaramillo (ECO, no 238, agosto de 1981) y María Mercedes Carranza (ECO, No 250, agosto de 1982) y el pólogo mío al Álbum de la nueva poesía colombiana, Caracas, Fundarte, 1981, 37 poetas, 225 páginas, reproducido en ECO, No 221, marzo 1980, que reunidos editorialmente y acompañados de otras notas críticas, las de Jaime Ferrán, Fernando Charry Lara, Helena Araujo, Jaime Mejía Duque, puede servir para precisar mejor el horizonte de esta poesía. Pero al igual que sucede con la historia colombiana, aquí también es urgente el trabajo sectorial, regional, la monografía individual sobre los poetas de valía. Creo que ya es necesario, a nivel crítico, pasar de una labor cuantitativa -de promoción y divulgación colectiva- a una cualitativa –de exigencias y análisis- a nivel específico.

5. Debe señalarse también el hecho de que esta nueva promoción literaria, posterior al nadaísmo, efectúa una lectura crítica – o sea: una apropiación creativa- de la tradición Poética colombiana.

Es obvio que obras como las de Aurelio Arturo y Álvaro Mutis han recibido la vitalidad inherente a ser leídas (revaluadas) con una óptica distinta. Igual podría decirse de las de Luis Carlos López, Luis Vidales, Eduardo Cote Lamus o Jorge Gaitán Durán, sobre los cuales varios poetas de los que estamos hablando se han desdoblado en críticos, aproximándose a ellos desde una perspectiva enflaquecedora. Se trataba de crear, literalmente, una nueva tradición. Quedaría por explorar – como lo ha hecho Darío Jaramillo, estudiando a los románticos; como lo he intentado en el Álbum de poesía colombiana (Colcultura, 1980)- otras tierras más lejanas en el tiempo y aún bastante incógnitas.

Pienso, sobre todo, en dos -Valencia y Barba Jacob- cada uno de los cuales les constituye un caso arquetípico, dentro de la literatura colombiana: el poeta oficial, el poeta maldito. El exiliado, que se quemó en su huida, y cuyo retorno es apenas cenizas; y el hombre público, que nunca abandonó, ni física ni mentalmente, su pequeña ciudad de provincia, encarnándola en sus limitaciones y en su todavía equívoca y no totalmente dilucidada grandeza. (El enfoque, por ejemplo, de Rafael Gutiérrez Girardot, en el Manual de Historia de Colombia, tomo III, resulta una magnífica ilustración del tipo de crítica parcial, apasionada y esclarecedora, que pedía Baudelaire, Y que tanta falta nos hace hoy en día, en Colombia. Allí se halla el punto de partida para cualquier juicio que podamos y debamos, emitir sobre Valencia).

6. La perdurabilidad de dos revistas de poesía –Golpe de Dados, 57 números; Acuarimántima, 32 números- en las cuales es factible rastrear, a partir de 1973, la evolución de esta poesía, por lo menos durante una década. Si a esto añadimos otras como “Puesto de combate”, o la revista de la Universidad de Antioquia, desgraciadamente fallecida al llegar a su novena entrega; ECO, la “Gaceta Colcultura”, otras revistas de más efímera vida, y suplementos literarios de Bogotá , Cali, Medellín, Bucaramanga y la Costa, tendríamos una visión casi exhaustiva de los avatares por los cuales ha transcurrido la poesía colombiana, en este periodo.

7. Mediante tal lectura podríamos, también, detectar el influjo de poetas tales como Cavafy, los surrealistas, incluidos en tal denominación desde Jarry hasta Bataille, la más reciente poesía norteamericana; el rescate de la vertiente latinoamericana del surrealismo, y un desdén inexplicable por la tradición poética española. Además, nombres como Borges y Octavio Paz, Lezama Lima y Cardenal, Alejandra Pizarnik, aparecen citados allí con regular insistencia.

En 1956, Fernando Arbeláez, publicó un pequeño libro de ensayos, Testigos de nuestro tiempo, que incluía aproximaciones a Perse, Rilke, Neruda, García Lorca, Eliot. Si hoy se escribiera un libro semejante -es decir: el libro de ensayos de un poeta, que leyendo la tradición occidental (la suya) desde una óptica colombiana se nutre de la misma y en cierto modo la renueva- ¿qué nombres incluiría? No lo sé. Lo que sí sospecho es que habría allí, además, algunas referencias al cine, a la música popular, a la pintura; a la vida de la ciudad como entidad que en cierto modo determina (ausente, o presente) la índole del poema, y a la incidencia del poder – no de la política- en él.

8. De ahí, para terminar, la inclinación crítica, en todos los órdenes, que ostenta la nueva poesía colombiana. Ya sea asumida como ficción integral, ya sea transcribiendo, literal y prosaicamente, el discurso de la realidad, ella atiende no sólo a la desmitificación de nuestro pasado histórico sino a la exaltación, abiertamente erótica, del cuerpo, como presente mágico. De igual modo, ella subvierte, por medio del pastiche deliberado, el fraudulento peso de una retórica ancestral, o busca, mediante una palabra en que sonido y sentido sean tan precisos como sugerentes, tan inmodificables como equívocos, la restitución de un lenguaje que nos sea propio.

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