Franz Kafka: la clase media elevada a la literatura

Las peores pesadillas de un oficinista se convierten en una obra de arte en la puma de este checo que no era como parecía y a veces ni siquiera aparecía.

Franz Amschel Kafka Löwy Platofsky Porias, más conocido como Franz Kafka, llegó a este confuso y enigmático planeta el 3 de julio de 1883, hace aproximadamente 133 años.

Nació en la esquina que formaban las calles Maisl y Karpfen en la ciudad de Praga, entonces parte del imperio austro-húngaro. Desde entonces las cosas han cambiado bastante. Praga ya no es parte del imperio austro-húngaro, sino capital de Checoslovaquia. El imperio austro-húngaro desapareció. Y la calle Karpfen corresponde ahora, en la nueva nomenclatura urbana, a la calle Kaprová.

Tal vez en tales signos empiecen ustedes a ver atisbos del mundo extraño en que transcurren las obras de Kafka . Sus relatos están casi todos situados en espacios indefinibles y vagos y transcurren al margen del tiempo de los relojes. Es diciente que el espacio de Kafka fuera una calle que ya cambió, en un imperio que no existe. Influido por su propia literatura, Kafka acabó también organizando su tiempo en forma igualmente vaga. Sus amigos se quejaban con frecuencia por su impuntualidad, defecto imperdonable en los europeos y, sin embargo, encantador en los bogotanos.

Franz era hijo de un comerciante judío muy acomodado que, a su turno, era hijo de un carnicero de fama. De fama, como todos los carniceros. La juventud de su padre había transcurrido en medio de privaciones, a diferencia de la suya, por lo cual el viejo solía echarle en cara que, mientras él había padecido hambre y frío, Franz en cambio vivía cómodamente a costillas suyas. “Los niños de hoy no saben nada de lo que es sufrir”, decía el papá, como siempre han dicho todos los papás -especialmente los papás judíos cuando sus hijos resultan menos pobres que ellos.

A Kafka le molestaban mucho estas alusiones de su padre, quien influía notablemente en él, pero con quien nunca se llevó bien. Le infundía tal temor, que Franz tartamudeaba en su presencia e incluso llegó a cojear en varias ocasiones. Así que un día resolvió sufrir mucho más que su papacito. Se esforzó, se es forzó, hasta que lo logró. No hay ahora ningún crítico literario que no reconozca a la obra de Kafka como una de las más atormentadas del siglo XX.

Conocemos otro Franz

Para darse una idea de lo que alcanzó a sufrir Kafka. hay que tener presente varias realidades. Tenía un tío llamado Hermann que interpretaba himnos militares cuando estaba de buen humor. Tenía otro tío, de nombre Alfred. que vivía en España pero nunca quiso que lo visitara su sobrino. Su padre podía alzar un saco de harina con los dientes. Su madre se ganaba el sueldo trabajando de día en el almacén de la familia, y lo perdía apostando de noche a las cartas con el padre. Para completar, tenía otro tío por parte de madre, que no sólo estaba loco sino que se llamaba Natán.

Franz era el mayor de la casa. Dos varones que nacieron después de él murieron tempranamente. Y después, llegaron tres hermanas mujeres que durante años sólo se metían con él cuando necesitaban que les alcanzara el tarro de las galletas, que Julie Kafka solía colocar en la parte más alta de la despensa. Como Franz era alto y flaco. llegaba fácilmente a las galletas. Entró a estudiar en el Gimnasio Alemán, después de soportar durante años una institutriz. Su primer problema fue Dios, tema acerca del cual discutía con los amigos, tal vez por lo que en esa época no había fútbol profesional digno de comentarse. Su segundo problema fue la ropa.

“Yo notaba que iba siempre mal vestido”, observa en su diario en 1911. Su tercer problema fue el de no darse cuenta que la ropa le hacía ver mal. “Mi pensamiento no acertó durante años a hallar en mis ropas la causa de mi aspecto lamentable”, confiesa en el mismo diario. Esto, que podría parecer una observación absolutamente trivial, lo es. Pero ocurre que el diario de Kafka está lleno de una curiosa mezcla de profundas disquisiciones y anotaciones superficiales. El 14 de febrero de 1914, por ejemplo, aparece obsesionado por el suicidio: “Si fuera a matarme, es evidente que nadie tendría la culpa”. Un día después lo que le preocupa es la madre de un amigo. Que “come bocadillos y saca solitarios” .

