Zygmunt Bauman nos enseñó que no estamos seguros ni somos libres

Zygmunt Bauman, el sociólogo y filósofo polaco de origen judío, crítico de la globalización, la posmodernidad, las acciones del estado de Israel y la precarización de la vida contemporánea, falleció el 9 de enero a los 91 años.

La influencia de Bauman en el pensamiento de nuestra época resulta innegable si se tiene en cuenta no solo lo prolífica de su obra, sino su observación crítica de los relatos que construyeron la modernidad y la manera certera en la que ahondó en las dinámicas de nuestro comportamiento cotidiano, en el marco de un mundo en el que se hace cada vez más difícil convivir con los otros.

Como se han encargado de señalar los titulares en las últimas 24 horas, Bauman define a nuestro tiempo con el nombre de «modernidad líquida», concepto revolucionario que en primer lugar niega la posmodernidad pues, por otra parte, hace referencia a que nuestro tiempo es una permanencia de la modernidad en la que la ambigüedad y la falta de certezas son los rasgos principales, acompañados de la disolución de las instancias en las que antes podíamos sentirnos seguros, en la medida en que ya no son estables sino transitorias: el matrimonio, el partido político, el trabajo se han convertido en lugares de paso, en estaciones de un modo nómada de conducirnos por el mundo.

¿En qué radica la enorme importancia de esta idea de Bauman? Como señala a lo largo de libro «Modernidad líquida» (1999) la construcción de identidad resulta una demanda mucho más compleja en este contexto, pues su asidero es una individualidad a ultranza, que desplaza los compromisos con los demás y que da como resultado identidades estratégicas, flexibles y fluidas que terminan, de modo paradójico, por convertirse en una jaula para los individuos, pues generan resistencia a la estabilidad en la misma medida en que nos ponen en peligro ante su ausencia.

Un ejemplo de esta condición problemática, analizada por Bauman, es la manera en que la vida se vuelve más precaria, o está en riesgo de hacerlo, en circunstancias en las que antes no lo hubiéramos podido imaginar: tener un trabajo, más que la certeza de poder sobrevivir, implica el riesgo de perderlo; pasar de la preocupación a la acción implica el riesgo del fracaso y la soledad, pues la autorrealización nos exige autonomía, nos impide ser verdaderamente solidarios.

En el panorama planteado por Bauman nos enfrentamos a una verdad dolorosa: el consumismo nos ha dado una falsa idea de libertad según la cual nos determinamos a nosotros mismos, pero nos ha quitado todos los soportes que solían contenernos, los valores que en otro tiempo considerábamos estables. Ni somos libres, ni estamos seguros. De ahí el escepticismo de Bauman ante el «activismo de sofá» que —en enero del año pasado en entrevista con el diario El País— señaló como prácticamente inocuo, presa de la trampa de las redes sociales pues: «Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara».

Del mismo modo, Bauman señaló el crecimiento alarmante de la desigualdad, fruto de estás condiciones planteadas por la modernidad líquida y cómo la ilusión del progreso y la verdadera movilidad social resultan cada vez más inalcanzables. Para Bauman, nuestro gran fracaso ha sido confundir la felicidad con la capacidad de consumo y la manera en qué hemos remplazado las relaciones genuinas, sólidas, por las olas artificiales de la amistad y la comunidad virtuales.

Desde este punto de vista, además de decir adiós a Zygmunt Bauman en nuestras redes sociales, lo deseable sería que su muerte nos llevara a revisar no solo su obra, sino la manera en que llevamos puesta la máscara de nuestra identidad en ellas.

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