¿Por qué se practica el Pole Dance como deporte?

María Claudia Pérez es ingeniera de 32 años y hace 2 practica pole dance.
Quienes lo practican tienen callos en las manos o moretones en las piernas.
Movimientos de coordinación entre piernas y manos despiertan la feminidad.
La danza vertical es una inyección de autoestima.
Para bailar debe usarse poca ropa para que la piel ayude a adherirse al tubo.

El baile del tubo o pole dance mezcla el deporte y el arte del movimiento alrededor de una barra vertical. Toda una experiencia de fuerza y belleza que consigue cada vez más adeptos.

Cuando la vi por primera vez, estuve segura de estar al frente de una bailarina profesional o una acróbata. O las dos. María Claudia Pérez agarró el tubo de aluminio con una sola mano, dio unas cuantas vueltas alrededor, muy lento, mientras meneaba la cadera. De repente, saltó y quedó suspendida en la parte alta del caño. Ya no la sostenían las manos, sino las piernas. Entonces dejó caer un poco el cuerpo, volvió a trepar con agilidad, dio giros y demostró su flexibilidad. Llevaba el cabello suelto, que antes que estorbarle hacía más vistosos sus movimientos. Su cuerpo parecía etéreo por la facilidad con la que los flexionaba. Y demostraba que el pole dance es un invento más para poder volar.

Pero la verdad es otra: María Claudia, de 32 años, es ingeniera y trabaja en Ecopetrol hace ocho años. Hace apenas dos practica esta disciplina, también conocida como vertical dance, baile del caño o baile del tubo. Su llegada a este mundo fue como encontrarse de frente con un estilo de vida que la reflejaba y que, además, la ayudó a dejar de fumar. Hoy es más que eso: es su proyecto de vida y su posible futuro, porque no descarta abrir su propio estudio.

Fue ella la que días antes me advirtió que usara la pantaloneta más corta que tuviera y una blusa sin mangas. Durante el entrenamiento me di cuenta de que no se trataba de una razón estética, sino práctica: la piel al descubierto permite un buen ajuste al caño, así se trate del más sencillo movimiento. Lo primero que aprendí fue a deslizarme por el tubo a manera de bombero y a dejar pegada al metal la parte interna de mis rodillas para controlar la velocidad a la que descendía.

Ese primer paso, uno que cualquier novata como yo puede hacer después de que el instructor enseña cómo coordinar brazos y piernas, me hizo sentir muy femenina. Hasta lo más sencillo tiene su técnica y si se hace bien, se ve bien. Para eso están los espejos, ubicados en todos los frentes. Con ellos se logra tener un punto fijo, perfeccionar posturas e imaginar un público al cual sonreírle, aunque la mayoría jamás pensemos en hacer una presentación.

Las otras mujeres de la clase se visten igual, casi en traje de baño, aunque no todas sean delgadas. Sin importar qué tan ligeras estén de ropa, ninguna oculta la celulitis. Se sienten cómodas con su cuerpo. En verdad, no sólo lo sienten, sino que lucen así. Su tranquilidad me contagia. Nos hermana la conciencia de que así somos, al natural.

María Claudia era la única que llevaba medias. Las demás estábamos descalzas, pero ella aún le teme a quemarse con el tubo. Estaba acostumbrada a bailar con altos tacones de plástico, que además de permitirle dar un buen show le protegían los empeines. Ahora quiere intentar posiciones más acrobáticas y difíciles, que suelen ser practicadas con los pies desnudos para mejor agarre.

La sensación de trepar a la barra es como asirse a un poco de fuego que serpentea por todo el cuerpo, pues por cada parte debe pasar el tubo para lograr posiciones de fotografía, subir y bajar, soltar los brazos y dejarse caer con lentitud y sensualidad. El ardor nunca se deja de sentir, pero la costumbre y las ganas le quitan su significado doloroso. Los morados son comunes en las más avanzadas porque tienen que sujetarse con fuerza de las partes más altas. En las novatas apenas nos queda el ardor en las manos por la fuerza ejercida.

“Las mujeres lo aman” 
Durante el entrenamiento llevamos nuestro propio ritmo y nos concentramos en el avance individual. De un lado estoy yo, apenas reconociendo el tubo, y del otro, mujeres que llevan más de dos años dominándolo. Una buena frase para explicarlo sería: “No trato de bailar mejor que nadie, sino mejor que yo misma”. La música de fondo varía entre Beyoncé, Michael Jackson e incluso Mozart. Lo importante es que el ritmo sea pausado y permita movimientos sensuales, fluidos y no muy rápidos. Antes de lo que una imagina, la música ocupa la mente y el cuerpo reacciona con sensualidad. Pronto, ya no soy yo, sino una mujer anónima que baila y disfruta con el pelo suelto y al levantarse del suelo lo hace con la cola muy erguida para dar un espectáculo digno ante el espejo. La desinhibición llega cuando por fin olvido lo que “debe ser” y simplemente me divierto.