No es fácil. No es nada fácil lidiar los textos de Kafka. En cambio, parece ser que Kafka. a pesar de su impuntualidad, era un tipo bastante lidiable. Como ocurre con frecuencia. el autor era bastante distinto a sus libros. Max Brod, su amigo íntimo y biógrafo. anota lo siguiente: “Los cultores de Kafka que sólo lo conocen a través de sus libros, tienen una imagen completamente falsa de él. Creen que también su trato debió haber resultado triste, desesperado. Todo lo contrario … Hablaba poco, pero cuando decía algo se le prestaba inmediatamente atención. Y en la conversación íntima se le soltaba a veces asombrosamente la lengua, llegando a entusiasmarse, a ser encantador”. Kafka era mamagallista: “Franz oscilaba muy a gusto y con gran virtuosismo sobre una línea fronteriza entre la seriedad y la broma. A veces era imposible saber si ha hablaba en broma o en serio”.

Kafka era también amiguero. Tenía cierto talento que le permitía disfrutar de las cosas cursis, lo cual lo convierte en una especie de pionero de los lobotecólogos. Su reconocido sentido del humor, presente, incluso, en sus obras más deprimentes. Tenía recovecos incomprensibles. Alguna vez, por poco se asfixia de la risa leyendo en voz alta el primer capítulo de su novela El Proceso. En otra ocasión, interrumpió el pomposo discurso de uno de sus jefes con una carcajada que no pudo controlar durante largos minutos. Fue muy gracioso para todos, salvo para el jefe.

¡Ah, las chicas…!

Curiosamente, era muy zanahorio en materia de chistes. No toleraba los cuentos verdes, cosa paradójica si se tiene en cuenta que era vegetariano. No tenía oído para la música, ni para la política, pero sí para las mujeres. “Cuántas noches hemos pasado juntos en teatros, cabarets y tabernas acompañados de lindas muchachas recuerda Brod en en su biografía. Sin embargo, la relación de Kafka con ellas era a veces tan complicada como sus escritos. Tres veces estuvo a punto de casarse y tres veces se terminó el compromiso. Uno de sus primeros amores fue una camarera checa de nombre Hansi, que no debía ser excesivamente virtuosa, si nos atenemos a que de ella dijo Kafka que “regimientos enteros han cabalgado sobre su cuerpo”. El 5 de julio de 1916, menciona en su diario dos aventuras íntimas, una con una alemana y otra con una suiza. Pero también tuvo otra con una francesa, así que podría considerársele en esta materia bastante internacional.

Se enamoró en otra época de Milena Jesenská, esposa del poeta Ernest Pollak, a la cual escribía con tanta frecuencia como si hubiera premio de por medio. De su copiosa correspondencia ha salido un volumen que se llama “Cartas a Milena”. Pero sus más grandes amores fueron Felice Bauer y Dora Dymant. Con Felice mantuvo una larga relación que los condujo a dos compromisos matrimoniales y a dos rompimientos. Pensaban hacer una gran fiesta para celebrar su tercer compromiso y el tercer rompimiento, cuando la muy ingrata se casó con otro.

Kafka manifestaba en su diario que tenía “temores fundados de que Felice no sentía gran amor por mí”. Al revelar el porqué de sus temores, uno no puede menos que estar de acuerdo. “El último recuerdo que tengo de ella es la mueca completamente hostil que hizo cuando en el zaguán le besé la mano”. El noviazgo andaba mal por esta razón y por otra muy valedera, consistente en que a Felice no le gustaba usar pañuelo. Este detalle aparece en el diario del 15 de octubre de 1914: “Me produjo aversión cuando se pasó la mano por la nariz y se la llevó al cabello”. Semejante incivilidad lo llevó a terminar con Felice. Yo apoyo a Kafka.

En 1923, un año antes de su muerte por tuberculosos, conoció a Dora en un lugar de Berlín donde se reunía la comunidad judía. Se fue a vivir con ella y, cuando quisieron casarse, el padre de Dora consultó el permiso con el Gran Rabino y este lo negó. Quedó, con ello, como su nombre lo indica. E impidió que Kafka quien frecuentemente escribía sobre el matrimonio, no llegara jamás a contraerlo.

