Últimas conversaciones con Borges

En junio de 2016 se cumplen 30 años de la muerte de Jorge Luis Borges. Dos días antes, el poeta Juan Gustavo Cobo Borda le había entregado a Diners este artículo, fruto de dos visitas al gran escritor en su casa de Buenos Aires.

Publicado originalmente en Revista Diners de junio de 1986. Edición número 195

Al entrar a su departamento, un retrato de la madre y un árbol amistoso de los que dibujaba Manuel Mujica Laínez saludan al visitante desde el diminuto hall de entrada, sobre cuyo pequeño spfá de dos puestos se halla el sobretodo azul de Borges. Luego, atravesando una cortina amarilla se llega a la sala comedor, presidida por un gran cuadro de su hermana Norah: una Anunciación en Adrogué. Una hermosa mesa, debajo del cuadro, con tapa de mármol, tiene muestras de platería peruana, y la mesa del comedor, sillas y sillones se hallan pegadas a las paredes, para permitirle sus desplazamientos. Las paredes en realidad son bibliotecas, salvo por alguna foto de sus antepasados o algún grabado de Piranesi.

Los libros de la sala comedor, de su cuarto y del cuarto de su madre, conservado intacto, y con flores, desde que ella murió, son, en su totalidad, libros ingleses. De pronto alguno en francés y casi ninguno, por no decir ninguno, en español. Varias biblias, muchos diccionarios-recurre con frecuencia al Shorter Oxford-, diversas enciclopedias. La última, una italiana, que pesa cientos de kilos y está en varias cajas- “tuve que pagarle 3.000 pesos a la persona que ayudó a subirla”- convive con Verne y Chesterton, libros sobre religiones orientales, Voltaire y su feliz e inagotable memoria, que no cesa de prodigar citas, anécdotas, mots justs.

No hay ningún libro suyo por ahí, y lo que debe haberse colado, sin permiso-un volumen en italiano dedicado a la poesía latinoamericana, un número de alguna revista con su foto en la portada- se hallan relegados al estante más alto, en un extremo de la sala, o al más bajo, en una biblioteca con cristales, en el cuarto de su madre.

El hermoso retrato de su padre, que realizó Norah, un cuadro donde los segmentos cubistas no descomponen la figura sino que la hacen más sólida, tiene vida propia, pero el resto ya parece sumergido en un largo sueño, de polvo y olvido. Así que nos vamos a cenar, con José Bianco, y luego de este tour de propietario, contento el maestro por distraerse un rato. En el hotel Dorá, Borges pide puré con manteca, y su jugo de naranja, habiendo dudado antes por el arroz con un huevo. Bianco y yo incurrimos en el pollo y la ensalada.

-Me leyeron algo de D’ Annunzio -comienza Borges-, dijo de Marinetti que era “un cretino fosforescente”. Es espléndido. No importa si una frase es justa o injusta. Lo que importa es que la frase esté bien construida. En este caso, es justa.

-Borges, tenemos que hacer una antología de malos versos. Sería nuestro único aporte perdurable a las bellas letras.

-Sin lugar a dudas.

-Yo tengo magníficas contribuciones colombianas.

-Ahh, no: los campeones serán argentinos. Aun cuando podemos comenzar, como toca, con algunas joyas españolas. Aquello de Góngora: “Monóculo galán de Galatea”. O lo de Campoamor, que me parece de primer orden: “Perdida la saludo y el seso tomé hacia París el tren expreso”.

-A Voltaire le dijeron que el café era un veneno mortal. Sí, sí, respondió Voltaire, pero muy lento. Llevo 80 años tomándolo diariamente.

-Acaba de terminar un nuevo libro de poemas. Se llama Los conjurados. Son 39 poemas y lo envió la semana pasada a España. “Ya no les doy mis cosas a Emecé. Nunca fueron muy exactos en las cuentas”.

-El otro día me contaron una anécdota. Alguien preguntó en dónde quedaba el baño. Le respondieron: baje la escalera, tome a su derecha y allí, al final del pasillo, donde vea un letrero que diga “Caballeros”, no haga caso de él, y entre.

-Tiene 40 años, y está a punto de tener talento.

-Rita Hayworth, quien era sobrina de Can sinos Assens, y quien hacía un énfasis especial en las palabras, para que le creyeran cuando decía Ammmaddo.