Johnny Camargo, el profesor, va de una barra a otra, corrigiendo posiciones o enseñando una nueva. Siempre insiste en levantar bien la cola, sonreír, caminar con gracia, mover los brazos como alas y mantener los pies en punta cuando estén elevados, como una bailarina de ballet. Atrás queda el mito de que esta clase es para bares y stripteases. Lo ha sido. Pero acá es una disciplina que combina técnicas de baile, yoga y acrobacia para lograr un momento de diversión y acondicionamiento físico. Elementos como los tacones y las coloridas boas son más usados en las escuelas americanas que en las europeas o latinoamericanas, y sus objetivos son hacer más vistoso el baile y acompañar bien una coreografía.

La danza vertical es una inyección a la autoestima. En pocos minutos una se siente animada. Además, el ambiente es de camaradería. Aunque las acabara de conocer, con las otras mujeres nos reímos juntas de las muecas que hacía alguien aprendiendo una posición difícil, animamos a la que logró terminar un movimiento y le dimos una mano a la que le faltaban unos centímetros para enderezar su cuerpo. “Todos los días hay nuevos retos. Por eso se me ha vuelto como un vicio”, agrega María Claudia Pérez.

En general lo practican mujeres (aunque hay hombres que lo hacen muy bien) entre 25 y 35 años, ejecutivas y profesionales que pueden costearse las clases, que cuestan entre $300.000 y $500.000 mensuales, y con poco tiempo para ejercitarse. Bastan tres horas semanales para ver los resultados físicos y hacer acrobacias dignas de un aplauso. A estos beneficios, Johnny le suma otros más: reducción de medidas, fuerza, flexibilidad, coordinación, el uso de todas las partes del cuerpo, tonificación, corrección de postura y el gasto de 200 a 600 calorías por sesión, de acuerdo con el nivel. Por eso, dice el entrenador, “las mujeres aman el tubo”. Y hay algo de cierto en su frase: la atracción es inmediata.

“Todas deberían hacerlo”
Eso también puede decir Alejandra Plazas, fotógrafa y profesional de danza vertical, y quien está a mitad de camino entre el techo y el suelo de madera. Sus piernas se abrazan fuertemente al poste y su cuerpo está inclinado paralelamente al suelo. Sus brazos están abiertos y las manos hacen una curva delicada. De repente se retuerce y las piernas quedan abiertas en “v” y las manos aferradas a su punto de apoyo. Regresa al suelo lentamente. Se desata con elegancia, se levanta con sensualidad.

No ha sido fácil lograr movimientos como estos. Las palmas de sus manos tienen callos gruesos, moretones en las piernas, el abdomen está rojizo debido a la fuerza y el roce constante. Algunas bailarinas sufren caídas por descruzarse indebidamente, cansancio muscular o falta de práctica y cálculo. Por eso, al comienzo se ayudan con una colchoneta en la base del tubo.
Para Alejandra vale la pena el esfuerzo. Participará en Miss Pole Dance, un certamen mundial que tiene versiones en Colombia, Estados Unidos, Argentina, Australia y China, entre otros países. En estos certámenes se ven rutinas tan sorprendentes que algunos miembros del Circo del Sol se dieron a conocer primero en estos escenarios. El entorno femenino también atrae a las mujeres. Para María Claudia, esta práctica “crea vínculos grandes porque se disfruta y se hacen amigas nuevas. Y cuando se logra un avance le puedes mostrar a tus compañeras que sí pudiste”. También, cuenta, está absorbiendo todo el aprendizaje que pueda para el momento de abrir su propio estudio.

Yo no planeo llegar tan alto en esta afición por el caño porque es un trabajo que implica años. Soy solo una novata que entiende que a las participantes las mueve llegar cada vez más arriba y con más gracia, y dominar el tubo hasta superar los límites de los músculos, una frontera que con el tiempo se amplía. Una que aprendió con ellas a limpiarse el sudor de las manos con la blusa o con una toalla, a enfrentarse al espejo, a dominar dos posiciones básicas, y a coordinar la respiración con la fuerza abdominal. Y quien sencillamente se une a aquello de que hay que “hacer danza del tubo alguna vez en la vida”. Eso lo dice María Claudia, la misma ingeniera de tacones que parece volar.

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