La clase media escribe

No sólo en materia de casorios fue frustrado Kafka. También en muchos otros aspectos de su vida. Entusiasmado con la química, se inscribió en la facultad respectiva al terminar el colegio. pero sólo permaneció en ella quince días. Aburrido de estudiar matemáticas. hizo lo que todos los estudiantes que estudian matemáticas: se matriculó en derecho. Cinco años después se graduó de abogado pero- hombre serio y responsable- jamás quiso ejercer la profesión. Dio algunos pasos tímidos por los campos del periodismo y tampoco el periodismo le produjo encanto ni atractivo; odiaba los publirreportajes, como nos ocurre a muchos. Terminó trabajando en una compañía de seguros, exactamente en el departamento de prevención de accidentes. donde reunió suficiente materia prima para sus novelas y relatos. Allí le tocaba escribir boletines de prensa y manuales de instrucciones. Uno de ellos, redactado en 1910, constituye una pieza verdaderamente kafkiana sobre la diferencia entre las máquinas de molinetes cuadrados y las de molinetes redondos “en lo que respecta a la seguridad personal del técnico”. En sus diarios queda suficientemente claro que Franz odiaba la oficina. Escribía que ella “me resulta pesada, a veces hasta inaguantable”. Y eso que no conoció los juzgados promiscuos colombianos …

Sus preocupaciones materiales eran, típicamente, las de cualquier empleado de clase media. Abominaba ir a trabajar: vivía obsesionado por el problema de la vivienda: tomaba cursos para a prender idiomas (hebreo, en su caso): se escandalizaba con la inflación en 1923: comentaba con sus amigos el alto precio de las consultas médicas (160 coronas). Y, como ocurre a todo miembro de la clase media, se sentía pagando un crimen que no había cometido. El crítico literario William Hubben lo expresa así: “El tema principal de Kafka es un constante sentimiento de culpa, quizás de pecado … El castigo está presente en todos los personajes, pero el delito permanece misteriosamente oculto”.

El día que los sentimientos de un oficinista de clase media puedan sublimarse hasta lo ontológico y expresarse literariamente, el resultado tiene que ser Kafka. En La colonia penal los condenados no conocen su sentencia ni saben en qué crimen se funda. En La metamorfosis, el protagonista despierta un día convertido en un enorme insecto. tal como presiente que lo consideran los demás. En El castillo el empleado nunca llega a conocer a quien lo emplea. El héroe de El juicio, Joseph K es acusado de algo que él ignora. “Los abogados -observa Hubben consideran el caso difícil”.

Nosotros, a decir verdad, también, pues el problema de Joseph K. es que no sólo no sabe de qué se le acusa sino que tampoco conoce su apellido completo. La maña de suministrar sólo las iniciales de nombres era muy frecuente tanto en las obras de ficción como en los diarios de Kafka: “El jueves debe ir a lo de Pr” … “El sábado veré a F.” … “Recibí la carta de M.” … Algunos trozos de su diario terminan por volverse incomprensibles. Fue por eso que Max Brod se negó a incluir en la edición de sus manuscritos un párrafo que decía: “Trataré de r. con G., y luego c. Hasta las 2 pm. en la f. que queda a 500 m. del restaurante de J. En caso de que G. No pueda r. porque está m., yo mismo me encargaré de s.la u.”.

Últimos días de Franz

Los primeros síntomas de la tuberculosos aparecieron en agosto de 1917, cuando Kafka tenía 34 años. Se fueron intensificando y agravando poco a poco. A partir de 1920 empezó un tour de sanatorios. En sus últimas semanas la enfermedad le había afectado la laringe y el enfermo tenía que garrapatear papelitos a fin de poderse comunicar. Menos mal que para entonces ya había abandonado la costumbre de escribir en meticulosa y demorada caligrafía gótica, como lo hacía en la universidad. Las últimas anotaciones de su diario corresponden al 12 de junio de 1923. “Cada vez me da más miedo escribir cosas”, observa. Sus lectores podríamos haber agregado que, de parecida manera y teniendo en cuenta su sobrecogedora naturaleza, cada vez nos da más miedo leerlas.

El 3 de junio le dijo al médico: “Máteme, o es usted un asesino”. Perplejo, el pobre médico todavía estaba reflexionando sobre esta frase, cuando Kafka se quitó de un manotazo el cardioscopio y lo arrojó contra la pared. “No más torturas -dijo. No alarguemos más ésto”. A las pocas horas falleció en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena.

Al morir sólo habían sido publicadas unas pocas de sus obras. En el testamento dispuso que las demás fueran arrojadas a las llamas. Max Brod se resistió a cumplir este último deseo y no sólo impidió un incendio sino que salvó para la posteridad a uno de los más grandes escritores de nuestro tiempo. Varios años antes, Franz había llegado una tarde a la casa donde vivía Brod. Al entrar despertó al padre, que dormía en un sofá: en vez de disculparse- cuenta Max – le dijo de una manera infinitamente suave, levantando los brazos en un gesto de apaciguamiento, mientras atravesaba la habitación en puntas de pie:

-Por favor, considéreme usted un sueño. Después de leer las páginas de Kafka hay que considerarlo, más bien, una pesadilla.


Revista Diners de abril de 1983. Edición Número 157

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