-Manuel Peyrou, quien se casó pero seguía viviendo en su casa. Tenía vida conyugal sólo los domingos, como una forma, quizás, de preservar el misterio de la intimidad. Él, como Martínez Estrada, logró algo increíble: que todo el mundo lo odiase.

-Néstor Ibarra, cuando alguien decía: “Soy argentino”, agregaba, con voz fuerte: “Qué vergüenza”.

-Cuando le preguntaron a Bernardo de Irigoyen por qué se lo veía tan bien a él, que era enemigo de Mitre, respondió: “Ahh, sí, quizás porque no traduzco la Divina Comedia ni escribo la historia de mi país”.

-Leí una broma en una revista norteamericana. Un aviso, donde decía: “Acaban de aparecer las Obras Completas de Billy the Kid”. Era el nombre perfecto. Una agudeza no tiene por qué ser verdadera. Basta con que sea precisa.

-¿Pescar? Ahh, sí, una caña con un gusano en un extremo y un imbécil en el otro. Es una vieja definición.

-Antes, a nadie se le hubiese ocurrido calcinarse bajo el sol. Hoy todos quieren ser negros. Influjo, quizás, de Leopoldo Sedar Senghor.

-¡Qué horror, como están escritos los diario! Ayer me leyeron la palabra carenciados, para referirse a los pobres. Es un verdadero espanto.

-En Buenos Aires, hacia 1900, no había comida italiana, sí mucha francesa: pasteles de ostras, costillas de cordero, pero no pastas.

-En la confitería Sto James me vio Capdevilla tomando un vaso de leche. Entró y me dijo: “Querido: ¿bebiendo su lepra?”. Un poco terrible. Él pensaba que la leche encerraba gérmenes horribles.

Pobre Capdevilla: murió hace tiempos, quizás por no tomar leche.

-Anatole France, releído, no me gustó mucho. Pero quizás ya es hora de irnos a casa, a seguir conversando. Estas comidas me recuerdan a las de Victoria Ocampo: inexorablemente servían siempre pollo y espinacas. Tendré que cambiar de menú: la próxima vez pediré arroz con huevo, y no puré con manteca.

Borges, el infatigable, saluda a su portero -se llama Juan- y nos obliga a Bianco y a mí a volver a subir, a pesar de lo tarde, llevándonos a ubicar, con tino, diccionarios y biografías, para así refutar no sé qué teoría de Bianco a propósito de Henry James. Que este estuvo en la guerra civil norteamericana y que recibió una herida apagando un incendio con una manguera.

Así que nos quedamos un rato más, haciendo bromas acerca de la ineptitud de algunos diccionarios, como el de Ferrater Mora, que Bianco considera inútil del todo, y sobre el cual Borges hace alguna secreta broma anti-nacionalista: alguien lo consideró bueno porque incluía “filósofos argentinos”. Luego, la conversación entra por terrenos más clásicos, como la Historia de la ciencia española, de Marcelino Menéndez y Pelayo, una obra, en realidad, dice Borges, de ciencia ficción, en la cual el rigor del sustantivo es contrarrestado por la sonrisa del epíteto.

Despidiéndonos, vuelve, siempre, la poesía, en sus formas mayores y menores. En nuestro tiempo, concluye Borges, se repetía mucho esto contra el general Mitre:

“En esta casa parduzca vive el traductor de Dante. Apúrate caminante si no quieres que te traduzca”.

Sábado, 17 de agosto de 1985.

-Pensábamos ir a cenar, pero Borges no se siente bien. Ha estado en la pampa, en Córdoba y Longchamps, de gira, y esto lo ha fatigado mucho. Dice: “Estoy muy tembleque, y sería un fastidio para ustedes. Acompáñeme, en cambio, un rato”.

– Fue terrible: organizaron un panel, con otras personas, y no como yo quería, que el público me hiciese preguntas. Claro, esos paneles, esas mesas redondas, son para terminar todos de acuerdo, hablando bien del gobierno.

Además me preguntan sandeces como qué pienso yo de Alfonsín. ¿Qué puedo pensar? Que ojalá le vaya bien. Es la única esperanza que tenemos los argentinos. O de Sábato y su papel en relación con los desaparecidos. A mí me sorprende mucho que alguien quiera hacer de inquisidor, pero, claro está, es un trabajo que hay que hacer, como el del barrer las calles. Sólo que es un trabajo que a mí no me gustaría hacer. Por supuesto, a Sábato tampoco debe gustarle nada. Pero cómo explicar ante esos auditorios, o ante periodistas tontos, que me llaman todos los días, que descreo de la justicia, e incluso del libre albedrío.

