100 años de Roald Dahl, el escritor que le habló a los niños

Roald Dahl escribió, entre otros, Charlie y la fábrica de chocolates, Las brujas, El fantástico Mr. Fox y James y el durazno gigante. ¿Cómo no celebrar, entonces, su centenario?

El próximo 13 de septiembre se conmemoran los 100 años del nacimiento de Roald Dahl quien, además de una obra numerosa y relevante, entre la que se encuentran clásicos como El gran gigante bonachón (1982) y Las brujas (1983), dejó como legado una perspectiva distinta a la mera pedagogía y el aleccionamiento en cuanto a la literatura para niños y jóvenes. En la obra de Dahl, el sentido del humor es lo que, sin duda alguna, constituye el secreto de su gran éxito. Sus libros buscan suscitar la risa no en el adulto que lee el cuento para dormir, sino en el niño, ese pequeño transgresor de la solemnidad del mundo adulto.

dahl2_444z600 Dahl en 1954

Los personajes de Dahl y los lectores a quienes se dirige, desde Charlie y la fábrica de chocolates (1964) hasta Matilda (1988), pasando por los Cuentos en verso para niños perversos (1982), son niños ingeniosos, imaginativos, rápidos de pensamiento, que se resisten a las convenciones del acartonado mundo adulto y que cuentan con una voz propia, que innovan en el uso del lenguaje y de esta manera consiguen embarcarse en aventuras que generan doble satisfacción: por una parte, se convierten en vías de escape de la realidad y, por otra, permiten darle a los adultos, opresores e indiferentes, su merecido.

Con ironía, y algo de crueldad, los adultos de la obra de Dahl se convierten en personajes ridículos, caricaturescos, que viven atrapados en la maquinaria del mundo moderno donde el mayor interés es conservar las apariencias y producir dinero. En esta medida, además, se convierten en sujetos frágiles y poco agudos, a quienes más les valdría ser aplastados por un durazno gigante.

Este sentido crítico, sin embargo, no es solo un rasgo de los textos para niños escritos por Dahl, sino que se manifiesta también en sus ficciones para adultos, y se manifiesta a través de lo que Laura Viñas Valle, autora de la investigación De-constructing Dahl through Criticism, señala como un narrador intrusivo, bien sea en primera persona —en los relatos infantiles los niños narran su propia historia— o través del narrador omnisciente de la tercera —que predomina en sus cuentos para adultos—, que siempre se encuentra en control absoluto de la narración. Señala Viñas: “el lector implicado es interpelado con frecuencia a través de preguntas, consejos e instrucciones, que demandan su atención y participación en la historia”, razón por la que, entre otras, se ha catalogado a Dahl con el insuficiente mote de ser “políticamente incorrecto” cuando se habla de su estilo transgresor en el que los narradores y lectores son juez y parte de las historias.

La particularidad de su visión y su conciencia de las posibilidades de los diferentes soportes para la transmisión de los relatos, llevaron a Dahl a ser guionista; esa comprensión del formato cinematográfico y sus posibilidades se ve reflejada en la calidad de varias de las adaptaciones de sus obras para el cine, entre las que se encuentran Jim y el durazno gigante (1996), dirigida por Henry Selick y producida por Tim Burton, y la aclamada primera obra de animación de Wes Anderson, Fantastic Mr. Fox (2009).

En cuanto a la vida personal de Dahl, son muchas las polémicas que han suscitado su corrosivo carácter, sus opiniones sobre las actuaciones del Estado de Israel —por las que algunos le atribuyen a la ligera una postura antisemita— o el racismo atribuido a algunos de sus personajes. Pero, a la vez, es enorme la admiración y simpatía causadas por su activismo a favor de la vacunación y su contribución en el diseño de la válvula Wade-Dahl-Till para el tratamiento de la hidrocefalia. Sin embargo, lo que resulta innegable es que más allá de Roald Dahl, el escritor, su obra ha ejercido una influencia definitiva en el acercamiento de los niños y jóvenes a la literatura y que, dada su naturaleza, se erige como un momento de transformación radical en la narrativa infantil puesto que, como nunca antes, hizo de los niños interlocutores válidos.

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