Paz y gratitud para Ricardo Piglia

El pasado viernes, 6 de enero, falleció el escritor argentino Ricardo Piglia quien a sus 75 años, y víctima de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), consiguió que la muerte lo encontrara escribiendo.

Como han reportado las diversos obituarios de los diarios alrededor del mundo, en su último día Piglia escribió una carta de agradecimiento al Senado argentino y revisó las clases sobre Juan Carlos Onetti en las que estaba trabajando. Entrada la tarde, un paro cardiaco le cerró los ojos y al día siguiente, con sencillez, y sin ningún homenaje por parte del Estado, sus familiares y amigos más cercanos le despidieron en un modesto funeral.

Esa es la triste noticia, esos son los incontrovertibles hechos.

Ahora, en medio de las múltiples voces autorizadas que le rinden homenaje a la importancia de su obra en la literatura latinoamericana, se hace difícil elegir las palabras adecuadas, lejanas al lugar común, para hablar de Piglia. Tal vez, acudiendo a la memoria y a la experiencia propia de su lectura, a la manera en que nos convirtió en un cierto tipo de lector, sea posible decirle adiós con dignidad.

Hace cinco años, en su conferencia «Borges cuentista» —dentro de la serie Temas+ de Casa de América—, Piglia señalaba cómo el gran efecto social de la obra de Borges fue ayudarnos a comprender que la realidad (nuestra idea de la realidad, pero también nuestro relato personal) está tejida de ficciones. Por esta razón, desde la perspectiva de Piglia, la manera en que leemos no solo la literatura sino el mundo mismo debe contar con esa conciencia pues es ella la que finalmente le da sentido a nuestras vidas. En la misma charla, Piglia señalaba que muchas de nuestra decisiones y de los momentos que consideramos como los grandes puntos de giro de nuestra biografía tal vez fueron accidentales: «No siempre los momentos de decisión son tan claros como en Hamlet» , dijo entonces, y sin embargo, es al revisarlos, al leerlos de manera retrospectiva que nuestra vida parece tener algún sentido.

Por esa razón, por esa forma de leer a Borges queriendo descubrir la manera en que el relato fue construido, pero sobre todo, el modo en que construye una estrategia para que los lectores se aproximen a él y lo hagan aparecer en su propia realidad, podemos empezar a acercarnos a la verdadera importancia de este autor. Es así como la experiencia de leer a Piglia transforma lo que entendemos como literatura y sobre todo, lo que creíamos de la lectura. En su novela más famosa, tal vez, «Respiración artifcial» (1980), por ejemplo, encontramos varias posibilidades sobre qué es lo más importante: ¿la verdad histórica? ¿La reflexión sobre la dictadura? ¿El ejercicio de pensar sobre el hecho literario mismo? Piglia nos hace lectores activos, indagadores, nos hace trabajar, pero también, de manera sutil pero potente y deliberada, construye el marco dentro del cual leemos, dentro del cual podemos encontrar el sentido.

Dentro de las muchas notas que se han escrito en los últimos días sobre Piglia se ha resaltado particularmente otra de las maneras en las que fue un moldeador de lectores a través de sus clases y su obra crítica. Dentro de sus muchos logros en este campo se encuentra, por supuesto, su análisis de la obra de Jorge Luis Borges, a quien dedicó un ciclo de clases abiertas en la televisión pública argentina durante 2013, pero también el rescate para los lectores latinoamericanos de la obra de Macedonio Fernández y Roberto Arlt de quien adaptó para la televisión pública «Los siete locos y el lanzallamas», transmitida durante 2015.

Sin embargo, su mayor empresa como formador de lectores, más allá de sus clases en Princeton y las múltiples conferencias que dictó alrededor del mundo, es su propia biografía publicada como «Los diarios de Emilio Renzi» —Emilio Renzi, alter ego de Piglia y personaje principal de sus novelas—, dividida en tres volúmenes, de los cuales el último será publicado el presente año por Anagrama. A través de los diarios del autor podemos ser testigos de cómo él mismo desarrolla un modo de lectura exhaustivo del lenguaje literario y de qué forma su búsqueda de los mecanismos a través de los cuales se construye la voz narrativa influye en su propia formación como escritor. Adicionalmente, podemos encontrar la manera en que su vida personal, su relación con la izquierda, con la historia de Argentina y el mundo cultural se desprenden de esa misma conciencia sobre la lectura.

Para terminar, y pensando en mi propia relación con la lectura desde Piglia y gracias él, quisiera recordar lo que, en «El camino de Ida» (2013), dice Emilo Renzi sobre su desaparecida amante: «Es fácil reconocer el alma de una mujer en su manera de marcar un libro (atenta, minuciosa, personal, provocadora), porque si uno ama a una persona, hasta las discretas señales que deja en un libro se parecen a ella».

Paz y gratitud para Ricardo Piglia por enseñarnos esto.

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