-Cuando asistí a la sesión del juicio contra los militares, de la que salí aterrado, lo que me impresionó es la forma tranquila con que los argentinos nos habíamos acostumbrado al infierno. Y aquellas escenas terribles, de gentes que torturan, y la noche de Navidad les ofrecen una cena muy copiosa y alegre, sabiendo que al día siguiente volverán a torturarlos. Con picanas, y todo. Es terrible. Sí, muy seguramente estábamos en guerra contra la subversión, pero esos niños de cinco años, desaparecidos, y esas delaciones, gracias a las cuales diversos grupos de policía se disputaban los datos, para llegar primero, y apoderarse de los bienes de los denunciados… Y ahora, a cuatro cuadras de aquí, algo que no sucedía hace tiempo en Buenos Aires: asaltaron a un hombre, lo despojaron de todo. ¿Quiénes eran? La policía. Que, claro está, ya se ha acostumbrado a la violencia, tiene las armas, sabe cómo usarlas. Vivimos, otra vez, en tiempo de Rosas. Pero hablemos, mejor, de otros temas. Esto es ingrato. ¿Ustedes qué hacen?

-Leer un libro de Sir Walter Raleigh sobre su viaje a la Guyana, para mi libro sobre El Dorado.

-¿Sabía usted que Raleigh era lector de Giordano Bruno y que creó un círculo, el Círculo de la Noche, para discutir de poesía y otros temas? Cuando estaba prisionero en la Torre de Londres, escribiendo una Historia del Mundo, abandonó la redacción a causa de un alboroto que hubo al pie de la torre. Trató de averiguar qué había pasado y como las versiones eran tan contradictorias, se dijo: “Si ni yo mismo puedo saber con certeza lo que pasa al pie de mi casa, cómo enterarme de lo que ocurrió en Egipto, o en Grecia, hace tantos años”. Era amigo de Marlowe, quien según una bella hipótesis no fue asesinado, sino que escapó, huyó, y desde su refugio enviaba a Shakespeare los dramas que Shakespeare firmaba. ¿Y usted, Bianco?

Blanco, que estaba preparando una defensa de El amante de Lady Chaterley, porque algún profesor insulso acababa de atacarlo, trata de responder con una evasiva. En el taxi, rumbo a casa de Borges, ya me había comentado que si Borges, tan terriblemente puritano, se enteraba de eso, se asombraría mucho. Así que para animar la charla y crear un poco de insidia, le digo: “Pero, Pepe, y el artículo que estabas redactando, en defensa de El amante de Lady Chaterley?”

Borges, veloz como un rayo, dice: “Ahh, la novela de Lawrence, que él hubiera preferido titular John Thomas and Lady Jane”.

Ignorante, como siempre, pregunto: ¿Por qué?

Borges, sonriendo, me instruye: “En Inglaterra se dice así refiriéndose al falo y la vagina”.

Ahora Bianco es el asombrado, y todos reímos, con ganas. Borges termina el tema, trayendo a colación otra frase de Lawrence; aquella acerca de cómo la castidad sólo viene cuando se ha copulado bastante.

Bianco, cariñosamente, reprende a Borges por prodigarse tanto, y éste, abatido, asiente. En realidad lo usan para aumentar el currículum a costa suya. Él, que no tiene currículum, y que cuando fue nombrado profesor de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires, dijo: “Me he venido preparando para este puesto desde los cuatro años, cuando traduje un cuento de Oscar Wilde”. El mismo Oscar Wilde, que hoy, 80 años después, aparece en su libro de poemas Los conjurados así: “Una doctrina del perdón que puede anular el pasado. (Esa sentencia la escribió un irlandés en la cárcel)”.

Borges, triste y cansado, nos cuenta que esta mañana estaba tan débil que no pudo salir por sí mismo de la ducha, Bañarse sí, pero luego salir no. Tuvo que esperar a que Fanny, su muchacha correntina, acudiese en su ayuda. Pero ahora, aun cuando tiene que sujetarse el brazo con una mano para evitar el temblor, está algo más contento: se le ha ocurrido un cuento sobre Milton.

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